Cuentan las crónicas de Sevilla que a Luisa Ignacia Roldán, venida al mundo en esta ciudad allá por el año 1652, le tocó vivir en una época nada propicia para desarrollar su talento, ya que no se estilaba el reconocimiento del buen hacer de ninguna mujer.

Y ahora que queda un cuarto de hora para el inicio de los siete días grandes de mi Sevilla que son la Semana Santa, precisamente ahora que la primera cofradía ya asoma por La Campana (como dicen los capillitas sevillanos) quiero hacer valer la genialidad artística de nuestra olvidada Luisa Ignacia, primera mujer española registrada como escultora, y cuyo legado en imaginería religiosa sigue cautivando a millares de corazones, que saben apreciar en la Virgen de la Estrella, o en el Niño Jesús de la Catedral, o en tantísimas otras figuras esculpidas por las amorosas y femeninas manos de “La Roldana”, una referencia a la divinidad que con su misericordia sostiene la existencia de todos.

Es de bien nacida agradecer el talento de esta mujer que consagró su vida al arte, cuyas obras fueron ensombrecidas en principio por el renombre de su padre, el escultor Pedro Roldán, y después por su marido, a quienes se fueron atribuyendo magníficas esculturas de nuestra postergada Roldana.

Mis amigos saben que no soy una feminista talibán, de esas que dirían “amigos, amigas y amigues”, o “machito muerto, abono pa mi huerto”. No. El De Arriba me dio inteligencia para no perder el tiempo en semejantes chorradas y por eso repito: Mis amigos lo saben. Amigos. Masculino plural. Englobando a todo género y a todo quisqui de quienes mantienen amistad con esta servidora.

Dicho lo anterior y sin sumarme al carro de las tontas que solas y borrachas quieren volver a casa, una opta por seguir la sevillana y universal estela de nuestra gran Luisa Ignacia, y por ello deseo recordar también a otras Roldanas, mujeres cuya rutinaria heroicidad queda escondida en el ámbito de la discapacidad.

Me he topado con ellas mil veces. Las he visto en cierto centro comercial de cuyo nombre no quiero acordarme. Mujeres con alguna discapacidad contratadas para cumplir con la cuota legalmente exigida, con los beneficios fiscales que ello conlleva, pero relegándolas a ejercer su trabajo en el sótano, donde los clientes no las ven, no vayan a asociarlas con los productos que quieran comprar y puedan pensar que son defectuosos.

También las he visto a muchas de ellas participando, con muchísima ilusión, en formaciones políticas de todos los colores, deseando aportar su bagaje de experiencia para hacer una sociedad inclusiva, recibiendo a cambio palmaditas en la espalda y muchos ji, ji, ja, ja de quienes manejan el cotarro, que solo verán la prótesis o la silla de ruedas de la mujer, sin ir más allá y sin aventurarse en descubrir a la persona, a la mujer real que trasciende a su imagen, a su potencialidad verdadera. En una palabra: a su capacidad.

Reconozcámoslo: desde el siglo XVII de la Roldana hasta hoy, poco ha cambiado en la inclusión social de las mujeres con discapacidad.

Únicamente cuando se apueste por ellas para que puedan desarrollar toda su potencialidad; únicamente cuando puedan ascender en sus empresas como todo hijo de vecino y cuando se les de su sitio en foros de decisión del ámbito político, solamente entonces podremos hablar de inclusión real.

Hasta que esto no ocurra se estará haciendo el paripé de vestir el muñeco de la inclusión, para alcanzar una cuota de paridad sin alma y sin sentido. Las otras Roldanas. Las que ya es hora que dejen de serlo para pasar a ser reconocidas por su capacidad y competencia.

Rocío de los Reyes Machuca Presidenta CEDDD – ANDALUCÍA

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