Ni la afonía, ni la edad, ni no haber llenado el Metropolitano —conocido por Wanda por los que buscaban con afán la puerta de entrada al paraíso del rock—, sirvieron para que Madrid se rindiera en una noche primaveral ante el veterano músico norteamericano en un concierto que agranda —si cabe—, la leyenda de un hombre que nació para correr y no lo ha dejado de hacer aún a sus 74 años. Muñequera negra en ristre, pendiente y camisa blanca con chaleco negro como antaño, Bruce Springsteen no dejó indiferente a los más de 45.000 asistentes de todas las edades.

Los guiños a la vida, al desaire de cuanto nos sucede que nos condiciona y a ese dolor que nos trasladó al ser el único superviviente de aquellos que comenzaron con él, sirvió para que covers de Patti Smith o los mismísmos Beatles pusieran en pie a todos los asistentes entre arpegios de juventud y melancolía. En las casi tres horas de duración, el viejo rockero hizo de ese encuentro con nosotros, una fiesta llena de humanidad, de sencillos y espontáneos abrazos a niños y espectadores que fieles a «su jefe» bailaron al son que tocaba.

 Born in the USA —que ya cumple 40 años—; No Surrender; Dancing in the Dark; My Hometown o Darlington County; Hungry HeartThe RiverBecause the NightThunder Road entre otras llenaron de nostalgia y expectación a los asistentes. Steven van Zandt al unísono del jefe; Jake Clemons al saxo,

Su apreciada E Street Band no le dejó respirar tampoco al respetable y enarbolaba un recuerdo tras otro; un acorde sumado al siguiente sin dejar respirar al jefe, entre esa iluminación que pasaba de intimista a ser una explosión de luz y color.

El recuerdo a su pasado, a la clase obrera, a los que ya no están pero hicieron posible que él siguiera, y a su amigo del alma ya muerto dejó un poso de belleza en un escenario nacido para el rock y el soul. Acaso una amistad intacta, la de su amigo del alma, a quien despidió al finalizar el concierto lejos del vis que todos esperaban y al que recuerda siempre, nos confirmó. Un canto a la vida y a lo que nos queda por vivir; una rendición ante los que le ayudaron desde aquel año 65 cuando con 15 años se subió a un escenario con nada y menos. Mirar atrás sin dejar de mirar hacia adelante; ¡qué grande!.

Una luz blanca intensa enmarcaba la mirada del septuagenario bajo el haz cenital mientras subía y bajaba las escaleras para saludar a sus incondicionales con la sencillez de uno que no tuvo y sabe lo que supone estar ahí. Al entonar «Madrid», sus seguidores no pudieron dejar de responderle una y otra vez.

Arrancó con un «hola, Madrid; ¿estáis preparados? Sinceramente, yo creo que no; ninguno estábamos preparados para tenerle tan cerca, tan a mano, tan humano, tan Bruce. Sigue siendo El Jefe, bajo la bandera de su nación precisamente puesta y la nuestra —esa que tantos problemas nos causa— junto a las luces rojas y gualdas haciendo gala de una exquisito guiño a lo español, cuando sacó su armónica para recordarnos que cualquier tiempo pasado fue necesariamente, mejor, o no.

Me quedo con la frase que nos hizo tambalearnos entre tanta belleza, tanta nostalgia y tanta fuerza; «la muerte proporciona claridad mental, es el precio por amar bien, amad bien».

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