Si hay un plato que más simboliza a la Semana Santa esa es la torrija; pero hay gastronomía más allá de este dulce típico, y aquí les haremos un tour por ellos.

Se sabe que es Semana Santa cuando las vírgenes más milagrosas y santificadas salen en procesión por España junto al recogimiento, el ayuno y la tradición, vistiendo al país con los colores de la pasión, la devoción, la cultura y el legado nutricional.

Ni los escaparates se resisten a su aura devota, y prueba de ello son los huevos de pascua, las rosquillas, los pestiños de origen árabe, los pasioncitos con el logotipo de ‘la Pasión de Jesús’, y el resto de los dulces que decoran los escaparates de los establecimientos.

Y es que, si algo no puede faltar en ninguno de estos días señalados es una gastronomía libre de carnes, en honor al cuerpo de Jesucristo en la Cruz, y que además haga salivar a la historia y al paladar. ¿Preparados para tomar nota y darle un bocado?

Las torrijas

Este dulce es aperitivo, entrante y postre todo en uno. ¿Quién no se ha dejado tentar alguna vez por su textura blanda, su olor a canela, y su toque de azúcar y limón? Las torrijas pueden (y suelen) comerse en cualquier época del año, cierto, pero es en Semana Santa cuando se convierten en las más absolutas de la gastronomía tradicional.

Hechas a base de leche, pan, azúcar, canela molida y aceite de oliva, las torrijas nacieron como un plato destinado especialmente a aquellas mujeres que habían dado a luz recientemente, debido sobre todo a su alto contenido en azúcar. Su origen se remonta al siglo I D.C, aunque la receta más longeva, de entre todas las que han sobrevivido hasta el presente, se remonta al siglo XV.

El hornazo

De dulce tiene poco (nada, en realidad) pero igualmente se toma como postre y está hecho a medida para pecar de adicción culinaria en plenas fechas de pascuas. Se trata de una empanada rellena de productos de chacinería, con las papilas gustativas estremeciéndose de placer ante el desfile de los diversos embutidos que le dan cuerpo.

Son muchas las zonas de España que tipifican al hornazo antes, durante y después de la Semana Santa, cada una de las cuales lo personaliza con su toque peculiar, pero todos ellos comparten los ingredientes básicos de la harina y la levadura de panadería, la leche y el azúcar y el agua, la manteca y el aceite, y una masa fulminada con el toque de los huevos y la sal.

Rico, contundente y nutritivo, zamparse un trozo de hornazo es meterse entre pecho y espalda una buena ración de lomo, chorizo, panceta y huevo hervido, y quedarse bien satisfecho a ver pasar los santos imaginarios y los santos en procesión.

Los penitentes de Alcalá

Estos conos de barquillo simulan los capirotes de los cofrades; cubiertos de chocolate y rellenos de crema de almendras, los barquillos de Alcalá son muy típicos de la región madrileña que lo bautiza, aunque su consumición está igualmente extendida en el resto de la capital de España.

Buñuelos de bacalao

Durante el Viernes de Cuaresma de la Semana Santa no se debe tomar carne. Pero sí pescados, y mariscos y verdura y dulces, y he ahí el quid de este producto tan famoso.

En forma de bolas fritas de pasta de bacalao desmigado, esta variante de pescado es, de hecho, el ingrediente estrella de estos buñuelos que llevan su nombre, un plato muy típico que derrite a algunos paladares y estremece a otros, pero que no deja indiferente a nadie que lo saborea.

Soldaditos de Pavía

Castizo y muy característico de estas fechas tan señaladas, se trata de un aperitivo que pone en la punta de la lengua la esencia de Madrid. ¿Su forma? Una fritura de bacalao rebozado. ¿su acompañamiento? Unos cuantos pimientos rojos que vuelven más colorido al plato, y hacen empezar a comer mucha inspiración tradicional por los ojos.

Se trata de un plato bastante reconstituyente, a decir verdad, elaborado históricamente en época de dificultades económicas, ya que resultaba un plato muy barato, repleto además de muchos nutrientes capaces de suplir la falta de carne de la Semana Santa.

Los pestiños

Incluso en la antigua Roma ya se tomaban estos dulces, si bien se afirma que a España llegó por legado de los moriscos. Elaborados a partir de manteca de cerdo, harina, agua, sal, aceite de oliva, vino blanco, anís estrellado y la cáscara de un limón o de una naranja, los pestiños se identifican a simple vista por su forma cuadrada o de lazo.

A veces saben a azúcar glas, otras a canela y miel, según cada receta y comunidad, pero está claro que siempre están deliciosos, mientras evocan el aroma inolvidable de la cultura y la tradición.

Buñuelos de viento

No son tan famosos como las torrijas, cierto, pero no por ello dejan de ser menos icónicos de la Semana Santa. Abrir la boca ante estos buñuelos de viento es masticar bolas fritas de masa de harina de trigo, percibir la manteca y la levadura y los huevos que los compacta, descubrir la pizca de sal y mantequilla y leche que lo ensalzan, y perderse en la delicia dulce que le da relleno, ya sea nata o chocolate o crema pastelera, y darse cuenta de que la exquisitez gastronómica de Madrid y España… no tienen fin.

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