Han pasado cuarenta y cinco años para que una terminología —del todo peyorativa del artículo 49 de la Carta Magna— pase al baúl de los recuerdos y las personas con discapacidad tengan el honor de ser llamadas como seres humanos, no seres disminuidos.

Entre dimes y diretes —como nos vienen ya acostumbrando sus señorías—, han llegado a un acuerdo no sin antes recordar al respetable que pudiera haber más pero no se están produciendo. Entretanto lirili y poco lerele, Vox, la formación de Abascal, ha votado en contra porque se oponen a que una reforma de la Carta Magna lleve la rúbrica del PSOE cuando les diré, a todos y todas, como hablan los modernos, que esto solo beneficia a los afectados; da lo mismo quién se siente en el sillón y cuántas horas esté haciendo que hace.

El mero hecho de referirse a las personas con discapacidad como son y no como disminuidas, se regula también la llamada protección especial que procurará atender las necesidades específicas de las mujeres con discapacidad y de los menores.

En el sarao han estado encima de la mesa los otros apoyos que bien pudieran llegar a un consenso para mejorar la vida de las personas pero no, esto no sucede así pasen los años. La llamada deuda moral que ha señalado el presidente del Gobierno, que afecta a cuatro millones de personas no será nada cuando todos lleguemos a la vejez en menos de dos décadas.

Todos dejaremos de ver bien o perderemos la vista de una u otra forma; todos dejaremos de oir bien por obvias razones; nuestra movilidad estará comprometida y entonces nos preguntaremos por qué a los políticos de entonces nunca les pareció una obligación tener todo dispuesto para cuando ese día llegara. Porque todos sin dejar uno, seremos disminuidos, sí, sí, como eran hace un rato las personas con una discapacidad sobrevenida; con una discapacidad congénita; con una discapacidad por la edad; con una discapacidad empezaron a ser disminuidos, no tuvieron en cuenta sus necesidades y bajo la frase «todo ha mejorado mucho», dejaron de hacer lo que a todas luces hubiera (con poco esfuerzo) mejorado la vida de sus conciudadanos. Porque ser inclusivo es no excluir; que todo sea accesible supone que todo sea para todos y mientras van ganando algún entero cuando por fin, se refieren a ellos con dignidad. Y todo por esta banda que jamás se pone en los zapatos del otro. ¡Acabáramos!

Me quito el sombrero siempre ante las personas que cada mañana se despiertan con su discapacidad. Pensemos un rato en ellos y dejemos de quejarnos. Vox, por ahí no era. Vosotros también envejeceréis.

Con Dios.

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Directora de Prensa Social. Periodista. Doctora en Ciencias de la Comunicación. Máster en Dirección Comercial y Marketing y Gestión de RR.HH.. Profesora Universitaria Ciencias de la Información. Estudios de Psicología y Derecho. Miembro de The Geneva Global Media United Nations, Presidente de DOCE, Miembro del Comité Asesor de la Fundación López-Ibor, Miembro del Comité de Ética Sociosanitarios EULEN, Consultora de Comunicación loquetunoves.com. Autora libros: Actos sociales y familiares, fotografía social. Junio 2012. Coautora: El cerebro religioso con María Inés López-Ibor. Enero 2019.

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