Las mañanas,

el golpe de los gallos

y aquel cielo,

donde el luto rasgaba la espesura,

me dolían

como duelen los muertos

que se llevan consigo la sombra de sus padres;

aquel cielo,

por si esto no bastara,

demolía las horas al frente de la casa.

Nos quedábamos tanto,

recluidos del aire,

de los mundos dispersos que nacen en los patios,

observando las grietas correr sobre la tierra,

observando el temblor de los espejos,

observando

el camino cerrado de las alcantarillas.

No éramos rehenes

o lo éramos

tan sólo en las lumbreras del verano.

El inicio del día

se abría para siempre en mitad de la lluvia.

Ibán de León

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