«El cuento de Sirena», de Gonzalo Torrente Ballester

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«Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que leyeren», dijo Miguel de Cervantes por boca de don Quijote y el hoy olvidado (o, al menos, no suficientemente o válidamente recordado) escritor gallego siguió —nunca mejor dicho— al pie de la letra la máxima del manco de Lepanto.

La mejor narrativa de Torrente tiene lugar cuando se funden la realidad y la ficción, el mito y lo cotidiano, el costumbrismo y la imaginación; y esa fusión se produce de una manera tan natural (o, como se dice ahora, orgánica) y espontánea que ni el lector más avisado o desconfiado será capaz de adivinar las costuras ni con qué hilo se dieron las puntadas.

Tengo para mí que Torrente, en su larga e ilustre bibliografía, nunca consiguió cuajar mejor  el mandato cervantino que en El cuento de Sirena una novela corta (no llega a los 100 páginas) publicada en 1978 después de haber escrito, un año antes, Fragmentos de apocalipsis, una de sus obras —junto a La saga/fuga de J.B., de 1972— más complejas e incomprendidas.

Torrente, como buen rebelde, da con El cuento de Sirena un volantazo a su trayectoria  y entrega una narración de, por así decirlo, mesa camilla; una  historia para, por así decirlo también, entretener a las visitas.

Así, el escritor olvida, voluntariamente, esmerar la prosa y pule el habla para contar una historia en la que se incluye a sí mismo (y a sus circunstancias y avatares) como personaje para narrar una leyenda familiar que reza que los hijos que nazcan en una de sus ramas (la de los Mariño) morirán ahogados, ya que los arrebatará los una sirena.

Cercano, cálido y convincente, el texto de Torrente vuelve y envuelve al lector que, por su parte, abandona toda sospecha de verosimilitud y se entrega a las dotes del narrador para creer y disfrutar, en pleno siglo XX,  del mito eterno que nació en la Edad Media de la mujer enamorada que arrebata al hombre y se lo lleva con ella a las profundidades ––oscuras, calmas y lejanas— de la mar. Cervantes se hubiera prendido y prendado de este maravilloso ( en todos los sentidos de la palabra) cuento. Seguro.

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