Me resulta impactante ver cómo los «todólogos» aparecen sin despeinarse en congresos, tertulias y/o en las llamadas webinars —palabro donde los haya— además de en todas las jornadas posibles y probables que giran en torno a la discapacidad. Ahora, añadamos a ese efecto de dinamismo sin fronteras a favor de la discapacidad, la dependencia y los mayores, a los que tildan de «nuestros», como si todos tuviésemos que llevar de la laja a esos ancianos con ese paternalismo absurdo al que tenemos que sumarnos si queremos vivir de la discapacidad.

Y ciertamente, en este tiempo de hojas muertas, cuando el otoño se instala sin alharacas, vemos cómo propios y extraños en saraos organizados por y para la discapacidad, viven de ella, y en donde todo bicho viviente opina acerca de cómo se sienten, cómo estudian, qué necesitan, etcétera, pero curiosamente desconocen qué supone sobrevivir sin algo menos y tener una discapacidad de por vida.

Salir a la calle con el contador a cero no nos permite conocer cuántas injusticias, discriminaciones y problemas cotidianos tienen que afrontar esas personas, porque a ninguna la tenemos cerca. Pero opinamos, cómo no. Que en cada jornada se sorteen zancadillas, se sienta uno abandonado por la Administración y ninguneado por el de al lado es de lo más agradable. Y eso, esto —que es lo que traigo a colación— no nos permite tampoco saber qué sucede cuando una persona no vive las angustias y problemas diversos en donde la discapacidad está presente.

Las personas que nacen con ella adaptan su modus vivendi a la vida que les ha tocado experimentar y con ellos sus respectivas familias —todas ellas— se sumergen con el mismo afán para ayudar a ese que está en inferioridad de condiciones. Luego viene la puñetera vida —que raramente elegimos— y nos ofrece un mundo nuevo, el de la discapacidad sobrevenida, cuando por un accidente, una enfermedad congénita, la edad y otras circunstancias dejamos de ver, de oír, de hablar, de caminar… vamos, cuestiones que nos condicionarán sine die y centrarán nuestra nueva existencia en otra que apague la anterior.

Entretanto, los vividores de la discapacidad opinarán acerca de cuestiones que les incumben a aquellos que sí tienen una sensorial, motriz, mental, cognitiva; y comentarán cómo sufres a la hora de transitar por la ciudad y te dirán que no es accesible o te contarán que todo se ha mejorado mucho, «porque antes, las cosas estaban peor». En ese buenismo que nos aleja del foco, insultamos a quienes han perdido parte o todo lo que tenían porque ya nada volverá a ser como antes para ellos pero, eso sí, mientras tanto opinamos, no vaya a ser que no nos llamen más de tertulianos.

Dar las gracias por tener una rampa o por disponer de una ayuda en un examen para entender qué pone porque las preguntas han desaparecido, es algo curiosamente agradable cuando la persona que tienes enfrente te hace un favor si te lo lee y te pregunta qué significa tener baja visión. En ese modus operandi te apañas «y ya estaría», como dicen los modernos.

Y así las cosas, cuando vamos a un bar y queremos utilizar el baño que está en el piso de abajo y tenemos una movilidad reducida, cuando estamos en el teatro y comprobamos que no existe bucle magnético o cuando vemos el aseo para personas con discapacidad lleno de cubos o sucio, porque apenas los usan «esos que llevan sillas de ruedas» hace que los vividores de la discapacidad se jacten de haber pedido soluciones cuando ellos ven, caminan y escuchan perfectamente y les importa en el fondo tres rábanos.

«Hemos mejorado mucho» siguen añadiendo a su discurso vacío esos «todólogos» de chichinabo.

Y en este siglo —ya adentrándonos en el final del año 22— seguimos con la letanía y con esas faltas graves que permiten que los vividores de la discapacidad —y los chiringuitos que los sostienen— puedan seguir cobrando de ayudas, subvenciones y de otros emolumentos insultantes mientras los que llevan consigo una discapacidad y la bandera de la dignidad, son ninguneados por la sociedad, esperan una mejor oportunidad, un sueldo justo, un trato adecuado o acaso alguien que les mire de frente y les valoren como personas.

En España según cita el Instituto Nacional de Estadística, existen cuatro millones y medio de personas que tienen una discapacidad, es decir, el 9,5% de la población y con ellos sus respectivas familias que tienen que adaptar su vida a los que no pueden elegir.

A ellos se le sumarán en pocos años, los que antes llamábamos viejos, que además serán dependientes cuando año a año envejezcan y comiencen a tener las peplas de la edad. Y mientras eso sucede, les hablamos de empoderamiento, porque ser mayor, tras tener las experiencias que te ofrece estar de pie décadas trabajando de sol a sol, eso lo conoce mejor un vividor de la dependencia que no sabe de la misa la mitad. O vemos cómo de suicidio opina «todo quisqui la soba» como dice el refrán; porque aquí hablamos de todo, no vaya a ser que nos quiten la paguita por decir tontadas que no padecemos como supone arrastrar una depresión, ansiedad o una enfermedad mental congénita. Igual da.

Por ellos, por todos esos vividores de la discapacidad que han encontrado desde el confinamiento un lugar inmenso en donde asir sus discursos en esas famosos zooms, en donde verter su charleta absurda y referir una y otra vez —cazo en mano— cómo viven, soportan, esperan, aguardan, disfrutan, lloran, entre otras cuestiones mundanas, esos a los que la vida les ha procurado una discapacidad.

Mientras tanto, se cuelan la inclusión y la accesibilidad y todo lo que falta tiene que ver con los derechos humanos, con la Carta Magna y con todo eso por lo que pasaremos todos. No se equivoquen: todos, sin excepción alguna, dejaremos de ver, de oír y de movernos como ahora, y entonces entenderemos cómo vivieron esos que nos precedieron y que ya nacieron con el contador sin pilas o la vida les arrebató lo que disfrutaron en la infancia, en la adolescencia, en plena madurez o cuando la vida les sonreía y volvieron a empezar con dos cojones y cierta aquiescencia.

A todos los que viven del sufrimiento ajeno sin ponerse jamás en sus zapatos: la jeta se tiene o se pierde, recuerden. Al menos, que cuanto se haga por ellos sea efectivo, «porque sí, queda mucho». No se preocupen que ya lo comprobarán en tiempo y forma y entonces verán sus propias faltas, pero por favor, no se lo repitan más. Con Dios.

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