Un poema

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Luna de agosto

Más allá de las colinas amarillas está el mar,
más allá de las nubes. Pero tremendas jornadas
de columnas ondulantes y crepitantes en el cielo
se interponen ante el mar. Aquí arriba está el olivo
con la charca de agua que no alcanza para verse reflejado
y los rastrojos, los rastrojos que nunca se acaban.

Y se alza la luna. El marido está tendido
en un campo, con el cráneo agrietado por el sol
—una esposa no puede arrastrar un cadáver
como un saco—. Se alza la luna, que proyecta algo de sombra
bajo las ramas retorcidas. La mujer en la sombra
eleva una risa aterradora hacia el rostro de sangre
que coagula y que inunda cada pliegue de las colinas.
No se mueve el cadáver tendido en los campos,
ni la mujer en la sombra. Sin embargo parece
que el ojo sangriento haga guiños a alguien y le indique un camino.

Llegan, desde lejos, largos escalofríos
por las desnudas colinas y la mujer los nota en su espalda,
como cuando corrían por el mar de trigo.
Invaden también las ramas del olivo perdido
entre aquel mar de lun y ya la sombra del árbol
parece a punto de replegarse y de engullirla a ella también.

Se precipita al exterior, bajo el horror lunar
y le sigue el murmullo de la brisa sobre los guijarros
y una tenue silueta que le agarra los pies
y el dolor en su regazo. Se adentra de nuevo, inclinada, en la sombra
y se tumba entre los guijarros y se muerde los labios.
Debajo, la tierra, oscura, se baña de sangre.

Cesare Pavese

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