*Miguel Díez R. «El viejo profesor»

En los momentos actuales, en los que se aplican nuevas y avanzadas tecnologías en la enseñanza: la pizarra digital interactiva, el ordenador y la impresora, los móviles, Google, YouTube, etc. los viejos profesores sabemos lo importante que es tener un libro en las manos. 

Nací a finales de 1937, en plena guerra civil. En mis años de jovenzuelo asistí a una escuela mixta de un pueblo del noroeste de la montaña leonesa. Cuando éramos muy pequeños, escribíamos en pizarras individuales y marco de madera, con pizarrines blandos, llamados de manteca o de piedra dura, hechos de tiza o de pizarra. Teníamos a mano un trapo para borrar, tras haber escupido para facilitar la tarea. Los maestros de sueldo escaso -algunos beneméritos camuflados de la Institución Libre de Enseñanza- ponían los números o cuentas muy simples o palabras y pequeños textos en la pizarra grande de la clase y nosotros los copiábamos en nuestras pizarras pequeñas. Los maestros nos los corregían o explicaban.

 Después vinieron los tinteros en cada pupitre, con tinta preparada por nosotros y las plumillas que se mojaban en el tintero y emborronaban nuestros pobres cuadernos. 

La jornada escolar tenía un momento culminante, cuando, con distintos métodos, todos los alumnos nos poníamos a leer todos los días. Era no sólo un ejercicio de aprendizaje de una técnica, sino también una tarea de mantener la destreza lectora, un medio de acceso a conocimientos diversos, una llamada a la disciplina y, sobre todo, una actividad para la creación de hábitos y actitudes. Lograr en los alumnos hábitos de lectura fue siempre, hoy también lo debe ser, una de los mayores empeños y satisfacciones de todo buen maestro. 

Con los más pequeños trabajaban los rudimentos de la técnica: el método era a partir de las letras, o, como mucho, de las sílabas. Sólo eran necesarios el catón, la cartilla y el encerado.

Los que ya sabían leer, lo hacían colectivamente sobre un libro, para perfeccionar la entonación, el ritmo o la expresividad. Los libros de lectura eran, pues, uno de los recursos materiales más significativos en la escuela tradicional. En ellos se vertían tanto conceptos sobre la sociedad y el individuo, como contenidos acerca del mundo, las letras, las artes o las ciencias. 

Por esto, tener una pequeña biblioteca en la clase era una de las grandes ilusiones del buen maestro: “Lecturas escogidas para niños”, “Primer libro d lectura”, “Lecturas graduadas”, “Lecturas” de la imprescindible editorial Luis Vives… han sido libros clásicos de lectura; sin olvidar que el más leído era —lectura obligada en las escuelas— el inmortal «Quijote para niños». «Fábulas acomodadas” de Samaniego….

Sin embargo, el libro escolar por excelencia, junto con los de lectura, era la enciclopedia. Se trataba de un libro, por lo general sólidamente encuadernado, que incluía todas las materias del plan de estudios primario, adecuadas a las formas de trabajo escolares: contenidos, ilustraciones, ejercicios, resúmenes. Tal era el libro de texto, único, que el alumno debía manejar y asimilar a lo largo no sólo de un curso, sino de todo un ciclo o grado de enseñanza de los que, con criterio un tanto informal y muy libre, integraban el conjunto del nivel primario. A saber: grado Elemental, grado Medio y grado Superior. La enciclopedia tenía la ventaja de su economía y la facilidad de transporte.

Y en las paredes, colgadas, el mapa del España, un viejo y anacrónico, mapamundi, y otras láminas de plantas, animales, etc.

Pasaban los años y, en mi caso, llegaron otras lecturas como Flor de leyendas (1932), premio nacional de literatura, de Alejandro Casona -qué texto tan admirable, incluso par alumnos de hoy. Una joyita. “El Libro de la Selva” (1884) de Rudyard Kipling, no completo, solo el que narra las aventuras de  Mowgli, el niño lobo. Más adelante La isla del tesoro (1883) y Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), y otros muchos y diversos libros; pero, finalizo, porque lo que dije bien corroborado está: he sido un alumno y después un profesor, siempre con un libro en las manos.

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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