La orfandad nos deja en la calle privados de ese lugar al que siempre, indefectiblemente —así pasen los años—, podemos volver. Ese lugar es el regazo de la madre, de su madre. Madres coraje dicen los que no conocen la trayectoria de otras anónimas que nadie reconocería pero que están ahí, esas que hacen lo que esté en su mano; siempre un poco más. Porque una madre siempre hace algo más.

Esas madres se levantan cada noche para ver si el bebé está vivo; otras, esperan años hasta que la cría regresa si ha salido y otras dejan la puerta abierta porque saben que algún día volverá. Y en el difícil oficio de hacerlo bien se equivocan, siempre, y torpemente van aprendiendo cada año. Y llega un día que cuando todo está en su lugar, alguna vez descansan. Pero una madre es una madre con veinte y con noventa, siempre al cuidado de sus hijos, siempre alerta, siempre ahí.

El más bello recuerdo que tienen las madres sin duda, es la crianza de sus hijos y en esa labor enlazan una experiencia con otra; acaso más bonita que la anterior. Cuando un hijo enferma, tiene un problema o no sabe resolverlo, la madre se quiebra en dos pero busca la solución, deja ese lugar intacto por si es requerida de nuevo y ayuda, siempre ayuda aunque solo sea con su presencia.

«Cuando seas padre, comerás dos huevos», dice el refrán español, los que no han experimentado eso no saben dónde empieza el amor y dónde acaba la generosidad. Hay alguna perra que otra que mata a su hijo o no lo quiere ver, pero esas no cuentan. Si tienen viva a su madre, aunque no vea, no oiga y no pueda moverse, recuerde que en sus errores y en su fragilidad sigue siendo la mujer que le trajo al mundo y le enseñó lo que sabe como pudo, sin recursos o con ellos, sin saber siquiera lo que estaba haciendo, pero gracias a ella, usted es quien es. Perdone sus errores y sonría porque puede verla cada día. Y algún día no volverá a estar. Ese vacío jamás se llena y es la huella que vive en usted, la de su querida madre.

Cuando tu madre se va sientes el dolor de la orfandad porque nadie podría sustituirla y en esa desazón empieza la vida de verdad; la de ir descalzo sin asideros y sin esa mano que siempre perdona, quiere, da y está. A todas las Amatxus, a todas las mamás, que Dios os guarde muchos años.

Feliz día, mamá; feliz día a todas las madres.

Madre, llévame a la cama.

Madre, llévame a la cama.

Madre, llévame a la cama,

que no me tengo de pie.

Ven, hijo, Dios te bendiga

y no te dejes caer.

No te vayas de mi lado,

cántame el cantar aquél.

Me lo cantaba mi madre;

de mocita lo olvidé,

cuando te apreté a mis pechos

contigo lo recordé.

¿Qué dice el cantar, mi madre,

qué dice el cantar aquél?

No dice, hijo mío, reza,

reza palabras de miel;

reza palabras de ensueño 

que nada dicen sin él.

¿Estás aquí, madre mía?

porque no te logro ver…

Estoy aquí, con tu sueño;

duerme, hijo mío, con fe.

Miguel de Unamuno

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