La literatura medieval castellana. Siglos XIV y XVÇ

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Miguel Díez R. El Viejo Profesor

Durante estos siglos, en el aspecto político hay que señalar las luchas por el poder entre la monarquía y la nobleza. Los reyes buscarán el apoyo del pueblo y la burguesía, la ruptura de la armonía racial por el antisemitismo y la consecuente conversión por conveniencia de muchos judíos. Así comenzaron las reticencias por la limpieza de sangre entre cristianos viejos y los conversos, que incidirán directamente en la literatura posterior.

También se puede hablar de la crisis del poder feudal por las sublevaciones de los campesinos, su huida a las ciudades y la falta de brazos para cultivar la tierra. Se promulgarán leyes para proteger al campesinado del señor feudal. La peste que azota el país complicó esta situación.

El comercio y la pequeña industria siguen su proceso, dependiendo en parte de los judíos. El dinero cobra más valor y trastoca el orden social.  Ruptura por parte de la burguesía de la sociedad caballeresca tradicional con su oposición al poder tradicional de la Iglesia y la nobleza. Eso se reflejará en una literatura realista, burlesca y satírica, dominada por la astucia, el dinero y el espíritu practico, por encima de lo religioso y caballeresco.

En el aspecto religioso: la visión antropocéntrica llevará al individuo a la consideración de un mundo digno de ser gozado, y la muerte pasa de ser considerada como puerta que libra de la cárcel del cuerpo, a la patética perdida de todo lo terreno. Frente a los modelos teocéntricos, se camina a un ideal más humanista, más vitalista, en que el amor y el goce de vivir, en toda su amplitud, son temas recurrentes. Esto no obsta a que se den otras actitudes que tratan de enseñar y moralizar, ateniéndose a una concepción ascética de la vida.

Don Juan Manuel (1282-1348)

El Conde Lucanor o Libro de Patronio

Sobrino de Alfonso X el Sabio y nieto de Fernando III el Santo, fue instruido en el ejercicio de las artes marciales, el latín y la historia. Existe en don Juan Manuel una manifiesta contradicción entre lo que expresa en su obra literaria y las intrigas políticas que vivió intensamente, no siempre movido por nobles y elevados intereses. También contrasta el orgullo que sentía de su linaje y de su poderío social y económico con la humildad que, como escritor manifiesta en algunas ocasiones.

Durante siglos se había venido diferenciando al caballero -hombre de armas- del clérigo -hombre de letras- y ambas actividades se conjugan en una misma persona: don Juan Manuel. Un signo más de la transformación que se estaba verificando en el siglo XIV, al abandonar la aristocracia su aislamiento e incultura y hacerse cortesana y culta.

Como escritor, asume plenamente la autoría de su obra y dejó sus manuscritos revisados por él y custodiados en el monasterio de los dominicos de Peñafiel, para así evitar la ignorancia o incuria de copistas apresurados, como él mismo lo indica claramente en el primer prólogo general a toda su obra:

Y porque don Juan vio y sabe que en los libros acontecen muchos yerros al copiarlos, porque las letras se semejan unas a otras, cuidando que una letra es otra al transcribirlos, múdase toda la razón y por ventura confúndese; y los que después hallan aquello escrito, echan la culpa al que hizo el libro. Y porque don Juan se receló de esto, ruega a los que lean cualquier libro que sea copia del que él compuso, o de los libros que él hizo, que si hallan alguna palabra mal puesta, que no le echen la culpa a él hasta que vean el libro mismo que don Juan hizo y que está enmendado en muchos lugares de su letra.

 Actitud muy distinta a la del Arcipreste de Hita que consideraba su obra como un bien común.

Don Juan Manuel es un ejemplo de la tradición didáctico-moralizante de la Edad Media: pretender educar y moralizar de una manera agradable, lo que tradicionalmente -y en expresión clásica- se denomina prodesse delectare (enseñar deleitando).

El Conde Lucanor o Libro de Patronio es su obra más importante y por la que se le considera el mejor prosista del siglo XIV.

La parte más interesante de dicho libro es la primera, formada por 51 enxiemplos o denominémolos apólogos, una forma de origen oriental muy adecuada para la enseñanza moral, religiosa o filosófica. Cada cuento se estructura idéntica y rígidamente de la siguiente manera: el conde Lucanor, un joven señor feudal, ante los muy diversos problemas que se le plantean en el gobierno de sus estados, pide consejo a su ayo Patronio, el cual le responde con un cuento o ejemplo alusivo al problema planteado, y saca una enseñanza moral; se añade que el conde la aplica y le va bien. Finalmente, don Juan Manuel resume la moraleja en un pareado que remata el apólogo o cuento.

La obra abarca la realidad española de la época en toda su complejidad. Todos los estados y estratos sociales tienen cabida en ella con variopintos personajes: ricos y pobres, nobles y plebeyos, mercaderes, frailes, burgueses y prelados. Se combate la codicia, la mentira, la soberbia, la superstición, la pereza, la ira…A veces se aconseja el disimulo y la cautela, actitud que comparte con el Arcipreste de Hita. También coinciden ambos autores en algunos ejemplos, pero hay un gran contraste en el tratamiento burlesco de Juan Ruiz y la mesura y seriedad de don Juan Manuel.

¿Y qué se puede decir de la lengua y el estilo? Muy resumido: búsqueda constante de un estilo personal y artístico, selección del vocabulario, adjetivación precisa, siempre en busca de la claridad y la concisión. El libro de don Juan Manuel brilla con un indiscutible predominio sobre otros libros de cuentos, demasiado apegados al modelo en que se inspiraban.

La mayor parte de los ejemplos procede de fábulas y cuentos orientales; otros, de fuentes clásicas, de la tradición española o de la eclesiástica. Don Jun Manuel no es original, pero recrea y convierte los cuentos en pequeñas obras maestras de sello personalísimo y, aunque afirma que escribe para legos o ignorantes, como él, se trata del tópico de humildad o falsa modestia, tan generalizado en aquellos, y nuestros tiempos.

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Lo que sucedió a una zorra con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico

Hablando otro día el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo:

-Patronio, un hombre que se llama mi amigo comenzó a alabarme y me dio a entender que yo tenía mucho poder y muy buenas cualidades. Después de tantos halagos me propuso un negocio, que a primera vista me pareció muy provechoso.

Entonces el conde contó a Patronio el trato que su amigo le proponía y, aunque parecía efectivamente de mucho interés, Patronio descubrió que pretendían engañar al conde con hermosas palabras. Por eso le dijo:

-Señor Conde Lucanor, debéis saber que ese hombre os quiere engañar y así os dice que vuestro poder y vuestro estado son mayores de lo que en realidad son. Por eso, para que evitéis ese engaño que os prepara, me gustaría que supierais lo que sucedió a un cuervo con una zorra.

Y el conde le preguntó lo ocurrido.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, el cuervo encontró una vez un gran pedazo de queso y se subió a un árbol para comérselo con tranquilidad, sin que nadie le molestara. Estando así el cuervo, acertó a pasar la zorra debajo del árbol y, cuando vio el queso, empezó a urdir la forma de quitárselo. Con ese fin le dijo:

-Don Cuervo, desde hace mucho tiempo he oído hablar de vos, de vuestra nobleza y de vuestra gallardía, pero aunque os he buscado por todas partes, ni Dios ni mi suerte me han permitido encontraros antes. Ahora que os veo, pienso que sois muy superior a lo que me decían. Y para que veáis que no trato de lisonjearos, no sólo os diré vuestras buenas prendas, sino también los defectos que os atribuyen. Todos dicen que, como el color de vuestras plumas, ojos, patas y garras es negro, y como el negro no es tan bonito como otros colores, el ser vos tan negro os hace muy feo, sin darse cuenta de su error pues, aunque vuestras plumas son negras, tienen un tono azulado, como las del pavo real, que es la más bella de las aves. Y pues   -47-   vuestros ojos son para ver, como el negro hace ver mejor, los ojos negros son los mejores y por ello todos alaban los ojos de la gacela, que los tiene más oscuros que ningún animal. Además, vuestro pico y vuestras uñas son más fuertes que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. También quiero deciros que voláis con tal ligereza que podéis ir contra el viento, aunque sea muy fuerte, cosa que otras muchas aves no pueden hacer tan fácilmente como vos. Y así creo que, como Dios todo lo hace bien, no habrá consentido que vos, tan perfecto en todo, no pudieseis cantar mejor que el resto de las aves, y porque Dios me ha otorgado la dicha de veros y he podido comprobar que sois más bello de lo que dicen, me sentiría muy dichosa de oír vuestro canto.

Señor Conde Lucanor, pensad que, aunque la intención de la zorra era engañar al cuervo, siempre le dijo verdades a medias y, así, estad seguro de que una verdad engañosa producirá los peores males y perjuicios.

Cuando el cuervo se vio tan alabado por la zorra, como era verdad cuanto decía, creyó que no lo engañaba y, pensando que era su amiga, no sospechó que lo hacía por quitarle el queso. Convencido el cuervo por sus palabras y halagos, abrió el pico para cantar, por complacer a la zorra. Cuando abrió la boca, cayó el queso a tierra, lo cogió la zorra y escapó con él. Así fue engañado el cuervo por las alabanzas de su falsa amiga, que le hizo creerse más hermoso y más perfecto de lo que realmente era.

Y vos, señor Conde Lucanor, pues veis que, aunque Dios os otorgó muchos bienes, aquel hombre os quiere convencer de que vuestro poder y estado aventajan en mucho la realidad, creed que lo hace por engañaros. Y, por tanto, debéis estar prevenido y actuar como hombre de buen juicio.

Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo e hízolo así. Por su buen consejo evitó que lo engañaran.

Y como don Juan creyó que este cuento era bueno, lo mandó poner en este libro e hizo estos versos, que resumen la moraleja. Estos son los versos:

Quien te encuentra bellezas que no tienes,
siempre busca quitarte algunos bienes.

Lo que ocurrió a un hombre que por pobreza y falta de otro alimento comía altramuces

Otro día hablaba el Conde Lucanor con Patronio de este modo:

-Patronio, bien sé que Dios me ha dado tantos bienes y mercedes que yo no puedo agradecérselos como debiera, y sé también que mis propiedades son ricas y extensas; pero a veces me siento tan acosado por la pobreza que me da igual la muerte que la vida. Os pido que me deis algún consejo para evitar esta congoja.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que encontréis consuelo cuando eso os ocurra, os convendría saber lo que les ocurrió a dos hombres que fueron muy ricos.

El conde le pidió que le contase lo que les había sucedido.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no tenía absolutamente nada que comer. Después de mucho esforzarse para encontrar algo con que alimentarse, no halló sino una escudilla llena de altramuces. Al acordarse de cuán rico había sido y verse ahora hambriento, con una escudilla de altramuces como única comida, pues sabéis que son tan amargos y tienen tan mal sabor, se puso a llorar amargamente; pero, como tenía mucha hambre, empezó a comérselos y, mientras los comía, seguía llorando y las pieles las echaba tras de sí. Estando él con este pesar y con esta pena, notó que a sus espaldas caminaba otro hombre y, al volver la cabeza, vio que el hombre que le seguía estaba comiendo las pieles de los altramuces que él había tirado al suelo. Se trataba del otro hombre de quien os dije que también había sido rico.

»Cuando aquello vio el que comía los altramuces, preguntó al otro por qué se comía las pieles que él tiraba. El segundo le contestó que había sido más rico que él, pero ahora era tanta su pobreza y tenía tanta hambre que se alegraba mucho si encontraba, al menos, pieles de altramuces con que alimentarse. Al oír esto, el que comía los altramuces se tuvo por consolado, pues comprendió que había otros más pobres que él, teniendo menos motivos para desesperarse. Con este consuelo, luchó por salir de su pobreza y, ayudado por Dios, salió de ella y otra vez volvió a ser rico.

»Y vos, señor Conde Lucanor, debéis saber que, aunque Dios ha hecho el mundo según su voluntad y ha querido que todo esté bien, no ha permitido que nadie lo posea todo. Mas, pues en tantas cosas Dios os ha sido propicio y os ha dado bienes y honra, si alguna vez os falta dinero o estáis en apuros, no os pongáis triste ni os desaniméis, sino pensad que otros más ricos y de mayor dignidad que vos estarán tan apurados que se sentirían felices si pudiesen ayudar a sus vasallos, aunque fuera menos de lo que vos lo hacéis con los vuestros.

Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, se consoló y, con su esfuerzo y con la ayuda de Dios, salió de aquella penuria en la que se encontraba.

Y viendo don Juan que el cuento era muy bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos que dicen así:

Por padecer pobreza nunca os desaniméis,
porque otros más pobres un día encontraréis.

Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo

Está considerado este cuento-apólogo la obra maestra de los escritos de don Juan Manuel. Como se ha dicho, el deán de Santiago se confundió de género literario: lo que él creía que era su epopeya resultó ser, en realidad, su tragedia. Pero tampoco el lector se libra del prodigioso engaño. Como certeramente apuntó la estudiosa María Jesús Lacarra, uno de los aciertos de este cuento es el uso del tiempo y el espacio que desconciertan al protagonista al hacerle creer que las horas son años, sin embargo, el final sorprende al deán tanto como al lector, ambos igualmente engañados. El primero ha sido víctima de la magia de don Illán, el segunda víctima de las artes de don Juan ManuelEn definitiva, la clave artística del cuento reside en la equiparación formal entre brujería y literatura. El propio cuento es un hechizo.

Con el título de El brujo postergado realizó Jorge Luis Borges una acertada reescritura, explícita y declarada, de este relato de don Juan Manuel, una reescritura, a mitad de camino entre el resumen, la glosa y el ejercicio de estilo borgiano, que, si no sigue al pie de la letra sí se mantiene fiel, punto por punto y episodio por episodio, al argumento de la famosa fábula medieval que don Juan Manuel había escrito seiscientos años atrás.Creo que sería interesante que los alumnos o los lectores interesados conociesen ese texto borgiano.

Otro día hablaba el Conde Lucanor con Patronio y le dijo lo siguiente:

-Patronio, un hombre vino a pedirme que le ayudara en un asunto en que me necesitaba, prometiéndome que él haría por mí cuanto me fuera más provechoso y de mayor honra. Yo le empecé a ayudar en todo lo que pude. Sin haber logrado aún lo que pretendía, pero pensando él que el asunto estaba ya solucionado, le pedí que me ayudara en una cosa que me convenía mucho, pero se excusó. Luego volví a pedirle su ayuda, y nuevamente se negó, con un pretexto; y así hizo en todo lo que le pedí. Pero aún no ha logrado lo que pretendía, ni lo podrá conseguir si yo no le ayudo. Por la confianza que tengo en vos y en vuestra inteligencia, os ruego que me aconsejéis lo que deba hacer.

-Señor conde -dijo Patronio-, para que en este asunto hagáis lo que se debe, mucho me gustaría que supierais lo que ocurrió a un deán de Santiago con don Illán, el mago que vivía en Toledo.

El conde le preguntó lo que había pasado.

-Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que deseaba aprender el arte de la nigromancia y, como oyó decir que don Illán de Toledo era el que más sabía en aquella época, se marchó a Toledo para aprender con él aquella ciencia. Cuando llegó a Toledo, se dirigió a casa de don Illán, a quien encontró leyendo en una cámara muy apartada. Cuando lo vio entrar en su casa, don Illán lo recibió con mucha cortesía y le dijo que no quería que le contase los motivos de su venida hasta que hubiese comido y, para demostrarle su estima, lo acomodó muy bien, le dio todo lo necesario y le hizo saber que se alegraba mucho con su venida.

Después de comer, quedaron solos ambos y el deán le explicó la razón de su llegada, rogándole encarecidamente a don Illán que le enseñara aquella ciencia, pues tenía deseos de conocerla a fondo. Don Illán le dijo que si ya era deán y persona muy respetada, podría alcanzar más altas dignidades en la Iglesia, y que quienes han prosperado mucho, cuando consiguen todo lo que deseaban, suelen olvidar rápidamente los favores que han recibido, por lo que recelaba que, cuando hubiese aprendido con él aquella ciencia, no querría hacer lo que ahora le prometía. Entonces el deán le aseguró que, por mucha dignidad que alcanzara, no haría sino lo que él le mandase.

Hablando de este y otros temas estuvieron desde que acabaron de comer hasta que se hizo la hora de la cena. Cuando ya se pusieron de acuerdo, dijo el mago al deán que aquella ciencia sólo se podía enseñar en un lugar muy apartado y que por la noche le mostraría dónde había de retirarse hasta que la aprendiera. Luego, cogiéndolo de la mano, lo llevó a una sala y, cuando se quedaron solos, llamó a una criada, a la que pidió que les preparase unas perdices para la cena, pero que no las asara hasta que él se lo mandase.

Después llamó al deán, se entraron los dos por una escalera de piedra muy bien labrada y tanto bajaron que parecía que el río Tajo tenía que pasar por encima de ellos. Al final de la escalera encontraron una estancia muy amplia, así como un salón muy adornado, donde estaban los libros y la sala de estudio en la que permanecerían. Una vez sentados, y mientras ellos pensaban con qué libros habrían de comenzar, entraron dos hombres por la puerta y dieron al deán una carta de su tío el arzobispo en la que le comunicaba que estaba enfermo y que rápidamente fuese a verlo si deseaba llegar antes de su muerte. Al deán esta noticia le causó gran pesar, no sólo por la grave situación de su tío sino también porque pensó que habría de abandonar aquellos estudios apenas iniciados. Pero decidió no dejarlos tan pronto y envió una carta a su tío, como respuesta a la que había recibido.

Al cabo de tres o cuatro días, llegaron otros hombres a pie con una carta para el deán en la que se le comunicaba la muerte de su tío el arzobispo y la reunión que estaban celebrando en la catedral para buscarle un sucesor, que todos creían que sería él con la ayuda de Dios; y por esta razón no debía ir a la iglesia, pues sería mejor que lo eligieran arzobispo mientras estaba fuera de la diócesis que no presente en la catedral.

Y después de siete u ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos, con armas y caballos, y cuando llegaron al deán le besaron la mano y le enseñaron las cartas donde le decían que había sido elegido arzobispo. Al enterarse, don Illán se dirigió al nuevo arzobispo y le dijo que agradecía mucho a Dios que le hubieran llegado estas noticias estando en su casa y que, pues Dios le había otorgado tan alta dignidad, le rogaba que concediese su   vacante como deán a un hijo suyo. El nuevo arzobispo le pidió a don Illán que le permitiera otorgar el deanazgo a un hermano suyo prometiéndole que daría otro cargo a su hijo. Por eso pidió a don Illán que se fuese con su hijo a Santiago. Don Illán dijo que lo haría así.

Marcharon, pues, para Santiago, donde los recibieron con mucha pompa y solemnidad. Cuando vivieron allí cierto tiempo, llegaron un día enviados del papa con una carta para el arzobispo en la que le concedía el obispado de Tolosa y le autorizaba, además, a dejar su arzobispado a quien quisiera. Cuando se enteró don Illán, echándole en cara el olvido de sus promesas, le pidió encarecidamente que se lo diese a su hijo, pero el arzobispo le rogó que consintiera en otorgárselo a un tío suyo, hermano de su padre. Don Illán contestó que, aunque era injusto, se sometía a su voluntad con tal de que le prometiera otra dignidad. El arzobispo volvió a prometerle que así sería y le pidió que él y su hijo lo acompañasen a Tolosa.

Cuando llegaron a Tolosa fueron muy bien recibidos por los condes y por la nobleza de aquella tierra. Pasaron allí dos años, al cabo de los cuales llegaron mensajeros del papa con cartas en las que le nombraba cardenal y le decía que podía dejar el obispado de Tolosa a quien quisiere. Entonces don Illán se dirigió a él y le dijo que, como tantas veces había faltado a sus promesas, ya no debía poner más excusas para dar aquella sede vacante a su hijo. Pero el cardenal le rogó que consintiera en que otro tío suyo, anciano muy honrado y hermano de su madre, fuese el nuevo obispo; y, como él ya era cardenal, le pedía que lo acompañara a Roma, donde bien podría favorecerlo. Don Illán se quejó mucho, pero accedió al ruego del nuevo cardenal y partió con él hacia la corte romana.

Cuando allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por la ciudad entera, donde vivieron mucho tiempo. Pero don Illán seguía rogando casi a diario al cardenal para que diese algún beneficio eclesiástico a su hijo, cosa que el cardenal excusaba.

Murió el papa y todos los cardenales eligieron como nuevo papa a este cardenal del que os hablo. Entonces, don Illán se dirigió al papa y le dijo que ya no podía poner más excusas para cumplir lo que le había prometido tanto tiempo atrás, contestándole el papa que no le apremiara tanto pues siempre habría tiempo y forma de favorecerle. Don Illán empezó a quejarse con amargura, recordándole también las promesas que le había hecho y que nunca había cumplido, y también le dijo que ya se lo esperaba desde la primera   -62-   vez que hablaron; y que, pues había alcanzado tan alta dignidad y seguía sin otorgar ningún privilegio, ya no podía esperar de él ninguna merced. El papa, cuando oyó hablar así a don Illán, se enfadó mucho y le contestó que, si seguía insistiendo, le haría encarcelar por hereje y por mago, pues bien sabía él, que era el papa, cómo en Toledo todos le tenían por sabio nigromante y que había practicado la magia durante toda su vida.

Al ver don Illán qué pobre recompensa recibía del papa, a pesar de cuanto había hecho, se despidió de él, que ni siquiera le quiso dar comida para el camino. Don Illán, entonces, le dijo al papa que, como no tenía nada para comer, habría de echar mano a las perdices que había mandado asar la noche que él llegó, y así llamó a su criada y le mandó que asase las perdices.

Cuando don Illán dijo esto, se encontró el papa en Toledo, como deán de Santiago, tal y como estaba cuando allí llegó, siendo tan grande su vergüenza que no supo qué decir para disculparse. Don Illán lo miró y le dijo que bien podía marcharse, pues ya había comprobado lo que podía esperar de él, y que daría por mal empleadas las perdices si lo invitase a comer.

Y vos, señor Conde Lucanor, pues veis que la persona a quien tanto habéis ayudado no os lo agradece, no debéis esforzaros por él ni seguir ayudándole, pues podéis esperar el mismo trato que recibió don Illán de aquel deán de Santiago.

El conde pensó que era este un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.

Y como comprendió don Juan que el cuento era bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos, que dicen así:

Cuanto más alto suba aquel a quien ayudéis,
menos apoyo os dará cuando lo necesitéis.

 Juan Ruiz, arcipreste de Hita (¿1295- 1351?)

Libro de Buen Amor

Muy poco se sabe del autor del Libro de Buen Amor: un hombre del siglo XIV, llamado Juan Ruiz, cuyo cargo eclesiástico era el de Arcipreste de Hita y poco más, porque todo son interrogantes en torno a este misterioso clérigo medieval. Los críticos y estudiosos han hecho correr ríos de tinta y los historiadores han rastreado como sabuesos por todas partes para intentar conocer la personalidad de este oscuro y contradictorio personaje. Hasta hoy solo hay conjeturas o hipótesis. dejémoslo así y vayamos a su obra que es lo único que tenemos y nos interesa.

Hay varios códices además de algunos fragmentos e incluso distintos títulos sobre el Libro del llamado Juan Ruiz. El códice conservado en la Universidad de Salamanca es el más completo y digno de fiar. En cuanto al título, lo dejó zanjado Ramón Menéndez Pidal, apoyándose en varios pasajes de la obra que así lo nombran: Libro de Buen Amor. ¿Y la fecha? Más discusiones. De momento parece que se puede colegir que fue redactado dos veces, primero, en 1330 y después, más completo en 1343. Se imprimió por primera vez en 1790.

El Libro de Buen Amor-la obra más importante del mester de clerecía del siglo XIV, de más de siete mil versos- está formado por pasajes de muy diverso género literario. Básicamente es una biografía erótica constituido por la narración de hasta trece aventuras amorosas, nueve en la ciudad y cuatro en la sierra, con otras tantas mujeres. En todas ellas el Arcipreste queda malparado, en posición ridícula o desairada. Esta historia ficticia se los amores del Arcipreste – con la ayuda que le prestan doña Venus y Trotaconventos- constituyen el hilo conductor de la obra que se interrumpe en múltiples ocasiones para intercalar elementos muy heterogéneos.

En cuanto al lenguaje: originalidad y exuberancia léxica, adjetivación muy justa y exacta, uso expresivo de diminutivos y la riqueza de refranes y dichos populares. 

Por último, el lenguaje del Arcipreste es siempre concreto y realista, llegando incluso al hiperrealismo, por ejemplo, la descripción de las serranas o de los monjes en la sátira contra el dinero.

En nuestra literatura sobresalen tres obras entre las más excelsas de ingenio humano: El Quijote en el género novelesco, La Celestina en el dramático y El Libro de Buen Amor en el satírico, pero, también en el lírico, en el dramático, en todos los géneros, porque todos ellos se manifiestan en la portentosa obra de Juan Ruiz. 

El libro de Buen Amor es una obra de difícil interpretación: variada en sus temas y género, de estructura compleja y de contenido ambiguo e incluso, a veces, contradictorio. La actitud ecléctica del Arcipreste es evidente: alusiones frecuentes al buen amor -el amor de Dios- y al loco amor, pero prima, por encima de todo, la exaltación del amor carnal y un tono vitalista, irónico y burlesco que le convierten casi en un descarado manual de incitación al goce de los placeres de la vida. Bajo su -solo aparente- despreocupación vitalista y su pretendido afán moralizante, yace una visión crítica y desmitificadora de la sociedad del siglo XIV en general, pero con insistencia en la institución eclesiástica y, especialmente el clero.

Termino con la siguiente cita del profesor Juan Luis Alborg:

Juan Ruiz fue, en efecto, un clérigo ajuglarado, doñeador alegre, que sabe los «estrumentes e todas las juglarías», de vigorosa y sensual humanidad, en cuya obra se encuentran los únicos ecos de la poesía goliardesca en lengua castellana. Menéndez Pidal dice que como base de todo comentario al Libro de Buen Amor deberíamos poner el Concilio de Toledo de 1324, que se lamenta de que los mismos prelados de aquella archidiócesis se gocen en el liviano espectáculo de las soldaderas. Juan Ruiz, clérigo del mismo arzobispado, no presenta, en consecuencia, un caso escandaloso por el hecho de convivir con soldaderas, troteras y cazurros; no es, pues, un clérigo rebelde, mal avenido con su hábito, sino producto típico de una época desmoralizada. 

Intercalo, a propósito, como en otras ocasiones, algunas estrofas en la propia lengua original de Juan Ruiz o ligeramente actualizada.

Cómo, según la naturaleza, los hombres y los otros animales quieren tener compañía con las hembras

     Como dise Aristóteles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenençia; la otra era
por aver juntamiento con fembra plasentera.

      Si lo dijera yo, se podría tachar 

mas lo dice un filósofo, no se me ha de culpar.

De lo que dice el sabio no debemos dudar,

pues con hechos se prueba su sabio razonar.

      Que dice la verdad el sabio claramente se prueba; 

hombre, aves y bestias, todo animal de cueva

desea, por natura, siempre compaña nueva

y mucho más el hombre que otro ser que se mueva.

     Digo muy más del omen, que de toda criatura:
todos a tiempo çierto se juntan con natura,
el omen de mal seso todo tiempo sin mesura
cada que puede quiere faser esta locura.

      Prefiere el fuego estar guardado entre ceniza, 

pues antes se consume cuanto más se le atiza;

el hombre, cuando peca, bien ve que se desliza,

mas por naturaleza, en el mal profundiza.

      E yo, porque so ome, como otro, pecador,

Ove de las mujeres  a veces grand amor.

Provar ome las cosas non es por ende peor,

E saber bien e mal, e usar mejor

Las mujeres que has de amar

 Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer
muchas cosas tendrás primero que aprender
para que ella te quiera en amor acoger.
Primeramente, mira qué mujer escoger
.

     Cata mujer donosa e fermosa e lozana,

Que non sea muy luenga, otrosí nin enana.

Sy podieres, non quieras amar mujer villana,

Ca de amor non sabe e es como bausana

    Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillos, no teñidos de alheña;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña.

     Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas, bien claros y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes
si tiene el cuello alto, así gusta a las gentes
.
     La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un poco apartadillos,
las encías bermejas, los dientes agudillos,
los labios de su boca bermejos, angostillos.

    Su boquilla pequeña asy de buena guisa,

La su faz sea blanca, syn pelos, clra e lysa.

Puna de aver mujer que la veas syn camisa,

Que la talla del cuerpo e dirá esto a guisa.

Ejemplo de las propiedades que tiene el dinero 

    Mucho faz´ el dinero, mucho es de amar.

Al torpe fase bueno e ome de prestar.

E fase corre al coxo e al mudo fablar,

El qe non tiene manos, dyneros quier´tomar

      Aun al hombre necio y rudo labrador 

dineros le convierten en hidalgo doctor;

cuanto más rico es uno, más grande es su valor,

quien no tiene dineros no es de sí señor.

      Si tuvieres dinero tendrás consolación, 

placeres y alegría y del Papa ración,

comprarás el Paraíso, ganarás la salvación:

donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

       Yo vi en corte de Roma, do está la Santidad, 

que todos al dinero tratan con humildad,

con grandes reverencias, con gran solemnidad;

todos a él se humillan como a la Majestad.

      Creaba los priores, los obispos, abades, 

arzobispos, doctores, patriarcas, potestades;

a los clérigos necios, dábales dignidades,

de verdad hace mentiras; de mentiras, verdades.

      Hacía muchos clérigos y muchos ordenados,

muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,

el dinero les daba por bien examinados:

a los pobres decían que no eran ilustrados.

    El dinero quebranta las prisiones dañosas, 

rompe cepos y grillos, cadenas peligrosas;

al que no da dinero le ponen esposas.

¡Hace por todo el mundo cosas maravillosas!

   He visto maravillas donde mucho se usaba: 

al condenado a muerte la vida le otorgaba,

a otros inocentes, muy luego los mataba;

muchas almas perdían, muchas almas salvaban.

    Él hace caballeros de necios aldeanos, 

condes y ricoshombres de unos cuantos villanos;

con el dinero andan los hombres muy lozanos,

cuantos hay en el mundo le besan hoy las manos.

      Vi que tiene el dinero las mayores moradas, 

altas y muy costosas, hermosas y pintadas;

castillos, heredades y villas torreadas

al dinero servían, por él eran compradas.

      Comía los manjares de diversas naturas, 

vestía nobles paños, doradas vestiduras,

muchas joyas preciosas, bagatelas y holguras,

ornamentos extraños, nobles cabalgaduras.

      Yo he visto a muchos monjes en sus predicaciones 

denostar al dinero y a las sus tentaciones,

pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,

absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

      Aunque siempre lo insultan los monjes por las plazas, 

guárdanlo en el convento, en vasijas y tazas,

tapan con el dinero agujeros, hilazas;

más escondrijos tienen que tordos y picazas.

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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