Libros: (Rei)vindicación de Ramón Gómez de la Serna

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Ya descontados dos diezmos del siglo XXI, sigue siendo insólita la capa de silencio e indiferencia con la que, en la literatura española, se arropa a la figura y la obra de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963).



Autor de una obra tan ingente (más de 20.000 páginas) como inagotable (salvo la poesía, abarca, todos los géneros, e incluso crea alguno nuevo: el «ramonismo», claro), su lugar en la historia de la literatura no ya española, sino universal, ocupa, apenas, algunos párrafos bienintencionados en los manuales escolares dada la predilección de catedráticos y estudiosos (que son, en última instancia, quienes escriben la historia) por considerar una categoría superior la literatura social, adusta en la formas, concienciada y realista.

Justo es reconocer que se hace difícil definir la literatura de Ramón Gómez de la Serna (o, mejor, Ramón a secas, pues así le gustaba llamarse y que le llamaran). Es literatura que tiene tanto de juego como de abstracción; tanto de inconsecuencia como de irrealidad; tanto de imaginación disparada como de alud de contradicción; tanto de falta de control como de ausencia de límites. 

Es autor que no conoce puntos medios o se le ama o se le rechaza, en los dos casos, a la primera, en ambos, de por vida.

Ramón, a principios del siglo XX, se encuentra con una literatura (no, perdón: con una sociedad) pasmosamente calcada a esta de principios del siglo XXI: abarrotada de previsibilidad, ahíta, rutinaria y embargada de convención. Una sociedad donde cada cosa tiene su precio, a cada acción se le anuda una (siempre, claro, la misma) reacción; cada objeto tiene un exclusivo sabor, color, sabor y hedor; cada oveja una pareja; cada mochuelo su olivo, cada haz su envés y, sobre todo, cada pre- su establecido.

Y va Ramón y dinamita todo lo anterior, creando una literatura inaudita que ofrece una mirada que fulmina todo lo anterior; una obra que, por ejemplo, recrea en «El Rastro» el legendario mercadillo (o quizás mercadazo) madrileño, como un lugar de extrañezas y fascinación; o, en «El Circo», reinventa el melancólico espectáculo como una cabalgata de ensoñaciones de fascinaciones; o, en «Senos», imagina un erotismo sutil y poético y, todo ello, enhebrado con greguerías.

Las greguerías son, quizás, la mayor (y, en cualquier caso, eterna) aportación de Ramón a la literatura. Tan difíciles de definir como el duende o la morriña o la saudade. Ahora mismo, según escribo, para en mis mientes la repuesta del gran jazzista Louis Armstrong cuando le solicitaron que definiera el swing:«Si necesitas una explicación, mal vamos». Y tenía (tiene, porque es inmortal) más razón que un santo.

Aun así, para intentar situar al lector, y a falta de mejor criterio no está de más acudir al de la Real Academia de la Lengua —al fin y al cabo, es quien se ocupa de estos menesteres de fijar, limpiar y dar esplendor— que, dice en la entrada correspondiente del diccionario*: «Agudeza, imagen en prosa que presenta una visión sorprendente y a veces humorística de la realidad, y que fue creada y así denominada hacia 1912 por el escritor Ramón Gómez de la Serna».

Bueno, pues, más o menos, por ahí va la cosa. No seré yo quien ponga en solfa el criterio de tan docta institución …pero, hum, tampoco es exacto del todo. A ver si me explico. Dijo el propio Ramón (quien dedicó una ingente —y maravillosa— cantidad de páginas a explicar las greguerías… sin conseguirlo) que una greguería es «metáfora + humorismo». Bueno, pues, más o menos, por ahí va la cosa, pero tampoco.

También dijo que la greguería es «El atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos». Hum, no está mal; pero es decirlo todo para no decir nada. Propio de Ramón.

Sin embargo, escarbando, encuentro en un prólogo a una de las ediciones de sus libros esta —muy reveladora— narración del origen de las greguerías:

«La cosa sucedió en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid.

Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme.

Sobre mi mesa, las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren el pico los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré.

Por fin, en una última llamada del balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre el cielo y la tierra, encontré la invención de la greguería.

Sí… Yo quería decir, yo había pensado… recordando el Arno en Florencia… frente a aquella pensión en que habité… que… que la orilla de allá… Sí, la orilla de allá quería estar a la orilla de acá… Eso, ese deseo inaudito pero real… Esa perturbación de la estabilidad de las orillas, ¿qué era….? Era… «una greguería». Así me salió del bombo central «esa» palabra que no sabía lo que significaba y fui al diccionario para ver lo que era…»
 
Hum, sí; de acuerdo, pero tampoco.

Vuelvo a buscar ¿Dónde mejor que a Ramón? Para espigar un texto que narra cómo nace una greguería:

«Voy a explicar como nació una, hija de un domingo invernal. Fue el paseo por los soportales marginales de la ciudad. De las porterías frías habían salido los porteros y las porteras para tomar el sol de la parte de fuera de la columnata y habían sacado sus pájaros, sus perritos enlegañados, conversando con esas gentes que parece que están esperando un ómnibus, pero después resulta que solo están tomando también el sol.

Pero ¿qué de particular podía decir yo de ellos que no fuese la descripción consabida? ¡Ah sí! Algo que una ley mínima pero exacta y que apunté en mi cuadernillo: “En las porterías nacen las sillas enanas”. Ese detalle pintaba como nada el raquitismo de la sombra porteril y su deseo de sentarse en bajo para más comodidad teniendo una silla fácil de sacar y meter».

Es quizás esta extraordinaria reflexión de Ramón sobre las greguería la que puede rendir más cuentas sobre ellas, sobre como enlaza con aparente banalidad esas dos imágenes: la de una portería (recuérdese que estamos a principios del siglo pasado) oscuro y miserable y, la imagen de las sillas enanas, con lo que arrastran de acatamiento y humildad y, tal vez, resignación.

Las greguerías vertebran toda la obra ramoniana y convierten (o subvierten) toda su literatura en otra cosa; da igual que se trate de novelas, ensayos, teatro, cuento, etcétera, pues todos los géneros frecuentó para convertirlos, ya se ha dicho, en ramonismo.

Durante toda su vida Gómez de la Serna fue solo Ramón. En las décadas de los años 20 y 30, un escritor popular, numerero y llamativo que, de alguna manera, inventó la figura del escritor mediático: aparecía vestido de torero para dar conferencias sobre el arte de Cúchares; dio charlas sobre el circo a lomos de un elefante; ofició una llamativa y extravagante tertulia de intelectuales en el legendario Café Pombo, fue, en suma, un personaje reconocido y reconocible —tanto en España como en el extranjero— y popular. Creía, tal vez iluso e iluminado que conseguiría cambiar el mundo propagando una sensibilidad, una mirada diferente, ilusionada y utópica que recrease la realidad en greguerías.

Como a tantos (a todos) los españoles, la Guerra Civil lo descabalgó de sus sueños. 

Incapaz de comprender causas, orígenes o porqués de la enorme atrocidad se autoexilió tempranamente (en agosto de 1936) a Argentina sin entender o aceptar a ninguno de los dos bandos (postura que mantuvo durante toda su vida). Aquejado de obstinada independencia renunció a toda adscripción a bando, mesnada o ideología; repudió etiquetas o letreros y, ay, aún hoy, en España esta actitud es crimen de lesa majestad y se paga recibiendo silencio, indiferencia o desdén de uno de los bandos. Sí, sigue siendo cierta la certeza de Machado, «una de las dos Españas ha de helarte el corazón». A Ramón se lo helaron las dos.

Así, voluntariamente exiliado, rehízo su vida en Argentina. Junto a su mujer, Luisa Sofovich, aprendió a empezar de nuevo, con humilde dignidad atendió todas las peticiones de artículos y greguerías para la prensa con la profesionalidad y oficio de un principiante en las Letras. Mientras, la soledad y la psicosis que acarrearon el ninguneo, le hicieron crear una serie de obras que escarbaban en sus heridas, que rebuscaban en su yo secreto, que buscaban entender y entenderse. 

Obras escritas con una prosa abstracta y surrealista; una prosa lejana y desesperada, acribillada de lamento, desolación y congoja. Lejos de Madrid, lejos de su realidad, lejos de sí mismo, los títulos de esa serie de obras, que Ramón agrupó bajo el definitivo de Escritos del desconsuelo, son más que reveladores: El Hombre Perdido, Automoribundia, El hombre de alambre, Cartas a las golondrinas y Cartas a mí mismo.

Y nada hacen por ocultan su exasperada vida psíquica y emocional, lo que no quita para que, de alguna manera, estos libros que no rinden cuentas a nadie sean lo mejor de su producción.

No se rindió. No dejó que pasase solo un día sin dedicar su noche a llenar folio tras folio con tinta roja hasta que una noche de enero de 1963, le arrancaron, para siempre, la pluma de la mano.



*Sí, el término «greguerías» ha tenido el honor de pasar a formar parte del patrimonio lingüístico común, algo que, dicho sea de paso, algunos radicales esperamos que, a no mucho tardar, ocurra con el adjetivo «berlanguiano».

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