Cualquiera que sepa algo de economía se da cuenta de que la subida del precio de la energía es para preocupar. Cuando el precio de los carburantes se dispara y caminamos a un precio del litro de gasolina cercano a los dos euros (1,7 a día de hoy), la noticia es muy mala y no tanto por el aumento a la hora de llenar el depósito del coche, que también, sino por lo que representa ese incremento y es que repercute en todos los productos de consumo como es normal.

Es decir, el aumento del precio de los carburantes afecta directamente al transporte de mercancías, repercutiendo en el coste de los productos de consumo.

Pero, además, no sólo sube el precio de los carburantes, sino que también se incrementan precios en electricidad y en gas. Todo esto ha llevado a que ya en septiembre nuestro Índice de Precios al Consumo (IPC) se haya situado en el cuatro por ciento, el nivel más alto desde octubre de 1912.

Y la siguiente alarma es si no se producirá una subida de los tipos de interés, que sería muy preocupante para nuestra altísima deuda pública, cerca del 125% del PIB, pues existe el riesgo de que los Bancos Centrales empiecen a retirar los estímulos fiscales ante una inflación tan alta, en un intento de controlarla.

En 2008 ya tuvimos una crisis financiera global que se debió al colapso de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos y que a España nos afectó hasta el año 2014, con caídas trimestrales de nuestro Producto Interior Bruto y consecuentemente de la riqueza nacional.

En este momento, la crisis va a tener una nueva definición, que ya conocimos en la década de los 70 y que se podría parecer a la actual, y es la de los productos energéticos. La consecuencia es la misma, altas cifras de inflación que influyen en todo el ciclo económico y con pérdidas muy importantes del poder adquisitivo para todos los ciudadanos.

Ante una alerta de estas características parecería importante que el Gobierno y la oposición estuvieran ya pensando las medidas que se pueden arbitrar en los meses próximos para mitigar una nueva crisis y de muy mal pronóstico. La primera medida sería empezar ya a negociar los precios del gas con el principal país suministrador y lograr también que el gas distribuido a través de barcos especiales no incrementara sus precios desorbitadamente. 

Similares medidas serían recomendables también con el precio de la energía eléctrica y actuar sobre los impuestos, sin olvidar que a las compañías se les pueden pedir sacrificios en base a todo el beneficio que tienen las mismas.

Y, por último, y no menos importante, actuar sobre los precios de los carburantes porque existe, y mucho, recorrido para que los precios de las gasolinas no se disparen y puedan mitigarse los incrementos.

Sin embargo, ante una alarma de estas características, parece que nuestro Gobierno no está preocupado ni manifiesta estar adoptando medidas que puedan frenar las consecuencias de una nueva crisis. Mientras tanto, la oposición sigue de gira por España y se hace la foto del día con más o menos acierto.

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