“I hear the ancient footsteps like the motion of the sea/Escucho las ancestrales pisadas como la cadencia del mar// Sometimes I turn, there’s someone there, at times it’s only me/. A veces me vuelvo hay alguien ahí, otras veces solo soy yo” me vienen a la cabeza estos viejos y lúcidos versos de Bob Dylan tras dejar la lectura de “Antología de Soledades” y es que Vila no ha hecho otra cosa en este libro voluntariamente heterogéneo y vagabundo que seguir pasos y rastros, dar hilos a cometas e inflar globos rojos para dejarlos flotar, hasta donde lleguen, hasta donde alcancen.

Y no, claro que la distancia no es el olvido y a lo largo y ancho de las miradas que confluyen en “Antología de Soledades” se amontonan recuerdos y sonidos, reproches (los menos) y perdones (los más) mientras Vila no rehúye enfrentarse a los pasados y presentes; a expectativas y derrotas; a lejanías y desmemorias; a prejuicios y perjuicios.

Este es un libro valiente y honrado de un hombre que abre los brazos y abre las palmas, de un hombre que no se llama a engaño y que, sin embargo, sigue perplejo y curioso intentando entender lo que ocurre a su alrededor.

Un alrededor que supura ruido y que respira furia, un alrededor de aturdimiento y soma, un alrededor de huida hacia delante, de huida hacia la nada, de huida por inercia.

Y mientras, este sabio chinche, compasivo y preclaro en que ha tenido la fortuna y el capricho de convertirse Vila no deja de poner en palabras todos los pasos que resuenan —equívocos, leves y descalzos— a su alrededor. 

Unos pasos que bien pudieran (quizás algún día lo sean) ser tan míos como tuyos y, desde luego lo son de José Miguel Vila, su eco, su serenidad, su aplomo es inconfundible.

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