La esclerosis múltiple es una enfermedad sensible a varios factores; entre ellos, la falta de sueño prolongado en la adolescencia, según una nueva investigación

Tras el estudio que aseveraba que la inflamación resulta clave para evitar el empeoramiento de la esclerosis múltiple (EM), ahora llega un nuevo trabajo científico desde Suecia que sostiene que tanto los patrones de sueño irregulares como la escasez de descanso nocturno en la juventud representan un factor de riesgo para el despertar y desarrollo de este trastorno neurodegenerativo, en el que el sistema inmunitario tiende a atacar la cubierta protectora de sus propias células nerviosas, repartidas por la médula espinal, el nervio óptico y el cerebro.

Cuando el dormir muy poco y mal es un empujón hacia la EM

Los resultados del trabajo en cuestión, desarrollados por investigadores del Instituto Karolinska, en Suecia, y publicados este lunes en la revista especializada ‘Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry’, vienen a sugerir que existe una asociación directa entre el sueño de mala calidad o la falta de horas de sueño durante la adolescencia, con un mayor riesgo de desarrollar esclerosis múltiple al alcanzar la adultez.

En este sentido, los autores del ensayo dejan de vincular a la EM a una causalidad de los influjos de los factores genéticos y ambientales, llegando a alistar a la cantidad y calidad del descanso entre los factores que exponen a sufrir de EM, junto al IMC o peso corporal en la adolescencia y el fumar, la exposición al sol y la vitamina D, la infección por el virus de Epstein-Barr y ciertos elementos medioambientales; y es que los autores propone que el simple hecho de registrar suficientes horas de sueño reparador puede ayudar a prevenir una futura aparición de la afección, siempre y cuando dicho descanso verdadero se produzca mientras se es joven, eso sí.

Durante la realización del ensayo, los autores contaron con más de 5.000 sujetos sanos y enfermos de entre 12 y 19 años, entre 2005 y 2013 y 2015 y 2018, reclutados de hospitales y clínicas de neurología privadas; a fin de observar mejor su teoría, optaron por emparejarlos con dos personas sanas seleccionadas al azar del registro nacional de población, siguiendo diversos criterios de evaluación como el sexo y la edad y el área residencial.

Tanto Torbjörn Åkerstedt como Tomas Olsson encabezan la autoría de esta investigación, junto a Lars Alfredsson y Anna Karin Hedström. Todos ellos, a decir verdad, centraron el foco de su trabajo en los patrones de sueño desarrollados entre los 15 y los 19 años, particularmente, para lo cual realizaron un análisis final basado en 2.075 personas con EM y 3.164 sin la afección; los cuales, por cierto, se encontraban en la franja etaria adolescente antes señalada cuando se incorporaron al ensayo.

Ahora bien ¿cómo consiguieron medir la relación de la cantidad de sueño y el riesgo de esclerosis múltiple?

Sencillamente interrogaron a los voluntarios sobre el tema, invitándoles a detallar sus patrones de sueño a diferentes edades, desde la duración del sueño en sí en los días de trabajo o escuela, o días libres o fines de semana, hasta los modelos de descanso sostenidos en los días libres o fines de semana. De hecho, los cambios percibidos en el tiempo de sueño entre los días de trabajo o clase y los fines de semana o días libres, rondaba diferentes tiempos, aunque se clasificaron en tres: menos de 1 hora/noche, 1 a 3 horas y más de 3 horas, calculándolo siempre en la adolescencia de 15 a 19 años.

De esta forma, definieron al “sueño corto” como menos de siete horas por noche, al «sueño adecuado» al que se establece de 7 a 9 horas; y el llamado “sueño prolongado”, el que dura de 10 o más horas. De igual forma, también se pidió a los participantes que calificaran la calidad de su sueño, pero en diferentes períodos de edad, usando una escala que determinaba que 5 equivalía a “muy bueno”.

«Por supuesto, se conoce bien que con la adolescencia cambia el patrón de sueño y que la mayoría de los adolescentes están faltos de sueño; pero esto no tiene por qué aumentar el riesgo de la esclerosis múltiple», en palabras de Pablo Villoslada, neurólogo líder del grupo de Neuroinmunología del Idibabps-Hospital Clínic y profesor adjunto en la Universidad de Stanford.

«En este estudio demuestran que dormir menos de siete horas aumenta ligeramente ese riesgo. Como ellos dicen, no quiere decir que esto sea la causa, podría ser la consecuencia de estar ya incubando la enfermedad (lo que se llama el pródromo de la enfermedad en medicina)».

Cabe añadir, asimismo, que la edad promedio del diagnóstico de la esclerosis múltiple en estos participantes fue de 34 años; un diagnóstico cuyo riesgo aumentó conforme las horas de sueño disminuían y la calidad del descanso conseguido iba a peor.

¿Cuál es la buena noticia en todo esto?

Que el sueño prolongado quedaba fuera de esta interesante asociación del sueño versus riesgo de enfermedad neurológica de la EM, manteniéndose inmune incluso en los fines de semana o en algunos días libres.

«Respecto a cómo podría causar la falta de sueño un mayor riesgo de esclerosis múltiple podría deberse a una peor regulación de la respuesta inmunitaria debido al estrés crónico de la falta de sueño», en opinión del neurólogo Villoslada. Después de todo, y tal y como explicó este experto, «todas las funciones fisiológicas como sueño y respuesta inmunitaria están muy relacionadas entre sí».

En cualquier caso, los autores de la investigación advierten que los resultados de su trabajo no son infalibles y, por tanto, deben interpretarse con cautela, debido sobre todo a la posible causalidad inversa, donde la falta de sueño podría ser más bien una consecuencia del daño neurológico y no al revés, básicamente.

«El sueño insuficiente y la baja calidad del mismo durante la adolescencia parecen aumentar el riesgo de desarrollar en la edad adulta», en palabras conclusivas de los investigadores, quienes añadieron por último que «el sueño reparador suficiente, necesario para el funcionamiento inmunológico adecuado, puede ser otro factor preventivo».

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