En la inmensa contradicción en la que vivimos cada día en este primer mundo, asistimos a la muerte de un periodista de El Comercio que ha decidido dejar de sufrir. Porque en este asunto que tiene que ver con la vida, acaso nunca sabemos aprehender cuánto sufren las personas que se encuentran a nuestro alrededor y cuánto callan.

Iván Álvarez, conocido por Ivi, una joven promesa del periodismo deportivo se marchó —en busca de una respuesta— a dar un paseo del que no regresó. La jugada maestra obedece a ese gol que nos mete la vida cuando nos deja inermes ante cuanto acontece y no, no somos todos iguales. No podemos pensar qué estaba sucediendo en la mente de Ivi, ni tampoco en la de las cuatro mil personas que cada día se acercan a la otra ventana de la vida para ver qué hay después.

La playa de San Cristóbal verá la luz del atardecer con la melodía de ese amante del periodismo DEPORTIVO que despacio, sin hacer ruido, abandonó el barco para NO SUFRIR.

Y en esa misma contradicción, justo cuando se ha puesto en marcha el teléfono contra el suicidio, no llamó. El 024 no sonó porque —como periodista— lo conocía seguro, pero pensó que nadie le iba a dar la respuesta necesaria a su calvario. Y sí, si existe esa respuesta porque en esos momentos de zozobra siempre hay una mano tendida. Iván la encontró en su soledad y su decisión —para la que ninguno de nosotros tenemos argumento— era esa. Y además, por si fuera poco, asistimos —de nuevo en la misma contradicción— a la semana de la Salud Mental esa que nos hace pensar en el sufrimiento inmenso.

Acaso con la aquiescencia con la que tenemos que manejar cuanto nos toca vivir, encontremos ese momento de reflexión para medir la realidad de las cosas y con ello, evitemos tirar la toalla, porque existe otra vida; una Que Iván no encontró.

Como me decía un psicólogo voluntario del teléfono contra el suicidio «para que este acto se realice, la persona debe sobreponerse al cerebro reptiliano, la parte más instintiva y primigenia de nuestra cognición. Para ello, no tiene que haber otra salida, y el contexto emocional de la persona ha de exceder la capacidad de gestión de la misma…al teléfono llega miedo, desesperación, esperanza, lucha y valentía, manifestadas por personas que necesitan ayuda» añadió.

Iván no tuvo esperanza y en su desesperación, acaso sí luchó con valentía en sus últimos días, y no, no vio otra salida.

No hay más respuestas a esta pregunta que hoy todos nos hacemos ante la muerte de un ser querido o de esas personas con destinos trágicos que no son un número sino una vida, una historia, una magnífica persona que no se ha despedido de nosotros. Sin más palabras.

Asturias ha perdido a una gran persona y la profesión a un periodista magnífico. Su familia, sus amigos, su gente, hoy se preguntan por qué. Quizá porque su hora había llegado y ninguno se dio cuenta. Los periodistas contamos cosas de otros pero nunca lo que nos está pasando; de nuevo, nos embriaga la contradicción.

Quedémonos con eso. Iván querría que tú, si has pensado en suicidarte llamaras al 024. Siempre hay otra ventana cuando alguna puerta se cierra. En su corta carrera nos ha dado su mejor lección: no todo tiene respuesta, tampoco este oficio de valientes cuando te enfrentas a un folio en blanco para relatar que un compañero ha fallecido.

Descansa en paz, Iván.

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