«Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra
De tu santa siesta, ahora te despiertan versos de poetas
¿Dónde están tus ojos?, ¿dónde están tus manos? ¿dónde tu cabeza?

Mi querida España, esta España mía
Esta España nuestra, ay, ay
Mi querida España, esta España mía
Esta España nuestra»

Leo estupefacta —aunque ya nada me asombra—, cómo la concentración pacífica de las personas que no cumplen pocos años, fue un éxito de tacatacas, naftalina y sintrom. Y es que en esta era cuando lo que pita es ser joven así pasen los años, con la insultante juventud algunos y en una provecta madurez otros, describen con soberbia el edadismo de la mejor forma posible: la del desprecio por el mayor.

Las personas mayores, «nuestros mayores», como los tildan los políticos progresistas de pacotilla de un lado y de otro, son indefectiblemente los que lograron sacar adelante este país en ruinas tras la contienda civil. Esos mismos que son nuestros padres, de los llamados boomers, son insultados cuando van al banco porque no tienen un «esmartfon» o se les tilda de inútiles si no saben cambiar de canal. Esos que son maltratados a diario aguardan impasibles los días que les quedan y en el mejor de los casos, se quedan en su hogar esperando a ser cuidados. Porque lo cierto es que acaban aparcados en una residencia (porque están muy bien nos decimos constantemente) y cierto es que no los visita ni la madre que los parió. Esos mueren solos, abandonados, perdidos en una sala entre desconocidos. No hay peor soledad que la de sentirnos despreciados estando rodeados de gente.

Y ahora, en un día como hoy, los del tacataca que van como pueden a la compra imposible porque con su mísera pensión pasan hambre; también deciden acudir a una manifestación por España porque no saben qué sucede pero no les llega. Esos, a los que con repetidas faltas de respeto empujamos con un patinete, nos llevamos por delante si van en silla de ruedas o resultan invisibles en la era del narcisismo, son nuestros padres y abuelos. Esos también se mueren de frío porque no pueden pagar la calefacción y se iluminan con una bombilla porque la luz está cara; esos, son nuestros padres y abuelos. Esos que sacan adelante a sus nietos si hay que arrimar el hombro o a sus propios hijos si la cosa viene mal dada. Porque los padres son padres siempre aunque ya no sirvan de nada para muchos.

La reunión tuvo lugar en una mañana fría y soleada de la capital de España, la de los yayos, los del tacataca, la de los viejos del lugar que escucharon a Cecilia, a Jarcha o a Manolo Escobar y entre sevillanas y banderas de la nación, muchos solo fueron por dignidad. Pero esto —que nada tuvo que ver con una manifestación—, resultó un insulto para los que hoy tienen 45, porque aun estando en lo mejor de lo que les queda, se permiten insultarlos y dicen: «la caspa franquista, una panda de viejos nostálgicos», leo.

Y estos mismos, que nunca ven la falta de accesibilidad en las calles y lugares; estos que no respetan a las personas con una discapacidad; estos, que ignoran a los dependientes que yacen en una cama esperando a ser sacados por un asistente social del sistema este del bienestar, hoy se permiten insultar la dignidad de las personas que no están de acuerdo con las políticas del actual presidente del Gobierno y son ninguneados, vejados y asilados porque son «putos viejos» como he llegado a leer.

A esos putos viejos no les llegáis ninguno ni a la suela del zapato porque aunque agiten la bandera de España, se emocionen cuando escuchen el himno de la nación o silben al Madrí, les debemos un respeto. Ayer llegaron, vieron y vencieron porque en su fragilidad está la consecuencia de saber que siempre deben hacer algo más por España, gobierne Sánchez o la Nancy de Jesmar. El sentido del deber y su amor por la patria es indudable.

Y van adonde sea menester, y fueron, todos con bastón, peinando canas y con la dignidad de ser mayores.


El edadismo está más cerca que nunca y permanece en nuestro modus operandi, ¿y saben lo que sucede? que nosotros vamos detrás. En breve seremos «putos viejos» y no nos querrá nadie y veremos en carne propia lo que es no ver, no oír, no poder deambular, sentirnos inermes, frágiles y sobre todo vulnerables y entonces, nos acordaremos que en un frío mes de enero, llamamos «putos viejos» con andador a unas personas que dieron su vida por España años atrás.

Se ha quedado un país precioso pero como decía ese título de una película: esto es ya un país de viejos. Nos guste o no somos todos mayores aunque aún no le pertenezcamos a nadie y de momento no digan «nuestros». Sigan insultando, es edadismo, es gratis y tienen todavía munición y presas. Porque viejos hay para parar un tren.

Arrieros somos y en el camino nos encontraremos, dice un refrán español.

https://www.youtube.com/watch?v=W902pJXRFeE

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí