Un cuento perteneciente a Industrias y andanzas de Alfanhuí

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Rafael Sánchez Ferlosio (España, 1927-2019)

 Miguel Diez R. «El Viejo Profesor. El Albir en La Bahía de Altea: «la millor terreta del mon» 

Rafael Sánchez Ferlosio —escribo de sus últimos años de vida— paseaba por el Barrio de la Prospe de Madrid, generalmente solo, sombrero negro, capa amplia y bastón en mano- ante la velada admiración de los vecinos, que comentaban al pasar: «es un famoso escritor».

Era muy metódico: en el quiosco compraba los cuatro periódicos españoles más importantes, hacia siempre el mismo camino, lo afeitaban diariamente en la misma peluquería y, al final, se dejaba masajear delicadamente con el after-shave “El genuino Floïd” y, ante la admiración de toda la peluquería y el «buenos días, don Rafael», el Maestro se llevaba la mano al ala del sombrero e inclinaba la cabeza. Después se dirigía a la pequeña plazoleta, delante de su piso, hojeaba por encina la ristra de prensa, y esperaba a Demetria, su segunda mujer y su hija Lucía con la nieta Laura a la que tanto quería, su gran pasión.

La cafetería Universal era su centro de reunión con los amigos que allí solían acudir -los sábados, a las 12 en punto-, para celebrar una tertulia en torno al Maestro (Tomás Pollán, Eugenio Gallego, Miguel Ángel Aguilar, Javier Fernández de Castro, Gonzalo Hidalgo Bayal, Miguel Aguilar, Ignacio Echevarría…y, desde luego, Demetria y alguna amiga más).

Mi mujer, Paz, ya fallecida, y yo éramos vecinos de la Prosperidad, y ella había conocido personalmente a Demetria en sus andanzas juveniles. Cuando estábamos preparando la publicación de un libro titulado Cincuenta cuentos breves. Una antología comentada para la Editorial Cátedra, nos reunimos varias veces con don Rafael, (en la ya citada cafetería Universal) a comentar con él nuestro proyecto y pedirle su autorización para incluir el cuento titulado Dientes, pólvora, febrero (1956). Le gustó el comentario que acompañaba su cuento, aunque creía que exagerábamos en ciertas apreciaciones (“cuadro tenebrista”, “reflejo del más duro primitivismo español”, “el brutal descuartizamiento de la alimaña moribundo”).

En alguno de aquellos encuentros, don Rafael (como sabía que éramos profesores de Lengua y Literatura en BUP y COU) nos preguntaba qué pensábamos de su obra literaria. Paz y yo le contestábamos al unísono que nuestras preferidas indiscutibles eran  Industrias y andanzas de Alfanhuí El Jarama, novela esta última, que incluso estaba recomendada como libro de lectura en aquellos años de nuestra docencia. Ante nuestra respuesta, el Maestro se quedaba un tanto pensativo.

Don Rafael, meses antes de su fallecimiento, había tenido algún vómito de sangre, pero sin darle mayor importancia. Un día tuvo otro episodio de este cariz y lo llevaron en ambulancia (o tal vez en un taxi) a un hospital para ingresarlo y hacerle pruebas diagnósticas de su dolencia. Su mujer, Demetria, no pudo acompañarlo porque se encontraba aún convaleciente de una operación de pulmón. “Mañana ya vendréis a verme”, les dijo él. Cuando Demetria y su hija Lucía llegaron al hospital, les comunicaron que acababa de morir. Su queridísima nieta, Lucía, se encontraba en una excursión, lejos de España. 

Unas horas antes de fallecer, llamó desde el hospital, con un móvil muy elemental y viejo -lo llevaba colgado al pecho como un escapulario- a su mejor amigo (¿) y le recitó, de memoria y en italiano, una parte del poema El infinito de Giacomo Leopardi (1787-1837): 

Così tra questa

immensità s’annega il pensier mio:

e il naufragar m’è dolce in questo mare.

(Así a través de esta

inmensidad se anega el pensamiento mío;

y naufragar me es dulce en este mar).

Rafael Sánchez Ferlosio fue enterrado (el martes, 2 abril del 2019)  en el panteón familiar del cementerio madrileño de la Almudena, junto a su padre el escritor Rafael Sánchez Mazas, su madre, Liliana Ferlosio; su hija, Marta Sánchez Martín, y su hermano Chicho Sánchez Ferlosio. Todo en silencio, ninguna palabra, ningún responso. El féretro de madera oscura llevaba solo una cruz en relieve.

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Las dos grandes novelas de Rafael Sánchez Ferlosio son: Industrias y andanzas de Alfanhuí, (1951) (el autor, -cuando tenía 24 años- pidió 13.000 pesetas a su madre para editarla) y El Jarama (1956). La primera tuvo una reducida resonancia crítica en el momento de su publicación, mientras que, por el contrario, la segunda ha recibido -desde el principio- multitud de opiniones elogiosas por los entendidos en letras: El Jarama es una de las obras más significativas de la literatura española de posguerra.

Con relación a Alfanhuí, la perspectiva ha cambiado, y muchos críticos famosos y muchos buenos lectores opinan así: 

Una joya inclasificable, una novela mágica, iniciática y picaresca, escrita en el estado de gracia que hace posible que cada palabra esté en su sitio sin estridencia alguna.

“Ferlosio juega con la fantasía abierta a la pura maravilla inventiva” 

Hace 32 años que en el cole Don Manuel decidió usar esta maravillosa novela como base para sus clases de lengua y nunca se lo agradeceré lo suficiente. Fue el inicio de mi pasión por la literatura que me ha llevado por mil mundos, mil dramas, mil aventuras… a lo largo de mi vida. Tal vez sea ahora momento de releerla y refrescar los recuerdos tan gratos que guardo de las vivencias de Alfanhui y de su mundo mágico”. Alfanhuí no es solamente una obra fantástica. Detrás de la fantasía, de la continua exaltación de lo vital y de la naturaleza, hay un reproche a la sociedad por su alejamiento de lo natural y por su falta de creatividad”.

“He aquí un libro cautivador, cuya lectura no ha dejado de asombrar desde su aparición en 1951, en unos tiempos en que la tendencia predominante de la narrativa española era el realismo. Se han buscado todo tipo de linajes para esta novela insólita e inclasificable, mezcla de relato de formación y retablo de maravillas, escrita con una prosa prodigiosa, de originalísima imaginería, y dotada del encanto intemporal de las viejas narraciones. Elegía de un mundo antiguo, de la infancia perdida, las Industrias y andanzas de Alfanhuí no han dejado de suscitar todo tipo de interpretaciones, sobre las que «revolotea», ingrávida, su peripecia llena de gracia y de ligereza”. 

Aunque concebida como un cuento de cuentos, episódica, esta pequeña gran novela tiene una estructura argumental muy limpia. Una primera parte que comenzaría con la fabulosa historia del gallo de la veleta y finalizaría con la muerte de su maestro taxidermista. Seguiría una segunda parte con el viaje de Alfanhuí a Madrid y, ya, una tercera parte con el retorno a Castilla con destino a Moraleja (el pueblo de su abuela), su trabajo de boyero, su encuentro con el herborista D. Diego Marcos y su encuentro consigo mismo ante la bandada de alcaravanes que gritan su nombre. El análisis lingüístico-discursivo de la novela nos mantiene en una alerta léxica riquísima y con una fluidez narrativa oportunamente fragmentada por los 51 capítulos significativamente titulados”.

“Alfanhuí es la crónica de un viaje, pero más que de iniciación o de maduración, se trata de un viaje de búsqueda del destino. Lo que hace en realidad este adolescente, es buscar su lugar en la vida”.

 «Historia castellana y llena de mentiras verdaderas» (como anuncia su dedicatoria), Alfanhuí ha quedado inscrito como el primer relato español dentro del realismo mágico

 “La historia de Alfanhuí es picaresca, surrealista, viaje iniciático, novela de crecimiento, cuento y narración realista. Tiene formas de El Quijote, y bastante afinidad con el Lazarillo de Tormes, porque, -como un Lazarillo moderno y no de mediados del siglo XVI- entre una y otra andanza va creciendo el protagonista por los viejos pueblos y polvorientas rutas tan bien descritas por Ferlosio”.

Se puede considerar la autobiografía si acaso de la niñez de su mismo autor, que, en tercera persona, habla de sí mismo cuando era niño, cuando era Alfanhuí, con la pretensión de agotar con su propia historia idealizada el tema universal de la pérdida de la inocencia infantil”.

“Alfanhuí es un caso único en nuestras letras. Una primera, magnífica y rara novela”.

“Con Alfanhuí, Ferlosio escribió el libro más hermoso de su tiempo”

“¿Es Alfanhuí, en un sentido amplio, prosa poética? Desde luego que en esta obra la poesía desborda la realidad: las descripciones, en algunos momentos, consiguen un muy elevado tono lírico, y, por doquier, se encuentran sorprendentes comparaciones, vivas imágenes e inusitadas personificaciones”.

“La impresión primera que origina Alfanhuí en todo buen lector es dilucidar la imprecisa barrera entre fantasía y realidad, al contar en términos de un realismo descriptivo tradicional -ceñido a una geografía y ubicación bien precisa- sucesos de la más pura fantasía”.

“Real en las andanzas de Alfanhuí , es el cañamazo geográfico y ambiental que les sirve de soporte, pero sobre aquel ha bordado el autor un mundo intemporal, donde reina a sus anchas la diosa Fantasía”.

“Alfanhuí de Ferlosio es una auténtica “rara avis” en la descomunal y desigual obra ferlosiana, aunque tal vez contenga, como ninguna otra, un a modo de compendio y exhibición de la principal clave de su escritura: el vuelo poético, la creencia en la capacidad de la lengua para crear realidad. Así que fue un placer sumergirse en sus páginas para volver a comprobar que es posible alcanzar la perfección en el arte de escribir. A veces de forma tan en apariencia sencilla y redonda como en este texto, que bien podría tomarse como un ejemplo del cuento perfecto

“Industrias y Andanzas de Alfanhuí merece un lugar de honor dentro de la literatura española. Jamás existirá otra novela capaz de gustar y conmover de la extraña manera de la que lo hace Alfanhuí. Todos los amantes de la literatura deberían leerla y sacar sus propias conclusiones, sobre los misterios de la infancia, la vida, la búsqueda de la belleza, la diferencia entre lo real y lo deseado. Jamás Castilla fue tan de cuento de hadas y jamás la fantasía en castellano fue tan real. Una historia precursora del realismo mágico, un relato de fantasía y surrealismo hecha obra pictórica, una novela sobre colores y sobre naturaleza, un tratado sobre ilusión y realidad. Una obra de arte”.

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[La piedra de vetas]

El cuento que titulo “La piedra de vetas” pertenece al capítulo V de Alfanhuí, titulado De cómo Alfanhuí llegó a encender el fuego y la larga historia que el Maestro le contó.

Según el Diccionario de la RAE, piedra de vetas es aquella, que por su calidad o color se distingue de la masa en que se halla interpuesta.

En la tradición budista tibetana existe un pequeño objeto de gran fuerza simbólica y extraordinaria belleza: el Dzi o Gzi. Su significado es “brillante”, “luz”, “esplendor” y está realizado con un fragmento de ágata que suele pulirse en forma cilíndrica o alargada, a veces también en medialuna. Lo que distingue a los Dzi de otras gemas es su color marrón oscuro, casi negro, y las vetas que forman dibujos en la superficie.  Estos motivos no son obra de los artesanos sino de la propia naturaleza y pueden ser circulares, ovalados, cuadrados, en olas y rayas.

Estas curiosas piedras pertenecen a la extraordinaria cultura tibetana, y por eso los Dzi están presentes todavía en toda el área del Himalaya, desde Bhutan hasta el norte de la India y Pakistán.  También se encuentran en la China budista, donde a este término viene asociado al significado de “piedra del paraíso” o “perla del cielo”. Cada Dzi es único, porque a cada uno se le atribuye un valor distinto y un significado intrínseco especial, ligado a su simbología: la creencia más difundida sostenía que quien lo tuviera sería dueño de una gran cantidad de beneficios, como protección, prosperidad, bienestar, fortuna… A estas piedras también se les atribuyen poderes para alcanzar el bienestar espiritual, de desarrollar un equilibrio positivo y como defensa ante cualquier dificultad. Sin embargo, un requisito importante para poder gozar del Dzi era donarlo o también encontrarlo; no se podía comprar y mucho menos robar o intercambiar, so pena de perder todas sus virtudes. En fin, las más valiosas de estas piedras mágicas (o Dzi) es que tienen que tener el dibujo de las vetas muy bien trazado y claro, con formas regulares y proporcionadas, el color intenso y su aspecto brillante y sin imperfecciones.

***

El anciano Maestro de Alfanhuí (el disecador, a quien siempre apreciaría y respetaría, es el personaje más bondadoso, la mejor persona de todo el libro; su contrafigura es don Zana, la peor persona – pero, ojo, es un maniquí- que Afanhuí  encuentra en sus andanzas) aparece por primera vez en el capítulo III, en Guadalajara, y lo primero que hizo fue ponerle nombre:

El maestro miró al niño de arriba abajo con unos ojos muy serios y dijo:

_-¿Tú? Tú tienes ojos amarillos como los alcaravanes; te llamaré Alfanhuí porque es el nombre con que los alcaravanes se gritan los unos a los otros. 

El maestro contaba historias por la noche. Cuando empezaba a contar, la criada encendía la chimenea. La criada sabía todas las historias y avivaba el fuego cuando la historia crecía. Cuando se hacía monótona, lo dejaba languidecer; en los momentos de emoción, volvía a echar leña en el fuego, hasta que la historia terminaba y lo dejaba apagarse. Una noche se acabó la leña antes que la historia, y el maestro no pudo continuar. —Perdóname, Alfanhuí. Dijo y se fue a la cama. Nunca contaba historias si no en el fuego y apenas hablaba de día.

“Además de los momentos tristes en las historias contadas por el maestro y la muerte de la criada, el terrible suceso que acabó con la vida del maestro en la que unos hombres con antorcha y armados que acusaban de brujo al maestro, le hirieron y destruyeron la casa además de quemarla. Alfanhuí y su maestro tuvieron que huir, y aunque lo consiguieran, el maestro no pudo sobrevivir a las heridas y murió en los campos de Guadalajara, en un pueblo de aspecto envejecido por sus habitantes y aspecto. Antes de morir el maestro, Alfanhuí echó a llorar por primera vez en su vida, además, el maestro le dijo que debería volver con su madre, y eso hizo tras tres días de viaje”.

                                                     [La piedra de vetas]

Cuando yo era niño, Alfanhuí, mi padre fabricaba lámparas de aceite. Trabajaba todo el día, y hacía candiles de hierro para las cabañas y lámparas de latón dorado para los palacios. Hacía mil y mil clases de lámparas distintas. Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la «piedra de vetas». Era esta una piedra que decían durísima, pero porosa como una esponja, y que tenía el tamaño de un huevo y la forma de una almendra. Tenía esta piedra la virtud de beber siete tinajas de aceite. La dejaban en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño.

Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender, para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente. Cuando se quería también podía apagarse. Pero si se quería de nuevo el aceite, sólo una lechuza sabía sacárselo, hasta dejar la piedra enjuta como antes.

Mi padre hablaba siempre de esta piedra, y nada hubiera deseado en el mundo tanto como tenerla. Mi padre solía mandarme por los caminos para que aprendiera los colores de las cosas, y yo tardaba muchos días en volver.

Un día salí para uno de mis viajes. Llevaba un palo al hombro, y en la punta del palo, un pañuelo con merienda. Iba por un camino calizo entre colinas de polvo, sin hierba, con apenas algunos árboles secos donde se posaban las urracas. También había por el campo muchos hoyos y harapos y pucheros de barro quebrados, y ruedas y destrozos de carro y otro sin fin de despojos, porque todo lo que se rompía iban a tirarlo a aquella tierra. Apenas nadie iba por el camino porque era un día de mucho sol, y el sol era muy malo allí, aunque todavía no había entrado el verano.

A lo lejos vi una figura sentada en una piedra, orilla del camino. Al llegar vi que era un mendigo y me decía: «Dame de tu merienda.»

Me hizo un sitio en la piedra y nos pusimos a comer. Entonces vi cómo era. Llevaba unos pantalones oscuros, hasta media pantorrilla, y un chaleco pardo, del que asomaban los hombros y los brazos desnudos. Pero su carne era como la tierra del campo. Tenía su forma y su color. En lugar de pelo, le nacía una espesa mata de musgo, y tenía en la coronilla un nido de alondra con dos pollos. La madre revoloteaba en torno de su cabeza. En la cara le nacía barba de hierba diminuta cuajada de margaritas, pequeñas como cabezas de alfiler. El dorso de sus manos también estaba florido. Sus pies eran praderas y le nacían madreselvas enanas, que trepaban por sus piernas, como por fuertes árboles. Colgada del hombro llevaba una extraña flauta.

Era un mendigo robusto y alegre, y me contó que le germinaban las carnes de tanto andar por los caminos, de tanto caerle el sol y la lluvia y de no tener nunca casa. Me dijo que en el invierno le nacían musgos por todo el cuerpo y otras plantas de mucho abrigo, como en la cabeza, pero cuando venía la primavera se le secaban aquel musgo y aquellas plantas y se le caían, para que nacieran la hierba y las margaritas. Luego me explicó cómo era la flauta. Dijo que era al revés que las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada.

Me pasé la tarde hablando con él, y se nos vino la noche encima.

El mendigo me invitó a dormir en su tueca de árbol. Anduvimos un rato y llegamos a ella. Era un árbol grande, y había dentro muchas cosas que no se veían bien. El hueco del tronco era altísimo, subía en forma de cono y la madera hacía crestas, vueltas de arista hacia adentro, como las láminas de las setas. Arriba, se veía azulear la noche con estrellas.

El mendigo encendió un candil, y yo vi una llamita blanca, luminosa. Era la piedra de vetas. Entonces le conté cómo mi padre había codiciado siempre aquella piedra, y el mendigo, que era generoso, me la dio. Apenas pude dormir aquella noche, y a la mañana siguiente tomé el camino de vuelta. Llegué a mi casa gritando: «¡Padre, padre!»

Pero al entrar en el cuarto de mi padre vi que había muerto. Todos estaban alrededor de él, quietos y callados. Ni siquiera miraron cuando yo entré. Mi padre estaba tendido sobre una mesa, envuelto en una venda blanca y se le veía tan solo la cara. Tenía la boca abierta como un viejo pez y la luz de cuatro lámparas de aceite brillaba en la rendijita vidriosa de sus ojos entreabiertos. No miré más, y me fui a llorar con la cara envuelta en una cortina morada que había en mi casa, que era la cortina donde lloraba siempre.

—Algunos días después de que lo hubieran enterrado escogí yo la lámpara más bonita que pude hallar y preparé un candil con la piedra de vetas para llevarlo al camposanto.

Mi padre dormía en una cueva, debajo de tierra, metido en una urna de cristal. Sin que nadie me viera entré allí y colgué la lámpara en la pared, a la cabecera. Luego la encendí con la que traía y miré el rostro de mi padre a la luz de la llamita blanca.

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