Pasan los años y nosotros con ellos. Cada vez que nos detenemos ante la vida en días como hoy, vemos que algunos de nuestros iguales ya no están. Hacemos el recorrido hacia atrás que nos permite enlazar un acontecimiento con otro y percibimos que quizá, según recordamos, cualquier tiempo pasado fue mejor, y no. Hoy, con muchas peplas los mayores vemos que viven más, pero muchos, pasados los noventa años se preguntan que para qué.

Nos adentramos en la primavera del año 24 y con ella la esperanza —esa que perdemos con cierta asiduidad— y finalmente la vida nos frena cuando se presenta una muerte, una enfermedad incurable, la vejez o ese freno intangible que nos ponemos nosotros.

Porque en el sufrimiento de las personas existe un corazón dañado; una persona cansada de luchar o alguien que confiesa haberse equivocado.

Nunca sabemos en dónde empieza el principio de ese cruel escenario que nos arrebata la poca alegría que nos queda. Porque cuando empieza un año, lentamente notamos que queda poco tiempo para aguantar idioteces; pensamientos obtusos o amigos que no lo son aunque nos cuenten esa frase manida de «estoy para lo que sea». Y no. En las malas, en las épocas de dolor, de soledad, de enfermedad, de angustia, de pobreza, de paro, de pesar, de todos los dolores posibles y probables, solamente están algunos miembros de tu familia y la mano que te acompaña en lo malo. Los demás y lo demás dejan de ser una realidad para convertirse en un recuerdo y no, no se está en las duras, solo en las maduras, y no siempre.

Antes, cuando era bonito tener la vida por delante, los planes y la juventud, pensamos que nos íbamos a comer el mundo y realmente en ese otro tiempo también sufrimos, no supimos atar las cosas y no contábamos con que la vida pasaba. Entretanto hicimos planes. Somos muy de hacer planes y de pensar en lo que queremos hacer si bien los días pasan y se nos escapan de entre las manos porque en la juventud no tenemos la sensación de estar viviendo.

«Cuando sea mayor», decíamos…

Ya somos mayores, cada día más. Ahora sería: «cuando tenga esto o aquello; cuando los niños crezcan; cuando cambie de trabajo; cuando gane más dinero; cuando no tenga peplas; cuando sepa más; cuando sea más hábil; cuando aprenda…»

Y de repente en un día como hoy, cuando dejamos otro año atrás, habiendo hecho el recuento de los que nos han dejado y mirando hacia el futuro que nos queda por vivir, nos preguntamos si verdaderamente estamos dispuestos a llegar a la vejez y con quién.

Vivir más, ¿pero para qué? Esta frase recurrente me la ha preguntado mi nonagenaria madre que ya no tiene amigas de su edad; apenas conoce gente como ella y si viven, ya no se reconocen ni a sí mismas. No todos los ancianos están validos, salen y entran y tienen vida propia; los hay dependientes, sufridores, muchos esperan a la muerte como única salida y casi todos se preguntan por qué son tan largos los días y tan pocas las ilusiones para mantenerse alertas.

De las enfermedades más crueles es la privación de un sentido; o dos, o tres. No ver, no poder oír, temblar o deambular con dificultad es muy duro porque el día es eterno y la adaptación es casi inexistente.

Decimos y hablamos de la eterna juventud y de lo bien que están nuestros mayores, porque entre el buenismo que procura mantenerlos válidos tampoco somos conscientes que un día se apagan. Y adaptarse en la vejez al devenir con dolor se hace, cuanto menos, insorportable. Entonces vienen las preguntas acerca de la longevidad y el pasar, porque esto se convierte en un pasar de casi una década esperando a ese día.

Tener fecha de caducidad ya no es importante porque todos los días son grises y las esperanzas —en plural— de un cambio o un giro vital resultan absurdas si hablamos de darnos cuenta de lo que se cuece llegada la ancianidad. Y luego estamos nosotros, que lentamente nos aproximamos a la sexta década de la vida y ya ponemos el contador en menos lo-que-queda…

Ahora resta acompañarles una década y saberse preso de un ticket que ya no tiene esperanza, que es lo peor de todo. ¿Cuánto me queda? ¿Qué resta hasta que me vaya? Recuerdo mientras escribo estas letras a los cientos de miles de ancianos que en la soledad de su habitación repleta de iguales con diversas patologías en residencias aparcados, viven o sobreviven entre la indiferencia de sus familiares y la bondad de quienes los cuidan. Esperan a lo mejor una visita —ya si eso—, y ya no lloran porque no tienen lágrimas de dolor sino de resiliencia, ese palabro tan utilizado por el presidente de esta nación en cualquier contexto.

Y en el interim se encuentra la espera; siempre ésta, la del dependiente, de la persona con discapacidad, del mayor que vive confinado porque no se puede mover; de esos abandonados…

Introduzcamos acaso también el amor para los que nos trajeron aquí y busquemos en la agenda ese hueco que sí le dedicamos a un fulano o fulana que acabamos de conocer y ni nos va, ni nos viene. Y en cambio, a los padres, a nuestros padres, los dejamos marchar sin esos momentos que ambos recordaremos.

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