«Libertad», de Ángela Figuera Aymerich

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Poema comentado por Paz Díez Taboada*

A tiros nos dijeron cruz y raya.
En cruz estamos. Raya. Tachadura.
Borrón y cárcel nueva. Punto en boca.
Si observas la conducta conveniente,
podrás decir palabras permitidas:
invierno, luz, hispanidad, sombrero.
(Si se te cae la lengua de vergüenza,
te cuelgas un cartel que diga «mudo»,
tiendes la mano y juntas calderilla.)
Si calzas los zapatos según norma,
también podrás cruzar a la otra acera
buscando el sol o un techo que te abrigue.
Pagando tus impuestos puntualmente,
podrás ir al taller o a la oficina,
quemarte las pestañas y las uñas,
partirte el pecho y alcanzar la gloria.
También tendrás honestas diversiones.
El paso de un entierro, una película
de las debidamente autorizadas,
fútbol del bueno, un vaso de cerveza,
bonitas emisiones en la radio
y misa por la tarde los domingos.
Pero no pienses libertad, no digas,
no escribas libertad, nunca consientas
que se te asome al blanco de los ojos,
ni exhale su olorcillo por tus ropas,
ni se te prenda a un rizo del cabello.
Y, sobre todo, amigo, al acostarte,
no escondas libertad bajo tu almohada
por ver si sueñas con mejores días.
No sea que una noche te incorpores
sonambulando libertad, y olvides,
y salgas a gritarla por las calles,
descerrajando puertas y ventanas,
matando a los serenos y los gatos,
rompiendo los faroles y las fuentes,
y el sueño de los justos, porque entonces,
punto final, hermano, y Dios te ayude.

Si de algo pecó la poesía social española de mediados del siglo xx, fue de panfletaria por el predominio del tono ditirámbico, de acusación y denuncia, y por una intencionalidad marcadamente política, que iba en detrimento de la profundidad lírica y la calidad artística; de tal manera que, si exceptuamos a unos pocos excelentes poetas, a la mayoría se los ha llevado el río del olvido.
Uno de estos poetas destacados fue Ángela Figuera Aymerich, que creó una poesía fuerte, decidida, crítica, de desvelamiento de las más crudas y desagradables verdades, sin ambages, y con alta categoría poética, pero con un lenguaje rotundo y eficaz sin el más leve asomo de sonoridades efectistas. Poesía de una mujer consciente de su papel social en un mundo dominado por hombres, aunque sin necesidad de definirse feminista.
Ángela Figuera fue una de las voces femeninas más rotundas, claras, rebeldes, comprometidas y libres de la poesía española. Y, sin embargo, una losa de silencio cayó sobre su obra debido a su pertenencia irrenunciable al bando derrotado en la Guerra Civil, en la dictadura franquista, cuya férrea censura no podía permitir aquel tono irreverente y comprometido que denunciaba la injusticia, la falta de libertad y todas las lacras de aquella España sojuzgada y amordazada.
Pero esa losa de silencio llega incluso a la España democrática, casi hasta nuestros días, en una de las injusticias poéticas más flagrantes e inexplicables cometidas en nuestro país. De hecho, aparte de algunos libros, menos comprometidos, publicados durante el régimen franquista, hasta 1975, el mismo año de la muerte de Franco, no se publicó en Madrid una Antología total (1948-1969) en C.V. S. Ediciones, y sus Obras Completas las publicó Hiperión, en 1986, dos años después de la muerte de Ángela para vergüenza de editores, críticos y lectores españoles.
No me resisto a reproducir el siguiente texto de Fernando García Cortázar:

Es el hombre de carne y hueso, el hombre concreto, el fruto de una España saqueada por una inmensa tragedia nacional, el que aparece en la poesía de Ángela Figuera Aymerich, poesía de una exigencia dolorosa, salvaje, que desea encontrar en la aspereza de las palabras, en la rabia de los versos, una realidad más palpable. Palabras de reproche a la patria amada, palabras de esperanza, palabras que buscan como gestos en el vacío el rostro de España. Palabras, sobre todo, de una dolorosa reconciliación, de una voluntad de superarnos como pueblo que ha de vivir en paz y en libertad.
A sabiendas de lo que Ángela Figuera sufrió en su vida —los vencedores de la guerra le quitaron su plaza de profesora y hasta su título universitario—, este compromiso con el perdón y la refundación de una España que integrara a todos en un proyecto y una historia comunes merece nuestra lectura conmovida
Lo que proponía Figuera, al concluir la segunda década de la posguerra, era erradicar el odio y agarrarse al vuelo de una patria tantas veces asfixiada por el desorden moral y la violencia: Su palabra clara, su mensaje directo, su caudal de emoción sacuden hoy nuestra desorientada conciencia nacional y nos cautivan por la vehemencia de su irrefrenable amor a su patria herida: «Porque eres bella, España y te me mueres / porque eres mía, España , y no te absuelvo / del mal de España, canto tu belleza / … clavándome la lengua entre los dientes / porque no quiero blasfemar tu nombre».
En el lenguaje duro y limpio de los poetas vascos, de sus contemporáneos Blas de Otero y Gabriel Celaya, los versos de Figuera Aymerich llegaban hasta el corazón de esas tinieblas donde yacía la esperanza de nuestra redención como ciudadanos y patriotas libres: «A ti llamamos / los huérfanos de ti en tu propia entraña, / los que a diario te aman y te sufren, / los que te llevan, ácida, en la sangre, / los que sus huesos sueldan con tus huesos / y no saben salvarte y balbucean / “que Dios te salve” por si Dios escucha». [abc.es/cultura/abci-angela-figuera-aymerich-amor-rabioso-espana-201611200143_noticia.html]

El poema «Libertad» pertenece al libro Belleza cruel, el más importante y comprometido de Ángela Figuera Aymerich. Como era imposible su aparición en la España de los cincuenta, por las razones acabadas de comentar, se publicó en México (1958), con un famoso prólogo del poeta León Felipe, que reproduzco a continuación:

Carta a Ángela Figuera Aymerich
«Vuestros son el salmo y la canción»
Con estas palabras quiero arrepentirme y desdecirme, Ángela Figuera Aymerich, de cosas que uno ha dicho, de versos que uno ha escrito…
Porque yo fui el que dijo al hermano voraz y vengativo, cuando, aquel día, nosotros, los españoles del éxodo y del llanto, salimos al viento y al mar, arrojados de la casa paterna por el último postigo del huerto… Yo fui el que dijo:
Hermano… tuya es la hacienda…
la casa, el caballo y la pistola…
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo…
mas yo te dejo mudo… ¡mudo!…
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
Fue éste un triste reparto caprichoso que yo hice, entonces, dolorido, para consolarme. Ahora estoy avergonzado. Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción. Tal vez era lo único que no nos podíamos llevar: la canción, la canción de la tierra, la canción inalienable de la tierra. Y nosotros, los españoles del éxodo y del viento… ¡ya no teníamos tierra!
Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción.
Nuestro debió haber sido el salmo, el salmo del desierto, que vive sin tierra, bajo el llanto, y que sin garfios ni raíces se prende, se agarra, anhelante, de la luz y del viento.
Yo hablé también un día del salmo. «El salmo es mío», dije, «el salmo es una joya que les dimos en prenda los poetas a los sacerdotes… y ahora lo rescato, me lo llevo, me lo llevo del templo, me lo llevo en mi garganta rota y desesperada…» Y dije también: «El salmo fugitivo y vagabundo es el lenguaje justo del español del éxodo y del llanto…» Palabras, palabras nada más. Yo no me llevé el salmo tampoco. Nosotros no nos llevamos el salmo.
Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado, blasfemia sin sentido, palabras de un idiota llenas de estrépito y de furia que se perdieron como burbujas de hiel en el vacío… Y nos quedamos luego todos mudos… Los mudos fuimos nosotros… ¡Los desterrados y los mudos!
De este lado nadie dijo la palabra justa y vibrante. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas, de tanto caminar, de tanto llanto y de tanta justicia… no brotó el poeta.
Y ahora estamos aquí, del otro lado del mar, nosotros, los españoles del éxodo y del viento, asombrados y atónitos oyéndoos a vosotros cantar: con esperanza, con ira, sin miedos…
Esa voz… esas voces… Dámaso, Otero, Celaya, Hierro, Crémer, Nora, de Luis, Angela Figuera Aymerich… los que os quedasteis en la casa paterna, en la vieja heredad acorralada… Vuestros son el salmo y la canción.
México, D.F., junio de 1958.
León Felipe

El poema «Libertad» es un ejemplo de la mejor poesía social, comprometida hasta los tuétanos. Satiriza la represión, la férrea censura y la falta de libertad de la dictadura de Franco; pero, tras el tono mordaz, es patente el lamento por esa pérdida, la de la libertad, a la manera de la mejor tradición de la poesía romántica —por ejemplo, Byron o Espronceda.
La estrofa inicial, primera de las tres partes en que se estructura el poema, hace referencia a la victoria del bando nacional, el de Franco, en la Guerra Civil; destacan en ella los juegos irónicos y la ruptura de frases hechas como «cruz y raya» —religión y prohibición— o «borrón y cárcel nueva» por «…cuenta nueva». En la segunda parte, que abarca las cuatro estrofas siguientes, se expone, con un tono acre y corrosivo, la triste vida del español de entonces: expresión amordazada, movimientos de corto alcance, duras condiciones de trabajo y pacatas diversiones. Las dos últimas estrofas, de ritmo vertiginoso y con imágenes sorprendentes por su originalidad, son un «aviso para navegantes»: si el hombre encadenado piensa en la libertad, sueña con ella y la anhela, puede serle peligroso, porque existe el riesgo de que estalle, con violencia frenética, en rebelión y ruptura del orden establecido. Entonces, sería su final, y «…que Dios te ayude, hermano».
Desaparecidas en España aquellas duras condiciones políticas que impulsaron la voz airada de Figuera, el poema conserva, no obstante, plena actualidad por su valor lírico y cívico, de defensa de la libertad —en cualesquiera que sean las situaciones o las circunstancias— como la más alta prerrogativa del hombre, según los versos de Lope de Vega: «¡Oh libertad preciosa, / no comparada al oro / ni al bien mayor de la espaciosa tierra; / más rica y más gozosa / que el precioso tesoro / que el mar del sur entre su nácar cierra!» (La Arcadia, 1598); o aquellas palabras de don Quijote, tal vez las más hermosas que se hayan escrito, en cualquier lengua, sobre la libertad: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres» (El Quijote, II, cap. 58).

*Paz Díez Taboada fue profesora de literatura española.

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