Miguel Díez R. para Prensa Social

«Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante, tras haber arrasado la sagrada ciudadela de Troya, y vio las ciudades y conoció el modo de pensar de numerosas gentes. Muchas penas padeció en alta mar él en su ánimo, defendiendo su vida y el regreso de sus compañeros. Mas ni aun así los salvó por más que lo ansiaba. Por sus locuras, en efecto, las de ellos, perecieron, ¡insensatos!, que devoraron las vacas de Helios Hiperión. De esto, parte al menos, diosa hija de Zeus, cuéntanos ahora a nosotros. Por entonces ya todos los demás que de la abrupta muerte habían escapado se hallaban en sus hogares puestos a salvo de la guerra y del mar. Y sólo a él, ansioso del regreso y de su esposa, lo retenía una ninfa venerable, Calipso, divina entre las diosas, en sus cóncavas grutas, deseosa de que fuera su marido. Aun cuando ya, en el transcurso de los años, llegó el tiempo en que los dioses habían fijado que volviera a su casa, a Ítaca, todavía entonces no, estaba a salvo de peligros ni en la compañía de los suyos…»

Recomendación para su lectura: Odisea, Alianza Editorial (El Libro de Bolsillo), Trad. Carlos García Gual

La figura de Homero, sobre la que se ha desatado toda una tempestad de discusiones, dudas y negaciones —la llamada «cuestión homérica»—, se sitúa a finales del siglo VIII a. de C., bajo la apariencia, un tanto desvaída, de un aeda o rapsoda griego, o sea, un poeta errabundo y, como apunta García Gual tal vez ciego, pues la ceguera impide casi todos los oficios en una sociedad arcaica, menos el de cantar y componer poesía, ya que, por otra parte, el ciego tiene una sensibilidad más afinada para ver más allá de la realidad, en los dominios del espíritu.

Homero recorrió los caminos de Grecia recogiendo y recitando las tradiciones orales sobre la Guerra de Troya; las cuales, reunidas y recrea­das por él, constituyen la más grande de las epopeyas occidentales, la Íliada. Pero, además, a Homero se le atribuye tam­bién la paternidad de la Odisea, obra que ha tenido una fecunda pro­yección posterior e ininterrumpida hasta nuestros días. Con la Ilíada y la Odisea comienza la literatura griega, una de las piedras angulares de la cultura occidental.

Si en la Ilíada todo se desarrolla en torno a los héroes y a la guerra —«poema de la fuerza» se le ha llamado— y todo se inflama de ardor bélico y de combates ante los muros de Ilíon (Troya), en constante exaltación de la audacia, a veces de la crueldad y a menudo también de la magnanimidad; la Odisea, en cambio, ya no trata de batallas y muertes heroicas, tiene más de novela maravillosa y de continuo viaje marítimo que de epopeya, aunque el protagonista Odiseo (en latín, Ulises) regresa de la guerra de Troya y fue uno de los grandes héroes de la Iliada. 

Es el hombre y sus aventuras lo que la definen: Odiseo, rey de la isla de Ítaca y uno de los héroes griegos de la Ilíada, como hemos dicho, es ahora el protagonista aventurero, que, acosado por peligros cada cual más sorprendente, siempre los supera gracias, no a la fuerza, sino porque es «astuto, diestro en trucos, muy sufrido, muy inteligente, de muchos manejos» y con su valor e ingenio, paciencia y prudencia, audacia y engaño, sutil manejo de la palabra y singular astucia sabe acomodarse y enfrentar los peligros, y es el mismo Ulises el que, al llegar náufrago y desnudo a las tierras de los feacios, les cuenta a sus anfitriones sus propias aventuras, porque, en palabras de Fernando Savater, «El narrador de historias siempre acaba de llegar de un largo viaje en el que ha conocido las maravillas y el terror».

El paisaje ya no es la llanura que se extiende entre las cóncavas naves griegas y las murallas de la ciudad de Troya, sino un Mediterráneo, enorme y proceloso, al que más que Mare Nostrum habría que denominar Mare Tenebrosum. En este mar y sus islas se encuentran todo tipo de personajes y se suceden toda clase de situaciones fantásticas, pero tan humanizadas que es difícil trazar la línea entre lo real y lo ficticio.

El héroe, Ulises-Odiseo, tardó en su travesía —después de la destrucción de Troya— diez años en arribar a lo que había sido su única obsesión: la patria y el reino, Ítaca, una pequeña y montañosa isla del mar jónico: «Es áspera la tierra de Ítaca, mi patria, pero cría varones excelentes. No existe tierra alguna más dulce para mí. Tan pobre, pero tan hermosa al atardecer«.

La Odisea es inapreciable por muchas razones. Es, como ya se ha dicho, el primer libro de aventuras de nuestra literatura occidental y, por lo tanto, de nuestra cultura. 

Se trata de una obra clásica de la literatura, es decir, que perdura a lo largo del tiempo y sobre ella existe un consenso universal de reconocer su calidad y su aportación al patrimonio cultural de la humanidad. Pero hay algo más interesante en las obras rotundamente clásicas: nos interpelan a nosotros que vivimos en un mundo tan distinto al del s. VIII a. de C. en el que se cantó y luego se escribió. La narración del protagonista, que anhela volver a su isla y estar con su familia, y para ello tiene que pasar una verdadera «odisea», nos conmueve y nos «agarra» y vivimos con él todas las incontables aventuras en ese mar tan nuestro.

Todo buen lector tiene la obligación de leer y el privilegio de disfrutar de este maravilloso libro. El autor de este ensayo lo leyó por primera vez de muy niño. en una edición infantil y se le quedó grabada para siempre la historia de las sirenas y sobre todo la de Polifemo engañado por la astucia de Odiseo, pero también estaba en aquel librito la figura de Penélope, la esposa fiel, y del hijo Telémaco, y el final del arco justiciero manejado por un anciano que era el propio Ulises.

Todo está en La Odisea: la guerra de Troya recordada, aventuras, amor, pasión, inteligencia, sentimientos, dioses magníficos, monstruos terribles y seres fantásticos, la patria, la familia, y la vida como un largo viaje con todo lo que tiene de alegría, muerte, tristeza y sobre todo de experiencia como nos dirá Cavafis.

La cultura griega está plagada de mitos, palabra que (según las dos primeras acepciones del diccionario de la RAE) significa: 

«Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico». «Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana».

Mythos es una palabra griega que designa un relato tradicional transmitido de generación en generación por ciertos narradores profesionales. En el mundo griego eran los poetas que con sus versos perfilaban los mitos y creaban bellos poemas provenientes de las versiones tradicionales.

Uno de los más famosos mitos griegos es el que tiene por protagonista a Odiseo cuyas complejas y dificultosas aventuras y desventuras están narradas en la Odisea, el relato de las aventuras de Odiseo (Ulises) en su camino de regreso desde Troya hasta su patria, ïtaca. Un relato que ha significado desde siempre una mina inagotable de motivos e imágenes para escritores y artistas.

Miguel Díez R. escritor y ensayista, es profesor español de Lengua y Literatura de Enseñanza Media durante más de treinta y cinco años, publicó en 1985 Antología del cuento literario en la Editorial Alhambra (hoy Alhambra Longman), uno de los primeros intentos en España de una selección de cuentos muy variados y universales, destinada exclusivamente a estudiantes de Enseñanza Media y que ha tenido, y sigue teniendo, una difusión muy amplia en toda la geografía española. Además de varios manuales de Literatura Española y de comentarios de textos literarios, ha publicado la edición de Jardín Umbrío de Ramón del Valle-Inclán (Madrid, Espasa Calpe, 1993) y la de Días del Desván de Luis Mateo Díez (Madrid, Anaya, 2001). Es, así mismo, autor de la Antología de cuentos e historias mínimas(2002) (Madrid, Espasa-Calpe, 2008) y en colaboración con su mujer, Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo xx (1991) (Madrid, Istmo, 2004), La memoria de los cuentos (Madrid, Espasa-Calpe, Austral, 1998, reeditado en la misma editorial y colección con el título de Relatos populares del mundo), Antología comentada de la poesía lírica española (2005) (Madrid, Cátedra, 2011) y Cincuenta cuentos breves. Una antología comentada, Madrid, Cátedra, 2011.

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