El Madrid antiguo esconde mil maravillas históricas por conocer y explorar, y algunas exigen estudiarse con el paladar, como estas rosquillas del Santo.

Dulce, misterio, historia y patrimonio castizo. Las rosquillas del Santo esconden en su receta centenaria un postre complejo en su elaboración, pero sencillo en su degustación. Toda una invitación a disfrutar de la gastronomía que reviste de legado a la fiesta popular por excelencia de la capital, el San isidro de Madrid.

¿Qué son las rosquillas del Santo?

Se trata de un postre tan antiguo que su fecha de nacimiento se ha perdido en los fogones del pasado, de modo que unos la datan en el siglo XIX, otros en la Edad Media, y no son pocos quienes la remontan hasta los romanos.

Pero si en algo coinciden las leyendas es que fue la Tía Javiera quien la popularizó, hace cosa de dos siglos atrás. Esta madrileña vendía sus rosquillas del Santo desde su puesto reservado en la Pradera, durante las fiestas de San isidro, y no tardaron en hacerse popular.

Tal vez porque no llevaban azúcar en la masa, quizá porque iban aderezadas con aguardiente, o puede que fuera porque estaban empapadas en un jarabe. El hecho es que todos los paladares que la probaban sucumbían a su encanto y delicia, marcándolas como las mejores rosquillas del Santo de toda España, y a esa categorización ayudaba mucho la presentación en que llegaban los dulces, con un lazo de guita que entregaba la mujer.

Tan grande y rotundo fue su éxito que pronto empezaron a salir los imitadores de esta receta, creando con sus intentos de emulación las cuatro versiones que hoy se conocen y que dan cobertura a las rosquillas del Santo.

Son las tontas, recubiertas con un poquito de anís; las listas, doradas con un glaseado de huevo y limón; las de Santa Clara, revestidas de un merengue blanco; y las francesas, cubiertas por un baño de azúcar glas y almendras, y llamadas así por haber sido creadas por el repostero francés del rey Fernando VI, tras las reiteradas peticiones de su reina, Bárbara de Braganza.

¿Dónde puede probar estas rosquillas del Santo tan castizas?

Madrid está plagado de puestos hosteleros que ofrecen esta delicia en cualquier momento del año, aunque la oferta más castiza la sigue ofreciendo la Pradera, que, con motivo de las fiestas de San isidro, cada 15 de mayo, se viste de gala y gana puntos de popularidad.

Con razón, pues este dulce madrileño de cuerpo de azucarado y porte santificado huele a historia, sabe a tradición, habla de patrimonio y posa como el mejor legado cultural y comestible de la romería, de la merendola y del espíritu más libre de la ciudad.

Estas rosquillas del Santo bajan de maravilla por la garganta, dejando a su paso unas papilas gustativas enloquecidas de placer, y más cuando van acompañadas de o un trago de agua del Santo, o por la tradicional limonada con vino blanco de Madrid, hecha por cierto con limón, azúcar y fruta troceada o algún vino dulce, y servido en los “chato”, pequeños vasos muy distintivos de la capital.

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