Salir del armario y sortear la primera barrera es lo que padecen —del verbo padecer—las personas bisexuales, gais, lesbianas, transexuales y personas diversas, si además tienen una discapacidad congénita o sobrevenida.

Las etiquetas —que están a la orden del día— se sortean con los carteles —a todo color— cuando todos intentan definir qué son o qué sienten. El miedo a la familia, a ser rechazado por los iguales, a fracasar ante los padres o a ser marcado como «el distinto», hace que la inmensa barrera infranqueable de la discapacidad pase a un segundo plano cuando hablamos de Orgullo (o de sentirse orgulloso por no ocultar su condición sexual).

Si bien a todos no nos debería interesar absolutamente nada qué hace cada cuál con cada quién, España tilda a las personas y nos acostumbramos a llamarnos según el defecto que tengamos. Desde «el gafotas», si no ves; hasta «la jirafa», si eres alto. Desde ser «el espárrago» hasta siempre ser «el tieso», y así las cosas, si además de esos apelativos el gafotas es gay y —por lo que sea— pierde el oído acaba siendo el «gafotas gay sordo».

La llamada doble discriminación que hasta ahora estaba visibilizada por las mujeres con discapacidad se expande hacia otras personas y los armarios se vuelven a llenar de otros que al menos ocultan una.

«O soy persona con discapacidad o tengo una tara», confiesa uno de ellos, drag queen en un local de Madrid.

Sentirte rechazado, no tener nada más que comentarios negativos alrededor y no sentirte acogido entre iguales puede producir algo más que una ingrata experiencia. El miedo, la crueldad, la intromisión en la vida de los que inicialmente ya están siendo rechazados se convierte en su modus vivendi y siempre terminan ocultando u ocultándose en un armario aún mayor, ese que tiene un cierre que difícilmente se abrirá.

Ahí arranca la nueva vida; una autoestima resquebrajada; una etiqueta aún mayor y sentirse mirado, observado, traicionado por los familiares que juzgan siempre no por nada, sino por el «¡qué dirán!». Vivir en una burbuja y esconder la realidad —porque entre la familia no hay ningún gay— no conduce nada más que al abismo de lo psíquico; a un escenario terrorífico en donde se instala la culpa y reina la falta de seguridad sine die.

Desde comentarios despectivos hasta ser considerado menos por tener una discapacidad, la persona llega a padecer una depresión e incluso puede llegar a tener conductas autolíticas tal y como nos comenta el doctor Corbacho si a ello le suma que es gay y se siente menos válido.

Invitar a asumir la identidad y facilitar la vida con la discapacidad incluida le permitirá sentirse bien y no estar cuestionado.

Ser dependiente por tener discapacidad, además ser gay y sentir que con todo ello te tildan de fracasado no es justo. Borrar estigmas, prejuicios y sobre todo, discriminaciones sería un buen comienzo que debería partir de la familia y luego debiera normalizarse en la escuela.

La educación sexual, la información y la falta de tabúes hará que en el Orgullo nadie tenga que derribar el muro construido en ese armario desde donde se ve la vida pero no se disfruta. Casi nada.

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