Sidney Poitier: el negro irreprochable

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Representaba al negro aceptable a ojos del establishment. Fue por ello agria e injustamente criticado por el activismo radical, pero amado por el gran público.

Pocos actores han encarnado en pantalla la visión y audición de un ideal como Sidney L. Poitier. Guapo como sólo puede serlo una estrella de Hollywood y con inequívoca cara de bueno, se especializó, o lo encasillaron, en personajes racializados de carácter positivo. Así, representaba al negro aceptable para el establishment. Fue por ello agria e injustamente criticado, zaherido y ridiculizado como un «Tío Tom» acomodaticio por el activismo más radical. Injustamente, porque sin alharacas ni grandilocuencia, Poitier hizo más por la igualdad racial que Malcolm X y Cassius Clay juntos. Así se lo reconoció el presidente Barack Obama al condecorarlo con la Medalla Presidencial a la Libertad en 2009.

Pero entre tanto simbolismo histórico se olvida la evidencia de que Poitier era, ante todo, un actorazo acostumbrado a dar la réplica a gigantes de la pantalla como Tony Curtis, Rod Steiger, Katharine Hepburn o un Spencer Tracy que estaba literalmente muriéndose durante el rodaje de Adivina quién viene esta noche (1967). Los que tengan cierta edad recordarán la inolvidable secuencia de este filme de Stanley Kramer en la que el médico negro John Prentice abre desmesuradamente unos ojos ya de por sí enormes, fingiendo no entender, para obligar a su interlocutor a ponerle el nombre del matrimonio interracial al elefante en la habitación que se le había presentado inopinadamente a cenar en casa. Aunque para grandes, los ojos de la Hepburn, magistral en su papel de avispa [wasp: White Anglo-Saxon Protestant] enfrentada a la ocasión pintiparada para demostrarse, por una vez, consecuente con los principios que en teoría profesa.

Como recordarán también nuestros lectores que peinen canas, Joey Drayton, la hija de este matrimonio de ideas liberales y posición acomodada (interpretada no menos magistralmente por Katharine Houghton) omite, al telefonear a sus padres desde Hawái para comunicarles su sobrevenido engagement con un «médico viudo», el detalle de la negritud de su prometido, como si esa carga de profundidad fuera un dato irrelevante en el EEUU de 1967. También Houghton borda la fingida ingenuidad de no entender por qué sus progres padres de repente experimentan dificultades a la hora de aplicar a la vida real los nobles principios teóricos que tan concienzudamente le habían inculcado.

Asimismo de 1967 son las otras dos películas por la que Poitier es más conocido en España: Rebelión en las aulas, de James Clavell, y Al calor de la noche, de Norman Jewison. En la una interpretaba a Mark Thackeray, ingeniero londinense en paro que encuentra un empleo que nadie quería: profesor de alumnos conflictivos, a los que obviamente acaba ganándose. En la otra se metió en la piel de Mr. Tibbs, policía forense de Filadelfia obligado a lidiar con los prejuicios raciales imperantes en el Misisipí de la época.

Menos célebre en nuestro país es la que le valió el Óscar al Mejor Actor Protagonista (primero concedido a un actor de raza negra): Los lirios del valle (1963), dirigida por Ralph Nelson, donde encarnaba a Homer Smith, obrero errante entre monjas pobres de solemnidad. En 2002 recibiría, además, un Óscar Honorífico en homenaje a su dilatada carrera. También mereció el Bafta al Mejor Actor Extranjero por Fugitivos en 1959 y otros Premios honoríficos como el Henrietta (en 1969, 1970 y 1971) y el Cecil B. DeMille (1982). En 1968, el Festival Internacional de Cine de San Sebastián lo distinguió con la Concha de Plata al Mejor Actor por su trabajo en Un hombre para Ivy.

Descanse en paz Sidney L. Poitier (1927-2022), estrella de Hollywood.

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