Ermua tuvo un espíritu, o al menos eso nos dicen la historia y la memoria. Pedir que fueras liberado, que no te asesinaran —esos que tuvieron el valor de torturarte— no sirvió de nada. Si tu secuestro fue demoledor, las horas hasta llegar a una jornada como la de hoy fueron indescriptibles, algo que enmudeció a los españoles de bien.

Querido Miguel Ángel:

En aquel 12 de julio, con ese calor asfixiante que siempre asola Madrid por estas fechas, vimos cómo con manos blancas el país se cubría de dignidad; esa que no tuvieron los cobardes que apretaron el gatillo a bocajarro, mientras de rodillas suplicabas el perdón y tus lágrimas creaban surcos de irresistible miedo.

Esos canallas que pudieron hacer eso hoy hablan de un país, llamado vasco; y hablan en nombre de todos, cuando en las Vascongadas también hay gente que como la del resto de España quería tu liberación.

No, no hay perdón 25 años después.

Una frase que se repiten esos que luchan por la democracia; y no, no podemos perdonar ni legitimar cuanto hace el actual presidente del Gobierno, cuyo sillón se ha visto manchado por tu sangre. No podemos permitir que en nombre de la patria vasca unos asesinos hoy se sienten en la casa de todos, en donde la Carta Magna se ve ninguneada y hasta el mismísimo monarca debe nadar entre dos aguas.

Manifestación Manos Blancas para pedir la liberación de Miguel Ángel Blanco hace 25 años.

No, no podemos tolerar que nadie manche más tus manos blancas, porque solo nos queda arrodillarnos ante la vida y preguntarnos —en un día como hoy— cuán miserables pueden ser los individuos que, teniéndote indefenso —y en aras de no sabemos aún bien qué—, te arrebataron la vida con 29 años.

No, no podemos consentir que se sienten en la casa de la democracia por su puñado de votos para que esté el presidente más dudoso de la historia de la democracia; uno que consiguió serlo salpicado de tu sangre. Con la misma aquiescencia con la que nos ha tocado sortear la vida tras tu muerte, tendremos que seguir visibilizando la mezquindad de cuantos se alegraron —o estaban en la playa, como Otegui— mientras tú morías entre sollozos en un bosque de la tierra que te vio nacer.

Ortega Lara pasó lo suyo, pero sobrevivió a la ruindad de esos sujetos; y hoy lucha también porque tu nombre no se olvide. Las nuevas generaciones desconocen quiénes fueron los etarras, porque en su memoria histórica no caben actos vandálicos de hace cinco lustros (sólo los de hace diecisiete). Su frágil enseñanza ha hecho que no hayan aprendido porque han sido adoctrinados en la ikastola y siguen sin conocer quién fuiste tú.

Felipe VI nos pidió no olvidar tu muerte y dar cuenta de lo que había supuesto ese vil asesinato en manos de los que negocian cada día con Pedro Sánchez, quien con las piernas cruzadas oculta la inmoralidad de sus propios actos y la mezquindad con que se maneja para permanecer en la poltrona del poder.

Me cuesta creer que haya españoles que defiendan esta miseria y otros que se ofendan porque aún permaneces en nuestra memoria de manera intachable. ¡Cuánta maldad!

Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto, dice el título de una buena película. De ti si hablarán; hablaremos. Porque cada 12 de julio sabremos que Euskadi clamará por la libertad, se alejará del ignominioso trato sobre el que se ha construido esta España que agoniza; y lo infame, lo indigno, lo miserable de haber llegado ahí, solo será patrimonio de quienes negocian con los que apretaron el gatillo.

Tú encontraste la paz y nosotros te devolvemos la dignidad. No sé, entonces, cómo hace el narciso para seguir en el palmito, cuando ya hace rato que perdió el oremus. Para su desgracia —como recuerdo siempre—, deberá vivir con ello; convivir con el horror que alguna vez le aparecerá en los espacios en donde todos somos insignificantes. Y sufrirá, indudablemente. Un calvario que lleva a la grupa de su bellaquería.

Cuando escuchamos en aquella jornada que te habían matado, hubo un silencio que nos llenó de dolor; y en esa contradicción en donde nos encontramos con la vida, afloró un orgullo que hoy permanece a nuestro lado; el mismo orgullo que permite que tú seas el icono de la libertad de un pueblo. Los que te mataron nunca llegaron a descalzarte. Hoy siguen sentados en la Carrera de San Jerónimo. Vive tú con eso, Pedro… Si puedes.

Descansa en paz, querido Miguel Ángel.

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