*Miguel Díez R. «El Viejo Profesor». El Albir, en la Bahía de Altea

“Doña Tere era una señora pequeñita y con algunas canas. Tenía con sus huéspedes muchos miramientos y era muy simpática. Una noche en que don Zana no volvía, Alfanhuí se quedó mucho tiempo hablando con ella. Era viuda; su marido había sido maestro. De su marido era el único libro que quedaba en la casa. Un libro con pastas color naranja que tenía en la portada una muchacha soplando sobre un molinillo. El molinillo se deshacía en pequeños vilanos que volaban. El libro se llamaba Petit Larousse Illustré. Alfanhuí se entretenía mucho viendo las figuras.
También contó la patrona la historia de su padre. Eran de Cuenca. Allí había conocido ella a su marido”. 

[El surco]

El cuento que denomino El surco aparece en el capítulo VI de la segunda parte de Alfanhuí, titulado: Donde doña Tere cuenta la historia de su padre y particularidades de la Silve y de don Zana.

Un día, hablando con mi hermano Luis Mateo Díez, me dijo que había vuelto a leer Alfanhuí y le había gustado mucho más que en anteriores lecturas. Como conocía mi contumacia lectora en la búsqueda de cuentos muy breves, me recomendaba este libro de Ferlosio, porque le parecía digno de que lo tuviera en cuenta en mis futuras selecciones, ya que aquí podría encontrar relatos brevísimos muy interesantes; además, en las antologías de microrrelatos al uso nunca los había visto recogidos. Me puse al loro, releí las andanzas del protagonista del libro que tenemos entre manos, y estuve de acuerdo con mi docto hermano. 

Mi nueva lectura de Alfanhuí me dejó apabullado. Hermosísima novela, digna de leerse de vez en cuando, que es lo que sucede con cualquier «pequeña» obra de arte: siempre nos descubre algo nuevo que no habíamos caído en las lecturas anteriores, sobre todo, si hacía bastante tiempo del encuentro literario con ella. 

 En una de mis lejanas audiciones en YouTube, que llevaban como título general Memorias de un viejo profesor, al final de la número 9, (¿El dinosaurio de Monterroso es realmente un cuento?) y como remate final de aquella disertación, concluía, más o menos, con estas palabras: «En media o una página se puede escribir un cuento brevísimo  —minicuento o microrrelato— y dejémonos de otras zarandajas como cuasicuento, hiperbreve,  relato bonsái, textículo, relato pigmeo, relato vertiginoso, ficción súbita, cuento alígero…- que nos impacte, nos deje tocados, y tengamos que levantar la vista del texto, para pensar un poco en lo que acabamos de leer».  

En una prestigiosa editorial, se publicó, hace no mucho tiempo, una amplísima antología de cuentos brevísimos (microrrelatos) hispánicos preparada por una “experta teórica” del mundo microrrelatano. Eran 73 autores, escogidos entre los años 1906-2011. Con un criterio de cierto rigor literario personal, solo pude señalar un puñado de ellos que me parecieron realmente interesantes. Una gran mayoría eran mediocres, inanes, intrascendentes…  

Conseguir un cuento brevísimo inolvidable es un logro que exige mucho esfuerzo y no poco tiempo. Un autor, conocido por sus indiscutibles aportaciones a este subgénero narrativo, decía que un cuento, de media a tres páginas, le llevaba, a veces, una semana entera de trabajo. 

Además del tema, el título, el inicio y el final, cada palabra, cada signo ortográfico, tienen que ser minuciosamente sopesados, mediante un procedimiento literario, una figura retórica llamado elipsis: despojar o modificar el pequeño texto hasta llegar a la difícil conclusión de que nada falta y nada sobra en ese diminuto texto, en aras de acercarse, lo más posible, a la inalcanzable perfección total.

 El cuento seleccionado, y que ahora nos ocupa, El surco, a mi entender, es digno de figurar en cualquier antología rigurosa de microrrelatos hispánicos.

Alfanhuí -además de otras muchas y extraordinarias cosas- se inclina más a la, llamemos, “pura creación literaria poética”, engendrada, como casi todo el libro, por la libérrima e irreprimida imaginación y fantasía, —siempre abiertas a la maravilla de lo inventivo— de su autor. Goytisolo dijo que en este libro “la poesía desborda la realidad”. Sin embargo, El surco, en concreto, es una excepción. En este cuentecillo no encontramos, ni con lupa, un solo elemento textual poético.

En cambio, es normal hallar, en toda la novela, frases de claro sesgo poético, como en estos ejemplos espigados al albur: “Era la cigarra de los bochornos plomizos, cuando se envenenan las sandías”“A las dos horas, todas las hojas estaban teñidas y el castaño era como un maravilloso arlequín vegetal”“Burbujas que explotaban como besos de boca redonda”. “Y las algas ondulaban, muy peinadas, por el fondo, como cabelleras al viento”. “Las grupas negras de los cerros, embozadas en sus capas”. “Sus ojos eran ahora como claras, espesas selvas, monótonas y solitarias, donde todas las cosas se perdían. Y caía la luz sesgadamente y se hacía silenciosa y pausada al trasluz de las hojas o se posaba en rachas sobre los claros del bosque, dando a la selva, con su variada sucesión de términos, una honda perspectiva interminable. Y desde lo profundo de aquel vario silencio, maduraba Afamhuí una nueva y multiverde sabiduría”…

El surco es un texto de duro y rudo realismo castellano, con una pequeña dosis de austera fantasía, un cuento, una historia condensada al máximo posible. 

Creo que no hay que evidenciarlo: ocho líneas en el tipo de tamaño de letras aquí adoptado, y que podrían reducirse más.  Frases cortas, continuos puntos y seguido como en casi todo el libro. Se cumple en él la antigua norma aristotélica: introducción -presentación del protagonista en las primeras frases. Nudo: desarrollo de la historia en las restantes frases hasta las cuatro últimas. que son el desenlace o final de la historia. Se acabó el cuento. Así pues: introducción, nudo y desenlace, como sucede en la mayoría de los grandes relatos -romances, cuentos que en el mundo han sido. Pero no en todos. Hay algunos magníficos que presentan un final abierto. ¿qué se pretende con ello? La respuesta es literariamente muy interesante, pero no nos concierne en este momento.

¿Qué más puedo decir de este brevísimo cuento? Nada. Que el buen lector, —el que sabe si un microrrelato es muy bueno, bueno, regular o malo— lo lea varias veces —alguna en alta voz—  y responda.

Su padre que era labrador y tenía algunas tierras, una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El hombre seguía andando, con sus manos en la mancera. Iban hacia Poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros y, por el mismo surco que había hecho, volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos”.

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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