Lo que aprendí cuando te fuiste

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Imagen @pixabay

Stella Sánchez* para Prensa Social.

Hablar del duelo y de pérdidas de nuestros seres queridos no es fácil, menos cuando lo hacemos desde una mirada de optimismo, realidad, aceptación, sin hipocresía y rompiendo las ideas con las que hemos sido educados, como así es mi caso.

Quiero compartir mi historia, después de vivir 46 años al lado de un gran maestro de vida, un ser maravilloso, libre pensador, filósofo, justo y con un sentido del humor desbordado queconectaba con el corazón de las personas que lo rodeaban. Mi marido murió hace pocos días.

Con él aprendí a vivir en pareja y el valor del respeto mutuo. Juntos construimos una relación amorosa  sin sometimientos. Destaco de él su irreverencia, que fue puliendo con paciencia como maestro de filosofía, despertando en los jóvenes el cariño por el conocimiento, preocupado siempre porque ellos tuvieran las herramientas para cuestionarse y entender que eran participantes activos del mundo y las transformaciones sociales pendientes en nuestro amado país, Colombia.

La experiencia al final de su vida, su enfermedad, la vivimos intensamente en familia, paso a paso, casi como aprendiendo a caminar, entendiendo lo finita y misteriosa que es la experiencia humana.

A través de estas palabras, quiero también dar un reconocimiento a las personas cuidadoras.  Y a su papel silencioso, solitario, y muchas veces ingrato. Después de muchos años de experiencia con viejos y viejas, acompañándoles, nunca pensé que yo iba a estar en sus zapatos, y si cuando trabajaba con ellos los admiraba, cuando fue mi turno por azares del destino, pude entender lo exigente que es, y más cuando el cuidador es familiar del paciente. Ya que es un acto de amor profundo, desinteresado y que conlleva para el cuidador un desgaste emocional y físico que solo los que lo viven lo saben.

Es un encuentro cara a cara con la paciencia, la empatía, el desapego, compasión y la humildad. Al final descubres que lo importante en la vida son las personas, la salud y lo que dimos, ya que eso es lo que recogemos.

Recojo una frase sencilla y confrontante que escuché: “el amor no alcanza en el cuidado”.  Esas palabras me enseñaron, en medio de rol como cuidadora, que para poder ayudar fraterna y dignamente a la persona que está a nuestro cuidado, hay que buscar ayuda, asesorarse, generar espacios de comunicación con el entorno familiar para que todos se involucren -y el que no aporte, se aparte-, buscar información y formación para ser un buen cuidador y si se pudiera, contratar los servicios profesionales de enfermería, fisioterapia o auxiliar de geriatría, para así dignificar tanto las condiciones del paciente, como del que está a su lado.

Por último, aprendí a soltar, aceptar miedos y apegos, y entender que cuando llega el final de una persona debemos acompañarla amorosamente a trascender y no alargar la vida sin calidad. Aprendí que la muerte digna es un acto de amor.

Hoy, quiero ser fuerte, sentir y sanar, mirando a los ojos al duelo y abrazándolo. Agradeciendo enfrentando con amor la vida con todos los desafíos que pueden llegar. Hoy cierro esta etapa de mi vida con gratitud, alegría, reconociendo mi fuerza y también mis debilidades, vuelvo y digo, abrazándolo todo, abrazándome entera.

De la mano de mi familia, mis hijos y mis amigos entrañables… continúo. Eso aprendí …y como decías alegremente cuando los tiempos no eran los mejores «Arriba los corazones, siempre adelante… aquí y ahora honrando la vida».

De él me quedo todo, también su irreverencia. La que me permite disfrutar de esta pérdida y decirlo publicamente.

A la memoria de Francisco Peña.

*Stella Sánchez, socióloga, orientadora familiar, consultora en temas de personas mayores. Bogotá (Colombia), 5 de noviembre de 2021.

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