Nos llenamos la boca cuando decimos que la situación de los dependientes en España es caótica. Lo es. Es injusto, tremendamente injusto que esos hombres y mujeres que sacaron adelante esta nación estén esperando una ayuda a la dependencia que no llega. Y no aparece en la cuenta corriente porque no es lo mismo vivir en Barcelona que en Villabotijos de Abajo.

Y así las cosas, se escriben y describen casos de personas que han fallecido sin haber recibido ese dinero que les pertenecía; esa ayuda en el domicilio o esas asistencias para poder asearse o caminar, pero existen otras cuestiones sobre las que el Estado, ese que tanto criticamos, papá Estado, no solucionará.

Son esas que tienen que ver con los ancianos; a esos a quienes ahora nos referimos eufemísticamente con el apelativo, «nuestros» como si nos importaran y todo. Y resulta que en todas las casas cuecen habas, y esos ancianos longevos de más de 90 años que aspiran a vivir otros diez con las peplas propias de la edad, no se mueren pero tampoco son queridos.

Esos que no son reclamados por nadie aparecen en los hospitales, porque son abandonados para que alguien se haga cargo y ya, si eso, cuando fallezcan por una causa natural, avisen a quien corresponda para que se lleven el fiambre. Porque llamar padre o madre a ese a quién no has mirado a la cara durante décadas ya no cuela.

Nos situamos a la cabeza del olvido; ese que cita Radio Nacional en uno de sus reportajes cuando asisten al espectáculo del abandono y entrevistan micrófono en mano a esos supuestos enfermos que no tienen otra cosa salvo la edad, que permanecen ocupando una cama en un hospital de Santa Cruz de Tenerife a pesar de haber recibido el alta médica. Familias que no quieren o no pueden hacerse cargo, según apunta la Consejería de Sanidad, con ese mal endémico de la sociedad actual que viene de lejos.

Cifras muy similares en todas las provincias españolas que ven cómo día a día, mes a mes, los pacientes ancianos van quedándose instalados porque nadie se hace cargo.

Sucedía en verano hace ya dos décadas, eso de dejarles a todos en las gasolineras, pero hoy, se ha sofisticado más y acaban en los hospitales. Esta evidencia deja al sistema de dependencia al descubierto, a la Sanidad y a Derechos Sociales porque aunque hablemos de mayores con la boca pequeña, no tenemos forma de darles cobijo y el Estado, ese de antes, no tiene un plan b para q estas camas ya residenciales, sean efectivas a la hora de cuidar y no olvidar que no son enfermos sino, mayores.

Estamos muy entretenidos con las series, los móviles, las vidas individuales que nos hacen compartir cada vez menos y la familia, estructura sólida y asidero de antaño; es un frágil nicho en donde apenas durante 18 años existe algo. Hoy las familias se resquebrajan cuando los niños salen de Séneca, Erasmus y otras zarandajas y ya no vuelven y cuando lo hacen sus respectivos padres están en Tombuctú y acaban solos en un cuarto jugando a la Play, cenando con una bandeja mientras usan Insta para contar lo felices que son hasta que se van.

Esos padres luego son abuelos y no está hecha la madeja del amor que conserva y une eso que se llama vida. Y llegados a este punto nos preguntamos por qué en el yoísmo no caben los mayores; no existe ese tiempo tranquilo para conversar y devolverle a los tuyos lo que te dieron. Quizá porque no te lo dieron o porque lo que te entregaron no era necesariamente bueno. En todo caso, y en cualquier caso, llega para quedarse a su lado la temida soledad.

¿Por qué a veces ellos dicen que es mejor morirse que quedarse aquí sin iguales, sin referencias y sobre todo sin el amor familiar? Porque precisamente no pueden evocar eso que reconocían como propio; eso que les hacía identificarse con lo querido; eso que les pertenecía y ya no existe. Algo tremendamente doloroso si van a vivir cien años.

La situación va in crescendo; no acusamos recibo, no cambiamos nuestro modus operandi y ellos morirán. Lo que no sabemos es que nosotros vamos detrás y no hay mimbres para que nuestros respectivos hijos nos cuiden.

No lo dejen en saco roto, oigan. ¡Qué solos se quedan los muertos! decía Bécquer. ¡Qué solos están ya los vivos! digo yo…

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