Según la Confederación Española de Alzheimer y otras Demencias (CEAFA) es fundamental contar con profesionales de la salud especializados en el manejo de trastornos del sueño que adopten enfoques integrales en los que «se establezca una rutina; se creen entornos propicios para el sueño; se realice actividad física moderada durante el día; o se haga un uso adecuado de medicamentos cuando sea necesario». 

«Las cuidadoras deben atender y velar por su propio sueño, así como buscar apoyo si es necesario, para evitar la fatiga y el agotamiento».

Por tanto, se ha considerado que las interrupciones y la falta de sueño interfieren en el proceso de eliminación de la proteína beta amiloide, relacionada con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer. Cuando dormimos se ponen en marcha los mecanismos necesarios para prescindir de la acumulación que se ha producido durante el día de esta sustancia pero una mala calidad del sueño favorece la formación de placa betaamiloide, que, con el tiempo, puede dar lugar a la aparición de la enfermedad.

De esa forma los cambios neurológicos que se producen en el cerebro de los pacientes con Alzheimer alteran la calidad del descanso lo cual empeora su situación cognitiva. El insomnio, la falta de sueño durante el día sumado a la irritabilidad, a la ansiedad y a los momentos depresivos procura el aumento de los síntomas de su diagnóstico.

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