Reconocer y tratar la discapacidad cognitiva

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Imagen cedida por Pexels.

Las capacidades intelectuales afectadas en la discapacidad cognitiva son principalmente aquellas que tienen que ver con la adquisición de conocimientos. Por ejemplo, la atención, la percepción o la memoria.

No obstante, pueden darse circunstancias asociadas en otras áreas de habilidades de adaptación. La comunicación, las habilidades sociales, el cuidado personal, la salud, saber desenvolverse en el hogar, las habilidades académicas, el ocio y/o el trabajo son algunas de ellas.

Existen varios niveles de discapacidad cognitiva:

– Leve, cuando el retraso cognitivo es mínimo. Se suele detectar en los primeros años de colegio, al manifestar el niño dificultades en el aprendizaje de los contenidos académicos.

– Moderado. Se produce cuando la persona necesita un largo proceso de aprendizaje para adquirir conductas autónomas y rutinas. Y además, y presenta deficiencias en sus habilidades de comunicación e interacción.

– Grave. Es aquel donde las habilidades comunicativas son muy limitadas. La persona con discapacidad cognitiva necesita ayuda para llevar a cabo rutinas cotidianas.

– Profundo. En este caso, la persona es codependiente para realizar cualquier tipo de actividad y se comunica con gestos.

Según datos de Stephen Brian Sulken para Manuel MSD, entre el 20 y el 35% de las personas con deficiencia intelectual (DI) presentan también trastornos de la salud mental. En niños que se saben distintos de sus compañeros o sufren acoso, son frecuentes entre otros la ansiedad y la depresión.

Cómo reconocer la discapacidad cognitiva… 

La discapacidad cognitiva se puede confundir muchas veces con otros trastornos en el caso de niños pequeños. Por ejemplo, cuando hay retrasos en habla, no siempre significa que exista esta discapacidad. Por ello es importante buscar siempre opiniones profesionales que den un diagnostico adecuado. Con todo, algunos signos orientativos de que un menor tiene discapacidad cognitiva son:

  • retraso acusado en la motricidad (de bebé, no sostiene bien la cabeza y con ocho meses no se sienta solo, o con 11 meses no se sostiene en pie);
  • ritmo de aprendizaje del habla mucho más lento,
  • dificultades en el aprendizaje de rutinas,
  • capacidad intelectual por debajo de la media.

… y cómo tratarla

La familia y la formación son dos factores clave en el tratamiento de la discapacidad cognitiva. Desde el entorno familiar es fundamental fomentar la autonomía de la persona. Puede hacerlo enseñando patrones de actividades cotidianas como vestirse, atarse los zapatos o comer sola. A este respecto, establecer una rutina y utilizar técnicas de imitación resulta de gran ayuda a la hora de introducir nuevas tareas.

Además, es recomendable realizar actividades relacionadas con las emociones. El objetivo es que aprenda a identificarlas y gestionarlas, y estimular el contacto con otras personas.

Por su parte, la utilización de enunciados sencillos y claros, articulando correctamente las palabras, resulta esencial en el desarrollo de las habilidades comunicativas.

En el caso de la formación, es importante crear un ambiente en el aula donde la persona de discapacidad cognitiva se sienta segura, válida y querida. Los procesos de enseñanza han de estar siempre guiados por el profesor. Igualmente, han de partir de actividades sencillas para ir aumentando la complejidad de forma paulatina.

El uso de apoyos visuales, como imágenes o vídeos, es necesario para una mejor comprensión de las explicaciones. Por su parte, la asignación de pequeñas tareas de responsabilidad ayudan a mejorar la autoestima.

En lo que a entrenar la atención y la memoria se refiere, el desarrollo del juego simbólico y el aprendizaje de conceptos abstractos son dos herramientas que pueden proporcionar avances, teniendo en cuenta siempre las orientaciones de psicopedagogos profesionales que evalúen a la persona.

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