La longevidad es el gran logro de la humanidad; el éxito conjunto de la medicina; la salud pública; el estado de bienestar; la nutrición y tantos factores que han permitido prolongar el tiempo de vida enormemente, algo impensable hasta hace tan solo 10 décadas. Por tanto, como todo cambio, requiere de un proceso de reflexión y adaptación.

Vivimos en la sociedad de la prisa, la tecnología y la productividad, con una población  formada, en muchos países, por personas mayores de 50 años, lo que supone una transformación tanto de la percepción de nuestro propio tiempo vital, como de  las relaciones entre descendencias diferentes. 

Ya no existe la convivencia de dos o tres generaciones en el mismo período, sino de cinco o seis simultáneamente; cada una de ellas con sus valores, cultura, objetivos, experiencias, expectativas y necesidades. Esto, a todas luces, puede ser una gran oportunidad que enriquezca a todas ellas o por otro lado, un gran fiasco. Este “tiempo extra” de juego,  puede facilitar la relación intergeneracional, aunque también puede crear una falta de entendimiento entre ellas.

Ancianos haciendo deporte en la playa ©Pixabay

Los mensajes que “obligan” a elegir entre empleo para jóvenes o sistema de pensiones; entre el apoyo a la vivienda o la mejora de los cuidados a largo plazo; la brecha digital y otros muchos temas, pueden ser, si no somos prudentes, las bases de una fractura entre generaciones difícil de superar, con consecuencias a medio y largo plazo que debemos evitar.

La mezcolanza de los distintos puntos de vista; de los valores de la sociedad actual, puede provocar el culto extremo a la juventud; a la piel tersa y brillante, donde el único sentido sea comerse la vida a bocados, rechazando completamente la dependencia, las arrugas, las pequeñas  pérdidas que se suceden a medida que el reloj biológico avanza.

Incluso, podríamos llegar a intentar ocultar y alejar del mundo la vejez, sin aceptar lo inevitable, peleando sin cuartel contra la realidad de la existencia. Cierto es que la longevidad es un éxito, retrasar la dependencia un objetivo fabuloso, aunque siempre entendiendo que tenemos límites insalvables, esos que determinan que existe una belleza intrínseca en un cuerpo cansado; que las arrugas confiesan que hemos vivido, reído, llorado, y con todos estos ingredientes tenemos que aprender a captar lo que cada momento nos aporta a recoger el amor que dimos y a permitirnos ser cuidados y a poder cuidar.

La longevidad posibilita que existan muchos “nacimientos”, esos que nos permiten experimentar “varias vidas” que se suman;  reconociendo la coexistencia de roles que en otros momentos históricos se sucedían en el tiempo (sólo si teníamos suerte). Ahora se puede ser padre de varias proles diferentes, a la vez que hijo y abuelo; además de estudiante, voluntario, emprendedor  y deportista; todo ello de forma simultánea. 

Experimentamos las generaciones e identidades líquidas como propone Pascal Bruckner, y por eso se requiere de una adaptación, tanto de nuestros puntos de vista como de una flexibilización de algunos constructos sociales. De igual forma, necesitamos una apertura a los nuevos roles y a las nuevas formas de vida, con etapas que hasta hace unos años eran inexistentes.

Si bien la edad biológica no nos define por sí sola, (y los ciclos de la vida son un cierto constructo social), lo cierto es que el número de esos años extra de vida activa sigue  avanzando; aunque exactamente igual que hace 500 años, tenemos un inicio y un final.

Envejecer es aceptar que la vida es cambio e incertidumbre, que la finitud está garantizada, no eliminada, por ello, tratemos de evitar los excesos para alargar la vida, entregándonos de forma exagerada al ejercicio; a la dieta saludable hipercontrolada; a los cuidados físicos sin descanso; a tratar de prolongar la vida para siempre, pasando a no vivir plenamente con tal de sobrevivir algunos años más.

Comprendamos que nuestro mundo es frágil y que  nosotros también somos frágiles y que llegará el momento de tener que ser cuidados; de enfrentarnos en definitiva a la dependencia y posteriormente a la muerte.

Urge aprender a convivir con y durante esta prórroga de la vida; a aceptar que todo momento aporta de forma individual y colectiva; que todos formamos parte de un entramado, condenados a entendernos, cuidarnos y apoyarnos, disfrutando de este viaje todo el tiempo mientras éste dure.

Salomé Martín

Médico Geriatra

Presidenta del Comité de Ética Asistencial Eulen Sociosanitarios

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