«España es un país de viejos» rezaba ese cartel de cine. Y es que es verdad. La España de la Transición, esa que está en la llamada mediana edad, está siendo arrastrada por el tsunami progre que nos sumerge sin querer en un sindiós para hacernos ver que somos eternamente jóvenes, y no. Nosotros también somos viejos, entonces.

Verán ustedes: ésta, que no es otra cosa que una reflexión en voz alta, me hace preguntarme cómo sobreviven personas nonagenarias, octogenarias, septuagenarias, etcétera, entre tanta imbecilidad. Ellos, los que realmente levantaron el país con esfuerzo, nos enseñaron que sin éste, la nación nunca habría superado los horrores de la guerra, están siendo vejados a diario.

En estos últimos años me deleitaba escuchando cómo un matrimonio de octogenarios a los que siento como parientes míos me hablaban de su infancia en los años cuarenta, con todo cuanto acontecía en el campo, en las casas, en esos lugares en donde todos eran de alguien, con quien se los identificaba para mayor gloria de cuantos los precedieron y legítimo orgullo propio.

«En las casas no se tiraba nada», me decía don Fernando. «Las gallinas se comían las sobras»; «íbamos al campo a trabajar cantando y las mujeres cosían los vestidos, las ropas del hogar y cuanto se necesitara», añadía su esposa, doña Juana, con la que lleva casado 55 años. «Porque todo era de todos y todo se hacía por el bien común», aseveraban. Qué belleza de palabras; qué maravilla esos días de paz en donde lo auténtico —que es eso— era el mejor regalo de todos: su enorme sabiduría, su presencia.

Estas personas, las que siguen vivas, se han adaptado magistralmente al progreso; a la innovación, a mirar cómo un aspirador se deja una pelusa y es incomprensible —porque para eso está, para perseguirla—. Navegan algunos por la red, envían guasaps a los nietos y están en contacto por vídeo con aquellos a los que quieren, pero globalmente son invisibles para esta sociedad del buenismo; de la intolerancia, del ser «alto-joven-guapo» y pregonar a los cuatro vientos su falsa felicidad tiktóker.

Y en ese devenir han visto varias legislaturas tras los cuarenta años de dictadura; y se adaptan a las majaderías de los advenedizos que han de llamarse a sí mismos cargos y cargas públicas —que si no me pegan las miembras, oiga—; y ahora, con unas perras que les suben de la mísera pensión, cuentan cada céntimo para sobrevivir entre el frío, porque la ultrajante factura de la luz —y el gas y la gasolina y no digamos los alimentos— les asola cada mes. Como hicieran en la guerra, con un puñado de garbanzos se alimentan y muchos, más de los que creemos, reparten a sus respectivas familias lo poco que les queda cuando vienen mal dadas. Porque estos viejos a los que tanto desprecian las Botines y demás empoderadas por el dinero son, otra vez, los que han sacado el país adelante.

Se desprecia la vejez, no hay más naranjas.

Nos hemos llevado las manos a la cabeza esta semana cuando hemos visto cómo a un fotógrafo de 84 años, René Robert, que sufrió el pasado año una caída en una concurrida calle París, quedando inconsciente, nadie le atendió en nueve horas, con lo que falleció por hipotermia. La pregunta es siempre la misma: ¿se habría acercado usted? ¿Quién quiere a los mayores? Los llamados ancianos, ésos que tienen mala pinta, ésos que despreciamos porque no son como nosotros…

La hipocresía se entremezcla con la piedad y, por esa aplicación llamada «falta de valores» donde hemos anclado nuestro ser, creemos que con ayudar una vez ya hemos vendido todo el pescado. Porque no se estila abrirle la puerta a una persona mayor; dejarla pasar; cederle el asiento en el metro así no pueda con su alma. Porque todo se educa pero los padres progres no se han detenido en decirle al niño criado con el balanceo de la tableta que esas cosas hay que hacerlas. Luego no se hacen.

Y recuerdo quizá, con más dolor que otra cosa, aquellas palabras que decía mi queridísimo padre, quien me forjara en valores reales, sólidos y contundentes acerca de esto que tiene que ver con la discapacidad cuando fue maltratado y vejado por ir en una silla de ruedas en aquellos años…. ¡Queda tanto por hacer…!

Y entre el «mucho lirili y el poco lerele», también veo y leo cómo vividores de este negociado se adentran en el mundo de la subvención para no pegar ni con un palo el agua mientras el que sufre, el que tiene una discapacidad, no puede leer porque nadie le considera; no puede caminar por Madrid porque es un infierno; no puede atender una clase si no hay bucle magnético o se ve arrollado por las masas que sí tienen piernas y no silla de ruedas en una ciudad grande, «porque yo lo valgo», como rezaba aquel anuncio de champú.

No digamos el que espera más de dos años a tener dictaminado su grado de discapacidad y mejor dejamos a un lado lo indigno de ver cómo muchos, cientos de miles, han fallecido sin obtener su cuantía por dependencia. Una vergüenza del Ministerio de las secuaces amiguis que tienen treinta años y no se sienten mayores, aún.

Eso sí, bajo la frase«hemos avanzado mucho», creemos que ya está todo bien y a los que sufren, que les den morcillas, que es muy español.

¿Y a qué viene todo esto? Pues sencillamente que están en el mismo cajón del olvido. Porque las personas mayores —que somos todos— iremos viendo día a día cómo nos duele la rodilla al levantarnos; cómo tenemos que poner más alta la tele porque no oímos nada, y cómo las gafas de vista cansada aumentan de dioptrías porque no nos sirven ya. Y en ese enjambre de achaques —que van ligados indefectiblemente a la edad— nos adentramos en esos dos mundos; somos ya mayores y además tenemos una discapacidad. Todos dejaremos de andar, de ver, de oír, de entender pero todavía nos creemos muy listos y eso les pasa a los abuelos o a los discapacitados, palabro donde los haya.

Así que a los que mandan, con los que me meto, porque realmente creo que no miran para dónde es, les ruego que se tengan en cuenta porque ustedes —y digo se— porque también están en el mismo lote. De un día para otro la vida puede cambiar por la salud, pero de año en año, a partir de la quinta década dejamos de ser candy-candy y pasamos a ser los señores de, póngale usted la enfermedad que prefiera.

Acaso el apellido se lo pondrá el mejor postor; ese que se cree que el abuelo es tonto y le habla a gritos o con voz condescendiente trata a una mujer en una sala de espera como si fuera lerda. No digamos el maltrato de los bancos, recientemente sonado; las aplicaciones para dar un parte, comprar algo o morirte, porque a este paso eliges la caja por Amazon. Y en la enfermedad, intentas pedir la llamada cita previa —esa que te dan en el año 25— para cuando estés jodido pero contento, etcétera, etcétera.

Porque la discapacidad llega y no te pregunta qué edad tienes —ténganlo en cuenta— y solo entonces, sabrá de qué le estoy hablando.

¿Saben una cosa? Hablamos del ultraje al mayor pero nos olvidamos que muchos de cuarenta dicen aún la frase, «yo de informática no tengo ni idea, ¿eh?» y con ello justifican ser atendidos a la vieja usanza, eso sí, son todos aún muy cools, muy trending, muy topic y muy mamarrachos, que en castellano suena de puta madre. Ayudar, no ayudan y cambiar todo este negociado para que sea para todos, ni hablar. Porque justificamos que los 70 son los nuevos 50; los 50 son los antiguos 40 y así vamos bajando porque no queremos ver en dónde andamos realmente. Eso sí, viejos son los otros, recuerden.

Y mientras nos vemos sumergidos en esa imbecilidad —que ha venido para quedarse— la vida pasa y «ande yo caliente, ríase la gente» (que viene que ni al pelo), dice un refrán español.

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