Salomé Martín para Prensa Social

Tengo casi 59 años y me acabo de dar cuenta que soy generación silver o sénior. Hasta ahora no lo había pensado, inocente de mí, porque seguía viviendo con ilusión, haciendo planes, aprendiendo, disfrutando, y de repente, he leído que pertenezco a un segmento social emergente y que este tema es toda una revolución.

Como soy muy inquieta, decidí investigar un poco sobre estas cosas y descubrí abundantes estudios sobre lo que nos gusta y nos preocupa a los mayores de 55 años: blogs con consejos, páginas web, influencers, grupos de interés y montones de recursos diseñados para los séniors.

La verdad es que no me había sentido silver, ni mayor, ni nada especial hasta que leí del tema y quizá, coincidiendo con la cara de una compañera más joven, que decidiendo hacer gala de lo que ahora se llama edadismo, me miró con una expresión de:

«esta señora está pasada y no tiene nada que aportar».

Lo cierto, es que me echo un vistazo en el espejo y no me veo silver, me veo más arrugas que hace una década, menos firmeza, algunas molestias articulares que antes no tenía, más serenidad, ningún interés por agradar a los demás a la fuerza, y metas, intereses y ganas como siempre, porque no las he modificado ni un poco.

Me aburre escuchar que me mantengo estupenda, que parece mentira la edad que tengo, que me conservo muy bien, puedo asegurar que he vivido cada uno de los minutos de mi vida y no estoy dispuesta a renunciar a ninguno, por aparentar menos edad.

Si esto es ser sénior, pues lo soy, y si a este edad es preciso reivindicar mi papel en la sociedad, o hacer una revolución, pues me apunto, aunque no quiero ponerle nombre, ni pelear por un hueco, quiero demostrarlo con mi vida, disfrutando de ella exactamente igual que con 40, eligiendo lo que visto, como, o pienso cada día, eso sí, con la sabiduría que dan los años, con la serenidad  que aporta la experiencia, sin tener que demostrar y visibilizar  que una mujer es igual de bella y de atractiva sin tacones, que por cierto no uso desde hace muchos años, o con arrugas y muy poco maquillaje y con o sin canas. 

Yo no quiero demostrar nada, no necesito que me encasillen en estudios que con una muestra de 200 personas, intentan englobar la diversidad de 15 millones, quiero vivir esta etapa como un continuo y tranquilamente. Estoy dispuesta a aprender y utilizar la tecnología que me interese, no todo lo que existe, solo porque no me vean obsoleta, no estoy obligada a aprender palabras en inglés, para que no me tachen de anticuada, no necesito demostrar que aunque sea madura, tengo un alto valor en el mercado laboral o que con casi 58 puedo enamorarme. 

Si es preciso luchar para expresar que existimos y que somos, es que la sociedad es ciega y sorda y si el interés actual que se está levantando a marchas forzadas, es exclusivamente porque somos un segmento de mercado que tiene capacidad de consumo, me parece todavía más triste.

No quiero que la llamada revolución de los séniors, sea una lucha por demostrar que nos mantenemos jóvenes y que somos capaces de lo mismo que hace 20 años, esto no es una carrera ni una competición, porque no hay nada que demostrar, sencillamente es.

Salomé Martín García

Directora Desarrollo Técnico EULEN Sociosanitarios

Presidenta del Comité de Ética EULEN

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