La epilepsia rompe fábulas y mitos en su Día Mundial

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Las falsas creencias sobre la salud afectan negativamente a las enfermedades. En el Día Mundial contra la Epilepsia, es hora de acabar con unos cuantos cuentos.

Con una prevalencia del 0,7 por ciento en Europa, repartida en unos seis millones de habitantes en el viejo continente, la epilepsia aúna en su categorización a un grupo de patologías que afectan directamente al sistema nervioso central, manifestándose externamente en crisis epilépticas que son clínicamente diagnosticadas.

Aclarando conceptos sobre la epilepsia

En el Día Mundial contra la Epilepsia, aprenda realmente en qué consiste esta enfermedad tan conocida (de nombre) y tan incomprendida (en su total esencia). Hablamos de un trastorno cerebral, según este centro de expertos, que reseña en su definición la característica principal de mantener una predisposición continuada de futuras apariciones de crisis epilépticas.

Tales ataques epilépticos se originan desde la corteza cerebral y a partir de una descarga eléctrica anormal de las neuronas, y entraña secuelas de todo tipo tanto para quien sufre la enfermedad como para el entorno de dicha persona, acarreando consecuencias cognitivas, neurobiológicas, sociales y hasta psicológicas.

España es un país que tiene entre 300.000 y 400.000 habitantes con epilepsia, aproximadamente, aunque los nuevos casos detectados a nivel mundial disparan los índices de la enfermedad a unos 400.000 cada año.

No son pocos los padres cuyos hijos sufren de epilepsia y que, llevados por la desesperación, han llegado a probar numerosos fármacos en diferentes combinaciones, variando eso sí de dosis.

¿Pueden los fármacos controlar las convulsiones, rasgo característico de la enfermedad? Sí, y bastante, pero nunca hasta el punto de hacerlas desaparecer por completo. Más difícil es mantener a raya las ausencias y otras manifestaciones más complejas de la patología, aquellas responsables de caídas al suelo de los pacientes y, por ende, culpables también de las lesiones por traumatismos que muchos de quienes conviven con esta dolencia acaban sufriendo.

La epilepsia puede degenerar en una actividad eléctrica cerebral permanentemente alterada, aun cuando esos cambios no resalten a ojos vista; el peligro reside sobre todo en las noches, cuando uno está sumido en pleno sueño y no es consciente de que tiene una crisis o, peor, nadie de su alrededor se entera y, por tanto, no pueden ayudarle.

Asimismo, esta enfermedad puede generar lesiones irreversibles a nivel cerebral, aunque suele ser al cabo de los años y no siempre en la misma intensidad. En cualquier caso, tales contusiones llegan a percibirse en el foco activo del área responsable del habla, por ejemplo, o en un desarrollo incompleto del lenguaje.

Rompiendo las diez leyendas más falsas de la epilepsia

Empecemos por el mito aquel que asegura que la epilepsia es una enfermedad mental. Esto es absolutamente falso, porque es una dolencia más bien neurológica. La diferencia es enorme, porque la epilepsia no conlleva alteraciones cognitivas. Si la enfermedad desencadena crisis y ataques se debe a un exceso de actividad eléctrica de un grupo específico de neuronas, y no a huellas patológicas que exigen encierro psiquiátrico.

¿La epilepsia siempre se presenta en forma de convulsiones visibles? Este es otro mito que carece de veracidad, porque no todas las crisis epilépticas implican sacudidas, ciertamente; a veces los ataques pueden sobrevenir en forma de pérdida de conciencia con caídas súbitas, y otras veces puede implicar crisis leves y sutiles, imperceptibles ante cualquiera que no tenga un ojo experto que sepa traducir las señales.

Sí, las formas son más diversas de lo que el común de la gente cree. Desde una percepción de olores o sensaciones anómalas, hasta movimientos involuntarios de una extremidad, e incluso mediante movimientos automáticos como frotarse las manos con la boca; la epilepsia también puede brotar en forma de una desconexión del medio que genera una crisis de ausencia, o bien un cambio brusco y repentino manifestado en una conversación confusa, carente de coherencia.

Tener convulsión ¿implica necesariamente experimentar un ataque de epilepsia?

Más bien no. Primero, porque ese es un síncope muy común que se asocia a otras muchas patologías; y segundo, porque rara es la persona que no ha tenido alguna convulsión en algún momento de su vida, ya sea por episodios febriles o por una infinidad de razones más.

¿Y qué hay de la creencia ésa que afirma que durante una convulsión hay que meter un objeto en la boca de la persona para que no se muerda la lengua? Es totalmente falso, completamente innecesario y absolutamente desaconsejable.

Introduciendo un objeto en la boca de un epiléptico que se encuentre en pleno ataque crítico solo se consigue dificultar su respiración lo que, obviamente, puede acarrear otras consecuencias aún más graves.

El mejor consejo, para este caso, es colocar de lado a la persona y esperar a que la convulsión termine, cuidando eso sí que no se dañe o golpee. ¿Cómo? Despejando su entorno hasta dejarlo libre de objetos.

¿Es verdad que existe el riesgo de tragarse la lengua durante la convulsión? Mito y más leyenda. La única posibilidad que existe es mordérsela, no tragársela, sangrando eso sí. Y aunque el rostro de la persona adquiere un color amoratado, ello se debe a que durante el ataque se contraen todos los músculos, incluso los de la respiración, pero la vía aérea se mantiene libre.

¿Es verdad que la epilepsia carece de tratamiento?

Falso. Hoy en día existen fármacos antiepilépticos, los cuales son buenos y logran controlar las crisis en el 70 por ciento de las personas. Lo bueno, además, es que cada vez se van desarrollando más tratamientos farmacológicos y otras opciones no tan químicas ni tan invasivas, como la cirugía y la neuroestimulación, la dieta cetogénica y la termocoagulación y el láser.

Otro mito de la epilepsia que es preciso poner fin es la creencia de que la enfermedad es contagiosa. Si bien se desconoce el origen de la patología en la mayoría de los casos, el consenso científico es bastante contundente y unánime en el aspecto de que la epilepsia no, no se contagia.

Con la epilepsia, adiós a las luces parpadeantes

Uno de los mitos más curiosos que gira en torno a esta enfermedad es el pensamiento popular de que las luces parpadeantes no son buenas para los epilépticos. ¿Cuál es la verdad? Que únicamente el 3 y el 5 por ciento de las personas con esta dolencia, padecen simultáneamente de una sensibilidad a luces parpadeantes o patrones visuales específicos; en cualquier caso, esta fotosensibilidad se evalúa en cada revisión periódica.

La epilepsia es una enfermedad repartida tanto entre mujeres como en hombres. Hay personas que consideran que esta patología impide a las féminas tener hijos. Esto es absolutamente falso; ahora bien, no son pocos los expertos que aconsejan planificar el embarazo con el neurólogo, a fin de alterar la dosis y adaptarla a la circunstancia fetal, y orientar la prescripción de fármacos hacia aquellos que no generen efectos teratógenos.

No hay que dejar de señalar que ciertos medicamentos pueden afectar al ciclo menstrual, de la misma forma en que los anticonceptivos pueden provocar alteraciones en los efectos de los tratamientos antiepilépticos; por lo que sí, es conveniente mantener un asesoramiento médico y profesional en todo momento. A ello hay que añadir otra tranquilidad, y es el hecho de que sí, se puede dar el pecho al bebé aun cuando la madre esté tomando anticonvulsivos.

Por otra parte, aún persiste la creencia de que los niños y adolescentes con epilepsia no pueden asistir al colegio. Esto es absolutamente falso y desde luego desaconsejable. Uno, porque deben estar escolarizados, y dos, porque merecen (y pueden) vivir una vida normal, sin mantenerse al margen de sus coetáneos.

Eso sí; es recomendable que el centro escolar, los docentes y los compañeros estén al tanto de que el alumno o compañero sufre epilepsia; por la sencilla razón de que deben saber cómo actuar en caso de que la persona sufra una convulsión cuando ellos se encuentren cerca.

En la misma línea de impedimento se encuentra el pensamiento de que las personas con epilepsia no pueden trabajar. Esto no es verdad; la epilepsia puede ser, a lo sumo, un factor limitante en determinadas profesiones, véase conductor, bombero, piloto… pero no es excluyente de la gran mayoría de sectores laborables.

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