*Miguel Díez R. para Prensa Social.

Aunque existen numerosas versiones distintas y más largas, la siguiente canción (que consigue transmitir una profunda sensación de melancolía) aparece en algún cancionero de finales del siglo XVI con esta escueta brevedad.

Los cuatro versos son como un balanceo, un suave movimiento de ola, como el ir y venir del mar contemplado, gracias al encabalgamiento suave de los versos 1º y 2º y del 3º y 4º.

 Este último da la impresión de ser larguísimo, inacabable, inmenso, como las penas de la “mal casada” o“malmaridada”, anegada en la vastedad de esa mar ancha y larga que, como señala Carlos Bousoñoes símbolo de la enormidad de su amargura y de lo inconmensurable del dolor.

Hay que destacar como insistencia emocional, la reiteración de miraba la mar y, especialmente —dice Antonio Sánchez Romeralo—, la aliteración de la adiecisiete veces, como diecisiete diminutas olas, sucediéndose unas a otras, persiguiéndose, hasta fundirse todas en la última con que acaba el postrer verso, la canción y la queja.

Que miraba la mar

la malcasada;

que miraba la mar

cómo es ancha y larga.

*Miguel Díez R., el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

Texto del libro en preparación: Los Mares y Nuestro Mar

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