Cumplir años antes era una opción respetable: sabiduría, compromiso y amor de los demás. Hoy en España las personas mayores, los mayores, «nuestros mayores», como dicen los que no se hacen cargo de nadie, sufren mucho, precisamente por haber llegado a viejos.

Los problemas derivados de la jubilación temprana, los escasos sueldos que han dado lugar a pensiones miserables; la desigualdad social; la gentrificación; el desorbitado precio de los alquileres; el abandono de la familia; la enfermedad crónica; el desarraigo; la pérdida de su hogar; la España vaciada; la muerte de sus iguales; la inflación; la falta de recursos, etcétera, los sumergen en un sinvivir donde cada mañana recuerdan la posguerra, acaso la guerra, historias de los abuelos Cebolleta, que no son tantos, porque hoy la cosa está casi peor; y de Cebolleta nada, tan verdad como la vida misma.

Irse al pueblo era una alternativa, pero hoy se dispersan por otros lugares abandonados, porque en el pueblo ni siquiera hay farmacia; tampoco niños, porque no hay escuela, a veces va un médico y ni siquiera disponen de una tienda miserable en donde comprar algo a cojón de mico, aunque quizá sí permanecen los recuerdos; evocar al padre o a la madre y recordar eso de que: «cualquiera tiempo pasado fue mejor».

Estos mayores viven entre cuatro paredes esperando a que amanezca —porque todos los días sale el sol— y aguardan a las novedades que los mantienen vivos; otras que los llevan a comprobar que los nietos crecen; los hijos tienen problemas también complejos, porque están en la cuerda floja con sesenta años —y en su posguerra, porque también viven ésta—, sobreviven con una inflación imposible, con dos duros; de los de antes, y sin esperanza alguna porque ni siquiera tienen nietos. Casi, casi, como ellos.

Mientras todo eso sucede, ven cómo los niños se denominan ahora niñas y niñes; ven leyes aprobadas sin sentido y comprueban lo insólito si hablamos de cordura. Y en esa sinrazón aprenden a enviar un guasap, ven a los nietos a través de una cámara y van al médico con una apepé porque si no, «la señorita no coge el teléfono ni borracha …oye».

Y con todo eso, son llamados viejos, «¡quite, viejo!»

Hablamos de injusticia, de injusticias, si contamos una a una todas las que sufren hasta a veces dos décadas y pico, si la cosa va bien. Personas que han perdido todo: su salud, su hogar, su trabajo y su familia. Personas invisibles, porque en la enfermedad han pasado a ser parte del número de la dependencia y entretanto se manejan con una discapacidad y son los grandes olvidados. Hablamos de nuestros padres, no nos vayamos muy lejos; esos, los de la Tercera Edad.

España está llena de personas viejas, los viejos de toda la vida que ahora los llamamos personas mientras miramos para otro lado —porque ahora hay que ser cool e imbécil— y les hablamos en inglés también para que no entiendan ni papa. Un país en donde la balanza se cae hacia el lado de la vejez, porque aquí ya no nacen niños. «España es un país de viejos», decía el título de una película, en fin. No sé si ponerme «Llegar a viejo» de Serrat en mi esmarfon o quizá les diga a los ancianos que conozco que hagan cojausin si se quedan sin vivienda, porque compartir piso no es tonting topic, oye…

En aquellos años, en los ochenta, cuando él lo cantaba en Las Ventas, todos lo veíamos muy lejos; quizá nunca pensamos que llegaríamos a viejos. Gracias, abuelos, por tan inmensa sabiduría y por aguantar tanta mamandurria.

Porque vaya tela… «Si se llegara entrenado y con ánimos suficientes», dice la canción.

Llegar a viejo

Si se llevasen el miedo
Y nos dejasen lo bailado
Para enfrentar el presente
Si se llegase entrenado
Y con ánimos suficientes

Y después de darlo todo
En justa correspondencia
Todo estuviese pagado
Y el carné de jubilado
Abriese todas las puertas

Quizá llegar a viejo
Sería más llevadero
Más confortable
Más duradero

Si el ayer no se olvidase tan aprisa
Si tuviesen más cuidado en dónde pisan

Si se viviese entre amigos
Que, al menos, de vez en cuando se
Pasasen una pelota
Si el cansancio y la derrota
No supiesen tan amargo

Si fuesen poniendo luces
En el camino, a medida
Que el corazón se acobarda
Y los ángeles de la guarda
Diesen señales de vida

Quizá llegar a viejo
Sería más razonable
Más apacible
Más transitable

Ay, si la veteranía fuese un grado
Si no se llegase huérfano a ese trago

Si tuviese más ventajas
Y menos inconvenientes
Si el alma se apasionase
El cuerpo se alborotase
Y las piernas respondiesen

Y del pedazo de cielo
Reservado, para cuando
Toca entregar el equipo
Repartiesen anticipos
A los más necesitados

Quizá llegar a viejo
Sería todo un progreso
Un buen remate
Un final con beso

En lugar de arrinconarlos en la historia
Convertidos en fantasmas con memoria

Si no estuviese tan oscuro
A la vuelta de la esquina
O simplemente, si todos
Entendiésemos que todos
Llevamos un viejo encima

Joan Manuel Serrat

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