Facebook, ¡WhatsApp!, Instagram, Messenger… se cayeron ayer. Así rezaban los titulares ante el desastre sin precedentes de estas plataformas sociales en donde todos —con honrosas excepciones— anclamos comentarios, chistes, comunicados, noticias, felicitaciones, etcétera; en definitiva una vida que ya no es nuestra. La primera pregunta que el mundo se hizo fue cuánto iba a durar ese caos. La segunda, cuando pasaron las horas, fue: ¿cómo hacíamos antes?

En el devenir nos hemos instalado sin darnos cuenta en la comunicación mediata. No interactuamos con el otro porque el compromiso de hacerlo nos exige tener contacto con él. Él o ella, no me vengan con lo de siempre: yo hablo para todos. Y efectivamente, con el envío de una carita, saludamos; con el de la risa, sonreímos; y con el de la pena, damos el pésame, llegado el caso.

Y por ahí no es. La comunicación existe porque las personas«humanas», como diría esa lumbrera, nosotros, los miembros y «miembras» (como dijera otra) de ésta nuestra comunidad (Juan Cuesta dixit) necesitamos del contacto físico; ése que echábamos de menos en aquellos días de vino y dolor, porque rosas hubo pocas y clandestinas. Esos días de incesante confinamiento nos hicieron decir cosas que realmente nunca sentimos.

Recuerdo aquellas: «cuando termine todo esto…; «cuando nos volvamos a ver…»; «a ver si nos vemos pronto…»; y no sucedió. Porque cuando quieres ver a alguien, no existen impedimentos ni tampoco tiempo. No se detienen los relojes ni tampoco el espacio en donde cada día llenamos con afán eso que llamamos vida. Y ciertamente, en aquellos días terribles, echábamos de menos la libertad pero no a las personas, porque las que teníamos cerca; eran, sin duda, lo mejor que podríamos tener al lado. Estar confinados no es sinónimo de infelicidad, como estar conectados no es sinónimo de tener amigos.

Vivimos de cara al exterior sin darnos cuenta de las horas que invertimos en los canales del señor Zuckerberg, quien ayer perdió millones de dólares …o dejó de ganarlos, qué más da. Pobre, aún no sé cómo darle el pésame, si por túiter o por guasap. Lo cierto es que ahora vemos que nuestros jóvenes proyectan una vida para otros desconocidos a través del yo inexistente para luego encerrarse en las cifras del suicidio y en la desazón, porque su vida, la real, no tiene sentido alguno. Pero ¿y nosotros?

Futuros mayores que viven una vida proyectada en lo que tuvo lugar en una pequeña pantalla un día sin preverlo, sin darse cuenta de que lo que viven a diario es la verdadera vida que se les va de entre las manos. Nos quejamos de la tecnología, de la esclavitud, de la realidad en donde nos han instalado sin detenerse; y ahora, cuando nos quitan el caramelo no sabemos cómo rellenar las horas que dedicábamos a todo aquello.

Vivir es un asunto urgente, señores. No caigamos en las redes de Mark. Él se ha lucrado con nuestros datos, con nosotros, con lo que nos gusta, con lo que querríamos hacer; y nos ha vendido un mundo que no existe. Tanto, que ayer se cayó y no supimos volver al que teníamos antes, ése en donde crecimos y nos hicimos personas. No les arrebatemos la vida a los jóvenes; mostrémosles eso que los poderosos les ocultan para que crezcan en el país de Nunca Jamás. Su espíritu crítico se ha esfumado y sus respectivas vidas son propiedad de ese pajarraco llamado Mark. Ojo al dato, queridos mayores, nosotros tuvimos una oportunidad; no se la quitemos a ellos. Tres mil quinientos millones de personas expectantes, todos a sus pies…

Y así es la vida, señores. Cuando se cae el sistema, nosotros nos caemos con él. Porque llamar por teléfono, escuchar una voz y comprometerte con tu propia existencia es algo con lo que ya no contamos. Me quedo con las partidas de mus de los bares de antaño en donde ves Nokias de otro siglo cuyo usuario dice siempre: ¿para qué quiero más? Efectivamente: ¿para qué queremos más? Así que no le echemos la culpa al empedrao; sin d.

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