El viejo profesor, don Miguel Díez R.

David F. Villarroel fue alumno mío en el Seminario Menor de León en unos años muy lejanos y bien recordados. Nació (1952) en Tejerina, un precioso pueblo de la montaña leonesa, famoso por su paisaje , su ganadería,  uno de los focos históricos de la trashumancia de rebaños de ovejas. Ha sido, hasta su jubilación,  catedrático de Lengua y Literatura Castellana en el Instituto de Santa Eulalia en Barcelona y ha publicado novelas, libros de cuentos y poemas  con varios premios. Su mayor dedicación e interés se ha centrado en la didáctica  de la Lengua y Literatura Castellana: Diccionarios, antologías de grandes poetas, varias antologías de lectura, libros de lectura fácil para adolescentes o personas  con dificultades de comprensión, ortografía castellana,  Literatura Universal etc.

Colabora semanalmente en el diario La Razón de Barcelona con artículos de temas muy variados, pero todos escritos con la gracia y la perfección de un profundo conocedor de nuestra lengua.
Siempre, desde aquellos antiguos tiempos, he mantenido un estrecho contacto con él  y muchas veces le he dicho que el maestro siempre se enorgullece de que su discípulo suba en su profesión más alto que él . 

El artículo de David que hoy brindo a los lectores de Prensa Social creo que puede ser un regalo que disfrutaréis con fruición.

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

 

Por la letra u se va a esa isla imaginaria dotada de un sistema político, social y legal: utopía

 Uso y utilidad de la letra «u» La Razón

DAVID F. VILLARROEL

La u es la letra más humilde y servicial.

Por culpa de lo primero, no solo es la última de las vocales, sino que le dio vergüenza siempre ser la primera letra de una palabra, y por eso son tan pocas las que, encabezándolas ella, aparecen en el diccionario. Tan pocas que caben en 8 páginas en la última edición del Diccionario de la Real Academia, una cifra muy inferior a la de sus cuatro hermanas por el modo de ser articuladas, sin que el aire expirado encuentre ningún obstáculo en la cavidad bucal: la a, apasionada y ambiciosa, acapara 179 páginas; la e, que se enorgullece de ser excelente y se las da de elegante y exquisita, se extiende por 115; la i, con esas ínfulas de ilustre e incisiva, inspira 43; la o, oronda y obtusa, ocupa 28.

En la u todo está abierto por arriba, como en un valle o en una herradura, y hay por eso simas umbrías que dan miedo, con el ulular del búho, el graznido de la urraca y el reclamo amoroso del urogallo…

La u es servicial como un ujier y por eso se puso al frente de palabras como útil, uso, unir, urdir, uncir…

Por servicial marchó también a servir de ungüento y unción a otras letras, aunque ni siquiera se la oye, porque no suena, solo como apoyatura y adorno, y sin ella no tendríamos ni las cosas del querer, ni quimeras, ni croquetas, ni quirófanos, ni bosques, ni obsequios, ni chaquetas, ni nos quedaríamos quietos oyendo tocar una orquesta (ni recurriríamos a la queja, que siempre trae descrédito, ya lo dijo Baltasar Gracián). Y gracias a ella hay higueras, y guitarras, y águilas, y guepardos, y juguetes, y albergues, y guisantes (aunque alguien la engañó y la utilizaron también para las guerras y la guillotina).

Y luego está el caso de los dos puntitos con que la adornan y resaltan, que si aceptó fue para que hubiera cigüeñas y pingüinos, paragüeros y desagües, piragüistas y lengüetas. Ahí se la ve descolocada, llena de vergüenza, porque no le gusta destacar, y por menos de nada se quita los dos redondeles de encima; y si no que se lo digan a los estudiantes, que en cuanto se descuidan un poco se les escabulle de la hoja del cuaderno o de la pantalla del ordenador y ahí los dejan expuestos a la ira ortográfica del que luego corrige y tacha en sus escritos la antigüedad o el piragüismo o la lingüística (u otras menudencias, como averigüenamortigüeavergüencen…).

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