Relato mexicano de familia

0

«Las nieves de Muanil» es uno de los relatos más «familiares» de mi hermano Luis Mateo Díez. En él recuerda cómo, en verdad, era el encargado de afeitar —con pericia y cariño— al abuelo materno Manuel, ciego, en la huerta familiar de La Magdalena y cómo se convirtió en depositario de sus recuerdos de emigrante en México, recuerdos que en esta historia se reproducen con casi total veracidad, aunque siempre adobados con la florida imaginación del escritor.

La familia del abuelo Manuel vivía muy precariamente y con muchas necesidades en el pueblo de Canales (León), del que La Magdalena era un barrio unido por un puente sobre el río Luna. Cuando era un mozalbete emigró a México, el destino de muchos paisanos de la comarca.

Santiago Rodríguez Álvarez era el hermano pequeño del abuelo Manuel, llevado por él a México cuando ya estaba allí suficientemente asentado. Pero a Santiago nunca le interesaron los trabajos y negocios del abuelo. Hombre de espíritu aventurero, se enroló muy joven en las filas del famoso líder agrarista de la Revolución Mexicana, Emiliano Zapata, y, muy unido a él y con el grado de coronel, participó activamente en sus luchas por las tierras de Morelos, Cuernavaca, Puebla… Su final, ocultado siempre al abuelo, es el que narra Luis Mateo…

Nuestro padre dejó en unos apuntes de memorias familiares unas noticias sobre el tío Santiago, que resumo y recojo a continuación:

*Santiago fue un hombre cabalmente bueno, guapo y valiente militar zapatista en las más avanzadas líneas de la revolución agrarista mexicana, que se proponía devolver a los campesinos las haciendas y propiedades, incluso comunales, usurpadas por los caciques rurales.

Su lealtad y honradez quedaron bien probadas cuando en una ocasión las circunstancias de la guerra aconsejaron transportar a los Estados Unido parte del tesoro público mexicano, compuesto de una importante cantidad de oro y plata. La operación se hizo en tren y el encargado de custodiar aquel envío y llevarlo a feliz término fue el entonces comandante Santiago Rodríguez con una pequeña fuerza escogida a sus órdenes.

En las Navidades del año 1934 vino por primera y última vez a visitar en La Magdalena a la familia de su hermano Manuel. Llamó la atención el distinguido porte del héroe revolucionario, su impecable indumentaria, la tez morena de su rostro, su gallarda y hermosa figura. Algunas miradas femeninas intentaron lanzarle mensajes amorosos, alguno de los cuales estuvo a punto de atender el veterano revolucionario, pero nada definitivo sucedió.

A sus sobrinos Milos y Miguel les mostró un especial cariño e incluso los tentó para que volviesen con él a México… En fin, Santiago regresó a la que era desde hacía mucho tiempo su definitiva patria, allí había soñado, luchado y servido y allí tenía sus destinos que cumplir, incluso el de ser enterrado, aunque quizás no pensara jamás en tener que terminar sus días de forma tan ingrata.

LAS NIEVES DE MUANIL

Todas las historias que a lo largo de mi infancia le escuché a mi abuelo Manuel lo hice mientras lo afeitaba. Una ceguera progresiva le iba limitando a ese espacio interior de los divanes del salón donde las horas se esparcen entreveladas y quietas, como si el tiempo ya no existiera en el remanso de la conciencia.

Lunes, jueves y domingos me armaba con la brocha, el jabón y la navaja y cumplía aquella entretenida encomienda afanado sobre la barba hirsuta y desigual del abuelo, que soportaba paciente mis dudosas habilidades entre las que destacaba el uso final de un paño caliente humedecido con la generosa loción.

Los recuerdos del abuelo sobrevolaban las silenciosas transiciones de los divanes, la quietud de tantas horas desperdiciadas en ese apacible retiro de soledad, que él consumía sin desprenderse nuca de la boina y sin dejar jamás que el bastón se le fuese de las manos. Emergían al alzar el rostro para anudarle la toalla al cuello atraídos por una brisa lejana que parecía soplarle la frente, removiendo en su memoria las imágenes de un pasado que iluminaba la paciencia.

—De mi hermano Santiago ya sabes que nunca más tuvimos noticias —decía y era el modo natural de abordar algunas de sus historias, pues siempre había algún personaje cercano en el centro de las mismas, como si el recuerdo tuviera que encarnarse en la fisonomía de alguien y los sucesos fuesen el adorno de su rostro—. Volvió sólo una vez, las navidades del treinta y cuatro y nada mas supimos…

Era el más pequeño de los hermanos del abuelo y el único que siguió sus pasos hacia México en la aventura de la emigración los primeros años del siglo.

Un tanto por ciento muy elevado de sus historias se desarrollaban en aquel más allá que describía sin paisajes: una tierra quemada y alborotada de la que estaba prendida su juventud pero que apenas resucitaba en detalles, como si nunca la hubiera visto en el panorama de sus horizontes. Y es que sus años quedaban allí perdidos y atados a una nostalgia muy escueta y se ceñían sin remedio a las catorce horas de trabajo en la tiendecita de ultramarinos, en la pulquería, a las jornadas irredentas donde hasta domingos y festivos tenían la misma dedicación en la solana polvorienta del arrabal.

—El mostrador era la casa —decía el abuelo sin que esa nostalgia escueta le permitiera deshacerse de la atracción de aquel cobijo donde sus riñones difícilmente podrían reposar- y donde se despachaba se comía y debajo teníamos los sacos dispuestos como petate.

Los hitos de aquellos largos años quedaban marcados por las tres navegaciones de ida y vuelta que el abuelo hizo en ellas, mientras su fortuna alcanzaba el rendimiento que al fin, le permitiera establecerse de nuevo y para siempre en su tierra, con un modesto negocio de vinos y una efímera aureola de indiano que a él le gustaba acentuar dejando bien visible la cadena del reloj de oro en el bolsillo inferior del chaleco, según atestiguan las escasas fotografías familiares.

El primer viaje había sido el más penoso pero del que tenía la memoria mas borrada. Un navío de la Compañía Morelos le llevó de Vigo a Veracruz y el abuelo, que conocía por vez primera el mar, tuvo una absoluta confusión de tiempo y distancia y apenas recordaba del viaje un raro vagar de días y de noches confundidas en el maloliente camarote y en la sucia cubierta, donde otros mozalbetes como él miraban sin decirse nada, asustados e inquietos entre la vigilia y el mareo.

—Si me dijeran ––reconocía— que la travesía duraba cuarenta y ocho horas o un años me daría lo mismo… Lo que sí sé es que cuando bajamos al puerto nos pareció que el mundo se hundía a nuestros pies y caíamos desmayados en la tierra firme.

El segundo viaje lo hizo catorce años más tarde, cuando ya estaba establecido con su primera tienda. Vino a arreglar su matrimonio, aunque todavía pasarían otros diez años para celebrarlo, y a visitar a su madre enferma. Durante la vuelta el barco sufrió un golpe de mar que a punto estuvo de hacerlo zozobrar.

—Hubo una noche —recordaba el abuelo— en que me vi metido en las profundidades y no sabes lo fácil que resulta resignarse a quedar allí dentro. Siempre oí decir que la muerte del ahogado es la muerte más débil porque es la más sumisa de todas y a la que mejor se acomoda la voluntad de quien la encuentra…

El último viaje estuvo dictado por la necesidad de liquidar definitivamente sus pertenencias en aquel mas allá, cuando ya había regresado y contraído matrimonio y el negocio del vino comenzaba a ser floreciente. Fue un viaje ingrato y lleno de decepciones. El amigo de confianza que allí velaba por sus intereses le había traicionado y el dinero efectivo que el abuelo acarreó, en un pequeño baúl, era un dinero sin valor, ya que su curso legal había perdido vigencia en uno de los recientes y virulentos cambios de gobierno.

—Aquel baúl —decía el abuelo— lo tuve guardado muchos años en el desván sin atreverme a tocarlo, porque ese dinero, que era mucho, me parecía imposible que no sirviera y, en el fondo, me daba una vergüenza enorme. Fue precisamente cuando vino mi hermano Santiago, aquellas navidades, cuando un día mano a mano lo quemamos…

Era un recuerdo que también le había escuchado a mi madre, una niña que no lograba comprender lo que significaban aquellos fajos de brillantes billetes que los dos hermanos, sentados ante el fuego, iban dejando caer entre las llamas mientras contaban los pesos sin que el abuelo pudiese evitar una lágrima de indignación.

—Todo lo mismo, Manuel —decía Santiago que al calor de la lumbre acariciaba los generosos mostachos y con el último billete encendía la tagarnina—. Lo que queda de lo que se trabaja no es siempre lo que se gana, a veces es lo que se pierde… De las cosas que aquel país me lleva enseñadas, la que más me gusta es la de que nada vale más allá del sueño de cada noche.

El tío Santiago apareció en el pueblo un veintidós de diciembre sin haber avisado a nadie su llegada. Habían pasado ya unos cuantos años desde el regreso definitivo del abuelo y en la familia existía la convicción de que el hermano pequeño estaba irremediablemente perdido en aquel más allá, porque su vida era muy azorada y ni el mismo abuelo había logrado controlar sus pasos en el tiempo que allí coincidieron.

—Nunca se ató a nada —decía— y anduvo muy comprometido con algunas facciones revolucionarias, con las gentes de Emiliano Zapata en concreto. Más de una vez lo tuve que esconder y dos meses vivió conmigo disfrazado de mujer para salir a la calle… Fue dueño de un rancho, de una mina de plata, de una destilería y le gustaba mucho el juego…

En los ojos del abuelo el glaucoma formaba un cristal empañado, que acrecentaba la desorientación de su mirada dotándola de un cierto estupor. Yo le rasuraba midiendo con cuidado los pliegues del cuello y alargaba la operación mientras seguía requiriendo su relato. En sus silencios no era difícil detectar el rastro más difuminado del recuerdo, un vacío provisional que helaba las palabras.

—Se lo has oído a tu madre —decía—, porque era una niña y jamás pudo olvidar la llegada de Santiago, con el que tan buenas migas hizo… Las mejores navidades que pasamos en nuestra vida…

Mi madre correteaba por la carretera, no lejos de casa. Era media mañana. Un sol de invierno acariciaba la nieve que había cubierto el pueblo los días anteriores.

—Creo que nunca había visto —decía ella— un caballo blanco y, desde luego, lo más extraordinario que yo podía imaginar era un jinete como aquél, alguien vestido de modo extraño, cabalgando en la nieve…

Cuando mi madre se curó de lo que le parecía una ensoñación, comenzó a llamar a su hermano y a los abuelos. El jinete venía por la carretera cuidando con mucha diligencia el paso del caballo en la nieve y poco a poco la gente salía a las puertas.

—¿Cuál es la casa de Manuel Rodríguez…? —dicen que preguntaba aquel erguido caballero mientras alzaba en la mano el sombrero de anchas alas.

—Aquella niña es su hija… —le contestó alguien.

—Eh, sobrina —gritó Santiago—. La más linda de las chamaquitas, lo más bello del mundo…

Mi madre no pudo moverse y cuando el abuelo salió del almacén vio a su hermano descabalgar y estrechar a la niña contra el pecho.

—Ni por un momento dudé que era él, ni un segundo tardé en reconocerle. Con aquel traje de montar tan elegante, los mostachos crecidos, el sombrero que voló por el aire cuando corrió a abrazarme. Santiago era así —reconocía el abuelo—. Había querido volver a caballo y a caballo se fue quince días más tarde. En la tartana que trajo luego su equipaje venía toda su fortuna, que no era otra cosa que los tres baúles con la ropa y los regalos…

Esa aureola, que el tiempo difuminaba, recobró su crédito con el efímero regreso y sobrevivió luego con un cierto aroma legendario entre los recuerdos eventuales de la familia, cobrando poco a poco ese aire de irrealidad con que se tiñen las cosas, los sucesos y las personas, cuando está a punto de extinguirse el fulgor de lo que de veras fueron y el olvido definitivamente se las apropia.

—En todas las cajas —decía mi madre— había collares. Y desde la Nochebuena a Reyes aquel hombre me sorprendía en cualquier momento colgándome uno. Yo vivía excitada, llorando de alegría entre sus brazos, y él me festejaba con sus carantoñas llamándome chamaquita, diciéndome que era la niña de sus ojos y que me iba a llevar con él… Toda la casa quedó llena de aquellos collares de cuentas de colores y piedras preciosas y toda mi vida he tenido la sensación de que son los regalos que mejor representan la felicidad…

El abuelo convocó a toda la familia y en el fervor de las fiestas vinieron los parientes y las celebraciones se fueron uniendo en un largo y único banquete que Santiago presidía en la cocina y en el comedor, cantando las excelencias de guajalote y del mole y los chiles y enseñando a los deudos a beber tequila con el limón y la sal.

Todos los mediodías los chavales del pueblo se concentraban frente a la casa para verle salir vestido con sus arreos de jinete. Les hacia una reverencia con el sombrero, iba a la cuadra cercana y en seguida el caballo blanco relinchaba reconociendo al dueño, y la estampa de caballero se alzaba con la nieve dominando con garbo la montura.

—Allá por Nochevieja pensé que igual se quedaba —decía el abuelo—, porque vino a contarme que andaba seriamente enamorado y que sólo el amor podía cambiarle la vida. Pero no me fue difícil enterarme de que no era un amor sino muchos, casi tantos como días habían transcurrido desde su llegada… Por todo el contorno se perdía Santiago siempre que le era posible y la verdad es que no respetó casadas ni solteras…

En los ojos empañados del abuelo había un gesto de melancólica reconvención y su rostro se movía de izquierda a derecha como negando la indulgencia del recuerdo, mientras yo separaba la navaja y aguardaba con cierta inquietud.

—Las faldas —murmuraba—, las dichosas faldas…

Eran las mañanas soleadas de un invierno que las hacía brillar en el espejo de la nieve. Las mañanas que cabalgaba aquel insólito jinete en la soledad de las lomas, por los senderos furtivos que marcarían sus noches más solapadas y secretas, en las orillas heladas del río, en la distancia ya calculada de las tabernas y los pajares.

—Si atiendo al corazón, mi cuate —decía Santiago encendiendo la tagarnina—, no entiendo a los negocios, pero acá vine a pasar un poco y el corazón ya me la jugó de nuevo. Esa chinita de la casa Melquíades, donde el puente, la que se llama Otilia, me tiene descentrado, sin pegar ojo…

—Tienes que comportarte, Santiago —pedía el abuelo, esa chica tiene novio formal…

—No hay formalidad comprobada, Manuel —aseguraba expulsando el humo—, en tanto en cuanto al compromiso no se le ofrecen otras oportunidades. Por respetar lo poco que a veces tiene una hembra lo que se consigue es hacerla más conforme con su pobreza, no más feliz. A todas hay que darles su alternativa, unas aceptan y otras no, y el auténtico caballero es el que respeta sus voluntades y obra en consecuencia después de requerirlas. La experiencia me dice que picando mucho y en todos los corrales es como se saca mayor rendimiento y más felicidad se les proporciona…

Mano a mano, cuando el abuelo decidió rescatar el viejo baúl que atesoraba la vergüenza y la indignación de su inútil patrimonio, fueron esparciendo sus confidencias sobre la hoguera. Los fajos de billetes conservaban el brillo absurdo de lo que nunca tuvo en curso legal mínimamente razonable, esa apariencia artificiosa del dinero que jamás sirvió para nada.

—Tantos sudores para ahorrarlo —decía el abuelo acercando los pesos a las llamas y todavía resistiéndose a dejarlos caer.

—Quítatelos de encima, Manuel —le animaba Santiago, que son las peores huellas de aquellos años, las que señalan las calamidades y los sacrificios, las que te atan a los recuerdos más enojosos, que no pueden ser otros que los del trabajo…

Mi madre les contemplaba atónita. En sus ojos de niña los billetes ardían como estampas de un mundo encantado y lejano al que el tío Santiago la quería llevar.

—Verás que bonito, chamaquita, cómo van a gustarte las nieves de Muanil, mucho más limpias y pulidas que las de estos collados. Con el mismo resol que acá cazan las liebres allá entrampamos a los zorzales…

El abuelo suspiraba con ese gesto exagerado de quien en la ceguera ha ido perdiendo la medida y el recato de observación ajena. En realidad todos sus gestos y movimientos estaban desde hace tiempo exento de esa conciencia. Hay en los ciegos una extraña inocencia que difumina su extrañeza, como si la privación de la mirada borrara también la lucidez de sentir de los otros.

—¿Qué nieves serían aquéllas…? —inquirió cuando mi navaja le rasuraba la patilla..

Yo no pude reprimir un impreciso salto de la imaginación hacia los fabulosos paisajes que el tío Santiago iba detallando en las historias que contaba mi madre, la niña de sus ojos, mientras colgaba del cuello los collares de colores y piedras preciosas, que para ella se convertirían definitivamente en las enseñas de la felicidad.

No era nada difícil recrear aquellas mañanas de un jinete tan exótico en la nieve, adivinarle en el trote por las vegas blancas donde las liebres solían cruzar asustadas en la desorientación del mediodía.

—Nunca supimos de él… decía el abuelo inclinando la cabeza sobre el respaldo de la silla, mientras yo le pasaba el caño caliente con la loción-. Se fue casi sin despedirse

Nadie le había dicho, y toda la familia iba a respetar ese secreto piadoso, que el tío Santiago había muerto en la ciudad de México casi veinte años atrás.

Licenciado de su condición de militar, tras el reconocimiento oficial de los grados adquiridos en las contiendas revolucionarias, había vivido de su pensión de coronel retirado, y un tumor maligno en el estómago era la causa, confesada al parecer en una escueta carta de despedida a la mujer con la que vivía, de su suicidio.

Los males menores, Alfaguara, Madrid, 1993, págs. 13-22.

Miguel Díez R. 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí