Libros/Cine: «Carta de una desconocida» de Stefan Zweig/Max Ophüls

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En los últimos años, la exquisita editorial Acantilado ha iniciado, con buen criterio y excelente tino, la recuperación de la obra del escritor austriaco Stefan Zweig (1881–1942) cuyo nombre bien poco dirá a los lectores de hoy en día pero cuya literatura fue un éxito —tanto popular como de crítica— en la afligida Europa de la posguerra.


Stefan Zweig escribió biografías, libros de viaje  y novelas que reelaboraron, sublimaron y, tal vez, explicaron y entendieron, entre añoranzas y certezas, la Europa de siempre, clásica, educada, burguesa y elegante a la que pertenecía desde su nacimiento la sociedad anterior al advenimiento de las dos guerras mundiales que desfiguraron y, a la postre, aniquilaron el mundo de ayer que pervivía del siglo XIX.

Cabe destacar, entre su producción novelística, la célebre Carta a una desconocida, novela publicada en 1927 que fue, durante décadas, lectura casi obligada de todo aquel lector o lectora que se preciara de culto, sensato o, sencillamente, sensible.

En particular, en esta España mía, esta España nuestra, la breve novela (apenas 100 páginas) gozó de una extraordinaria aceptación, espoleada, tal vez, por el descomunal éxito de la película homónima de 1948 dirigida por Max Ophüls (1902–1957), un elegantísimo director que favorecía puestas en escena lujosas y abarrocadas y una depurada, estudiada e inefable iluminación, en glorioso blanco y negro. 

Todo se ensalzaban con movimientos de cámara alambicados que buscaban (y encontraban) planos largos y escorzos elaborados para resaltar un romanticismo desaforado. La fórmula Ophüls fue, durante unos años inevitablemente, invencible. Cine selecto. O al menos, así se consideraba en la, afortunadamente, ya lejana posguerra.

Al éxito de la película ayudaron, y no poco, las interpretaciones de la pareja protagonista; tanto la suspirante, llorosa y atribulada de la gran Joan Fontaine (quien repetía su papel de virtuosa y atormentada dama que moldeó en la inmortal Rebeca de Alfred Hitchcock) como la de Louis Jourdan, galán tan estólido y sieso como bien plantado (que también fue hitchcockiano en El proceso Paradine.

Ambas actuaciones otorgaron a la cinta un sesgo romanticón, razonablemente cursi y suficientemente afectado que, combinados con un guion (ardientemente, como correspondía a la época, moralista) consiguieron un éxito desmesurado y justo pues es justo reconocer que la película es un melodrama válidamente logrado, a la medida de la época.

Si bien en nada tenía que ver la película con la novela, ésta se benefició del éxito de aquella y, por la pereza  o desidia de algún censor desganado, se publicó , sin traba alguna, en el muy vigilado y apático mercado editorial  de la gris, triste y ¡ojalá! irrepetible España de los años 50 del pasado siglo.    

Se sorprenderá el lector que se acerque a esta novela sin anteojeras. 

Salvo un breve prologo y epilogo en los que se muestra al receptor de la epístola (un escritor de éxito ya maduro) toda la novela consiste en una larga carta en la que una mujer, de quien no se dice el nombre, explica (y se explica) su pasión irracional y desmedida por un hombre, a quien tampoco se nombra. 

Además, Zweig evita, intencionadamente, dar un marco temporal o geográfico a la historia para ofrecer, con todo propósito y acertadamente, una narración fuera de tiempo o lugar.

Esta extraordinaria novela comienza, demoledoramente, así: «A ti, que nunca me has conocido. Mi hijo murió ayer». A partir de entonces, el lector asistirá absorto a la lectura de una confesión , inquietante y perturbadora, de pasión de la mujer del título por su vecino un escritor de éxito que la ignora, o simplemente, no repara en ella.

Con una, inverosímilmente, creíble penetración psicológica, Zweig va desarrollando los pensamientos, reflexiones y cavilaciones con los que la mujer anónima justifica, o tal vez no, las «razones» (si es que estas existen, en su caso, o pueden, tal vez, desenterrarse a la luz) de la pasión desordenada que dio una razón de ser (tal vez malsana) a su existencia.

No deja de ser curioso que esta novela se interpretó y asumió como un ejemplo de la abnegación sin límites del amor femenino. Sin embargo, una lectura más cuidadosa, una lectura sin prejuicios revelan, por una parte, un personaje femenino que decide por si misma (aunque esa decisión le aboque a una pasión enfermiza); una mujer que asume sus decisiones y las lleva  a cabo sin parar mientes en trabas sociales, barreras de clase o prejuicios morales; por otra parte, el lector, que desconoce todo del personaje masculino (salvo su mitificación insana por la autora de la carta) asiste, deslumbrado, inquieto y desasosegado a la narración de una obsesión llevada hasta sus últimos extremos.

Sólo un talento literario de primer orden, como el (hasta ahora) injustamente postergado Stefan Zweig, puede crear con veracidad y certeza volcadas en el matiz, detalle y lógica narrativa, un retrato tan conmovedor como  turbador de una mujer real y verosímil como si estuviera hecha de carne y hueso y no de palabras, tinta y papel.

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