Es muy de Ramón Paso, coger un texto de oro, tallarlo, pulirlo y subirle los quilates bajándolo a la arena; a la arena de la playa en concreto; allá donde no valen miriñaques ni levitas, donde no cuentan smokings, ni faldones, donde no hay luz para los candelabros, ni espacio para la niebla.

Y es allí, a ras de suelo, entre rumores de olas, tañidos de ukeleles y reflejos de luna, donde ellos se aliñan con polos y pololos, y ellas se aderezan con camisitas y canesús donde tienen lugar el mejor Wilde de Wilde, y el mejor Wilde de PasoAzorín.

Y allí, en la costa de Bora Bora se traslada la alta sociedad inglesa en ropa de baño, tan poca, que no tienen donde esconder los ases en la manga, los abanicos no sirven de nada , las máscaras se deshacen al sol y la frivolidad se vuelve, aun, más profunda y poderosa.

Así, con las cartas sobre la mesa y las miradas desnudas, se enfrentan entre ellos y entre ellas, cainitas y casquivanos desfila lo mejor de cada casa a la caza y captura de un nuevo chivo expiatorio, de una renovada víctima propiciatoria que —como bien le tocó saber a Wilde—  sirva de carnaza, justificación y entretenimiento hasta la temporada de otoño.

Brillante y vibrante, Paso le toma la palabra y la matricula a Wilde para narrar, con la alegría de quien estalla pompas de jabón y el brío de quien ensimisma haciéndolas, esta comedia dulcemente amarga sobre como las elites cierran filas sobre sí mismas, sobre como el poder nunca cambia de manos, sobre como el Edén un club exclusivo, sobre como la hipocresía y el escarnio destruyen y toda mentira siempre cristaliza en verdad.

Y así, Paso convoca de nuevo a las tres que son tres y las tres eran y serán mejor que buenas: Ana Azorín, Inés Kerzan y Ángela Peirat que aúnan fuerzas para —como hadas en días de brujas y como arpías en noches de hadas—  evolotear, zascandilear y apoderarse de la alta sociedad de ególatras, siervos y haraganes a la que anonadan y deslumbran a partes iguales entre quienes se encuentran el encantador Eduard Alejandre, el descarado Rafa Ramos y Lucía Rius, llena de presencia y dignidad.

Ana Azorín, irresistible y burlona, maneja la lengua como navaja de doble filo para hacerse un hueco inexpugnable; Ángela Peirat, ingrávida y sutil, brinca y ríe, esboza pucheros y suspira mohines, para, inalcanzable e imposible, conseguir su trono; pero es Inés Kerzan quien planta cara a la sociedad.

Sabedora de lo que se juega, Kerzan, inflamada y despojada, no se amedrenta y se expone frente a todos, mientras, con voz temblorosa y firme, desnuda, latido a latido, cada mezquindad y desventura, cada barro y miseria, cada condescendencia que ha tenido que aceptar y cada mentira con la que ha tenido que transigir.

Estremecida y aterida, conmovedora y apasionada, Kerzan, recoge el abanico de Lady Windernere porque, valiente, renacida y perdedora, sabe que ya no será nunca una mujer sin importancia, porque ya sabe y se ha demostrado el valor y el significado de la importancia, de la importancia de llamarse Inés, y ya no queda más que ir sin volver la vista atrás, mientras en las playas de Bora Bora queda sonando una canción de los Beach Boys, esa que, en su título, dice «Solo Dios lo sabe» (God only knows).

Teatro Reina Victoria, lunes a las 18 y/o 20:30 horas (Madrid). Consultar cartelera

Ficha artística

Autor: Oscar Wilde

Versión y dirección: Ramón Paso

Traducción: Sandra Pedraz Decker

Reparto: Inés Kerzan,Ana Azorín, Ángela Peirat, Eduard Alejandre, Rafa Ramos y Lucía Rius

Producción ejecutiva: PasoAzorín Teatro

Dirección de producción: Inés Kerzan

Espacio escénico: Ramón Paso

Iluminación: Carlos Alzueta

Vestuario: Ángela Peirat

Diseño gráfico: Ana Azorín

Ayudantes de dirección: Ainhoa Quintana // María Gutiérrez

Ayudantes de producción: Sandra Pedraz Decker // Jordi Millán

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