Contrasta, después de esta Navidad de nuestra vida, esa felicidad que todos deseábamos a propios y a extraños —hace tan sólo dos días— con la realidad, que a pesar del espumillón, parece que no se ha esfumado. Y es que en esa palabra mágica tenemos que concentrar todo eso que no somos capaces de traducir en ningún momento del año. Navidad no es sinónimo de felicidad para todos. Acabáramos.
Y es hoy, precisamente hoy, cuando esperamos con ansia al año que viene, que acaba de llegar, con la esperanza de que nos saque del foso del terror al que nos ha arrojado un nuevo bulo acerca del fin del mundo con un covid letal o todas esas informaciones que no nos permiten tener esperanza. La que yo veo a mi alrededor no es otra que la normalidad de la desazón y la desesperanza. Porque esto no parece haberse transformado; todo lo contrario: sigue siendo un escenario de sesión continua. Entretanto, cierres de empresas, paro, largas colas en la Sanidad, pensiones indignas, subida insultante de la luz, del combustible; el precio de los alimentos básicos; sueldos miserables, contratos basura y más dolor; pobreza infantil, quizá el ocaso de muchas circunstancias que, unidas, nos hacen intuir un futuro poco halagüeño.
Al otro lado de la resaca, aparecen los sinvergüenzas que se han lucrado con la inflación, con los abusos que hoy pagamos a tantos euros de vellón porque entre tanta felicidad se han aprovechado del prójimo, de su miedo y de su inquietud.
Y así se va escribiendo la historia de España que abandona el 25 lleno de carencias, de una pobreza energética extrema , Carencia de vivienda y un paro de jóvenes y mayores sin precedentes.
Y mientras todo esto sucede, el volcán de las rencillas y la crispación parece que se ha avivado también en Navidad. Un desastre si hablamos de dependencia, de mayores o de personas con discapacidad. No nos olvidemos de esos pacientes mayores que no tienen opción —un año más—; otros con discapacidad que aguardan a ver cuándo les diagnostican el grado; otros enfermos que esperan una residencia; otros que no han tenido opción, que atraviesan el peaje del cáncer y siguen ahí, sonriéndole a la vida y quizá, un año después, permanecen aguardando una carta que se llama suerte …que no sale cuando no tienes plan b. Y esos que se mueren sin haber cobrado su derecho a disponer de una ayuda para la dependencia.
Así que, mientras asimilamos la cogorza de la felicidad que tenemos que proyectar como una obligación, encajamos la realidad con reservas y con las pequeñas dosis de tranquilidad que a ratos logramos, para finalmente llegar al 26 indemnes, o al menos sin un nuevo covid en nuestro ajuar. Y como decía Mecano en esa canción que unía por una vez a los españoles de bien:
«Y a ver si espabilamos los que estamos vivos»
Mecano
…porque en este afán de haber procurado tanta felicidad, no nos damos cuenta de que hemos perdido muchos años —con todos sus días—; y, como decía mi padre, q.e.p.d., «estamos en lo mejor de lo que nos queda» (aunque tal vez no nos demos cuenta).
Protéjanse, queridos lectores, porque los expertos —políticos— que gobiernan nuestras vidas parece que nos siguen llevando a la deriva —un año más—, como la covi (sin d), pero sin mascarilla…Y lo que te rondaré, morena.
























