Ucrania: sorprendentes perplejidades

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Ucrania (c) Latuff 2014 / Opera Mundi.

«No puedo adelantarle las acciones de Rusia. Es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, pero quizá haya una clave. La clave es el interés nacional de Rusia» (Winston Churchill).

La caricatura de Latuff que ilustra esta pieza data de 2014, año en que empezó verdaderamente esta III guerra de Independencia ucraniana, registrada en los Anales de la Güiquipedia como guerra del Dombás [propiamente, ‘la cuenca del río Don’]. La perpleja incredulidad con que Occidente ha recibido la enésima invasión de Ucrania por Rusia no demuestra sino la ceguera voluntaria que aflige a nuestras elites y opinión pública. Desde antes de que se inauguraran los JJ.OO. de Invierno estaba cantado que los rusos marcharían sobre Kiev en cuanto se clausurasen.

Dentro de la complejidad que reviste la situación —desesperada, pero no grave, que diría Billy Wilder—, no deja de sorprender, a su vez, que Occidente se llame a sorpresa ante una escalada bélica harto anunciada, entre otros, por su principal instigador, cuyo reconocimiento de las Repúblicas Populares de Donetsk (RPD) y Lugansk (RPL) enseñaba a quien quisiera verlos los inevitables escalones consecuentes.

Más sorprendente si cabe es la protesta porque estas cosas puedan ocurrir «en pleno siglo XXI», como si el mero paso del tiempo redujera, per se, la posibilidad de que sigan consumándose las atrocidades de siempre; o como si enterrar la cabeza en un hoyo, principal táctica defensiva del avestruz, fuera una estrategia medianamente exitosa…

«Guerra, peste y carestía andan siempre en compañía», dice el refrán; y dice bien. Pero no por esa advertencia proverbial dejó la covid (esa peste contemporánea) de pillarnos también «por sorpresa», qué casualidad; y eso que tampoco entonces nos faltaron los avisos. Decididamente, ser avestruz no es ningún chollo, así como la guerra en Ucrania es cualquier cosa menos sorprendente, hasta el punto de caracterizar al país. Porque en Ucrania la guerra es consustancial a este Estado moderno, producto como es de la I guerra de Independencia ucraniana (1917-1921), que lo fundó, y cuya historia es en gran medida la de una guerra civil recurrente entre dos Ucranias —¿les suena?—: la rusófona y la rutena. Así viene siendo, intermitente, desde el establecimiento en el siglo IX de la Rus de Kiev, que se extendía del mar Báltico al Negro, y su cristianización por san Vladimiro Sviatoslávich el Grande o Vladimiro I de Kiev (956-1015).

Mapa etnolingüístico de Croacia (c) Creative Commons.

Otro Vladimir, Putin, lo dice diáfano: «Permítanme enfatizar una vez más que Ucrania para nosotros no es solo un país vecino. Es una parte integral de nuestra propia historia, cultura, espacio espiritual». No hablamos ya del famoso lebensraum o ‘espacio vital’ reclamado por el III Reich, sino de un ‘espacio espiritual’ invocado por un expreboste del KGB algo cursi que se refiere a su tocayo Vladimir Lenin como «el autor y arquitecto de Ucrania». Para, a renglón seguido, lamentar que las bases sobre las que el artífice de la Revolución rusa edificó el nuevo Estado ucraniano fueron, no sólo un error, sino «algo mucho peor», como se evidenciaría después del colapso de la URSS…

Por si alguien tuviera dificultades en comprender, el aspirante a Zar neocommie insiste: «La Ucrania moderna fue creada totalmente por Rusia. Por la Rusia bolchevique; la Rusia comunista, para ser exactos». La deuda contraída por aquella nación con la Revolución de 1917, añade, es tan onerosa que «aun hoy en día podría llamarse ‘Ucrania de Vladimir Ilich Lenin'». E inmediatamente después amenaza:

Los «agradecidos» descendientes de esta nación han destruido los monumentos a Lenin en Ucrania [profundo suspiro de decepción]. Lo llaman «descomunización». ¿Queréis «descomunizaros»? Vale, por nosotros, no hay problema. Pero no os quedéis a medias [gesto despectivo]. Estamos preparados para enseñaros lo que la auténtica «descomunización» realmente significa para Ucrania [mirada desafiante].

Vladimir Putin
Putin amenaza a Ucrania.

El aspirante a Zar del siglo XXI se cuida mucho de concretar su amenaza —lo que la vuelve más aterradora—, así como de revelar sus intenciones; pero según sabias palabras de Zbigniew Brzezinski, citadas por Pedro Rodríguez, es precisamente el control de Ucrania por Rusia lo que convierte a ésta en un Imperio, no obligado por tanto a respetar las convenciones de la política internacional como sí está un Estado nación al uso. El interés nacional de Rusia es, pues, la clave a que se refería ayer Churchill para entender las acciones emprendidas hoy por Putin, quien, como buen nacionalista, identifica interés nacional con conveniencia propia. Específicamente, gozar también en el exterior de la mano libre que ya ejerce, sin contrapesos, internamente.

Si la I República Popular Ucraniana —derrotada en la I guerra de Independencia— fue efímera, la II fue una de las fundadoras de la Unión Soviética, bajo el nombre de República Socialista Soviética de Ucrania, en 1921. Durante la Gran Guerra Patria —que es como los rusos se refieren, significativamente, a la II Guerra Mundial—, se libró en esta RSS la guerra civil de turno generacional dentro de la contienda global. En cuanto a la actual III República de Ucrania, proclamada en 1991, año en que se desmoronó la URSS, nació igualmente bajo el signo de la división. La coyuntura actual es asimismo producto de esta discordia perpetua, cristalizada desde 2014 en la guerra del Dombás, de la que las operaciones bélicas en curso no son sino el capítulo más reciente. A la espera de conocer su desenlace, tal vez los viejos debiéramos cultivar más la memoria, y los jóvenes aprender que una vida sin guerra es excepción, no regla.

Fronteras de Ucrania según una postal de 1919 (c) Wikicommons.

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